El camino que llevó a Cristina Gómez a descubrir el mundo de la guitarra

Alumna de Carlos González y Pavel Gavryushov, construye instrumentos desde hace varios años

Imagen de Cristina Gómez.
Imagen de Cristina Gómez.

“Bueno, sí, es cierto, hay un punto mágico”, dice Cristina Cristina Gómez Vargas. “Y es cuando ya el instrumento coge volumen”. Se detiene un momento en el banco de trabajo repleto de maderas y herramientas. “Cuando comienzas, solo tienes cuatro tablas; pues una guitarra, en principio, es eso: un montón de tablas. Le vas dando forma, y trabajando… Pero cuando cobra volumen, y ya parece una guitarra, eso es... Y cuando la terminas... Yo solo tengo hijos varones, y las guitarras son mis niñas. Y el día que le pones las cuerdas, es el parto. Escuchar el sonido es… verle los ojos al bebé”.


Cristina es de Níjar, y trabaja de administrativa. Pero hace unos años, de manera inesperada, la vida puso en su camino el mundo de la guitarrería. Todo comenzó, como ocurren estas cosas, con una serie de caminos que se van encontrando. Por un lado, los hijos habían llegado a la adolescencia y ella y su esposo habían ganado un poco de independencia y tiempo por las tardes. Por otro, cuando apuntó al hijo menor en percusión en la Escuela Municipal de Música de Níjar, decidió que se daría el gusto de intentar cumplir uno de los sueños de su vida: aprender a tocar la guitarra.

 

El camino



Su primer profesor fue el guitarrista Guillermo Fernández, y un día él organizó una visita al Museo de la Guitarra de Almería, para los alumnos de la escuela. Fue una revelación para Cristina, pues descubrió a Antonio de Torres, el gran violero almeriense considerado el padre de la guitarra, tal y como lo conocemos hoy. “Me impresionó muchísimo”, recuerda. “Yo no había oído hablar de Torres en la vida. ¡Con 40 y pico de años! Ningún maestro de música, nadie me había hablado de él. ¡Y sus padres eran de Níjar, sus partidas de bautismo están registradas en los libros de la iglesia de allí!”.


La visita la impactó. “Allí descubrí que la guitarra clásica, ese instrumento que admiro y disfruto escuchando de toda la vida, había nacido aquí. Y, además, de la mano de un almeriense”, dice, y abre los brazos. “¿Cómo es posible que esto no se enseñe en las escuelas a la vez que las cinco vocales, por Dios?”.


Y, así, finalmente, un día de 2014 Cristina hizo una visita a los Días Europeos de la Artesanía, en el Museo Arqueológico de Almería. Y allí se unieron todos los caminos. “Participaban algunos artesanos de Níjar, y también Carlos González, el lutier gijonés afincado en Aguadulce desde hace años”, dice. “Y cuando vi su stand, con instrumentos tan bonitos, me quedé con los ojos…”.  Conversando, él le explicó que tenía una escuela, ‘Cuerdas Vibrantes’, en la que enseñaba los secretos de la lutería. Cristina, asombrada, preguntó si había que tener conocimientos previos de madera, o carpintería…, y cuando González le dijo que no, se apuntó allí mismo.


El aprendizaje

“Yo hubiera empezado al día siguiente”, sonríe. “Pero tuve que esperar a septiembre para empezar el curso. Me lo pasaba pipa en la escuela. Nos apuntamos mi marido y yo, hacíamos cursos intensivos los fines de semana... Él tuvo que dejarlo, pero la guitarra que empezó la terminamos entre los dos. Es la segunda que terminé, y se llama ‘Cristina’, como se habría llamado nuestra hija, de haberla tenido”.


Luego conoció a Pavel Gavryushov, un lutier ruso que, recién llegado a España, había recalado en Almería. “Es ingeniero aeronaval, y dejó su trabajo por la guitarrería. Di un curso de goma laca y algunas clases con él, y cuando se mudó a Granada, instaló allí su taller y montó una escuela, también me apunté a ella. ¡Estaba en las dos a la vez!”.


El taller de Carlos González se ha trasladado al Museo de la Guitarra, y allí está ahora Cristina, frente al banco de trabajo en el que reposa su quinto instrumento, una guitarra barroca de Stradivarius basada en los planos que Carlos González sacó de una que hay en Oxford. “Está en ese momento mágico del que te hablaba antes”, dice. “Ya toma volumen, ya es una guitarra”.


El disfrute

Cristina nombra sus guitarras por las mujeres de su familia. “Es un homenaje”, explica. “La primera se llama ‘Mari’, como mi hermana, que es una persona muy importante en mi vida. La tercera, ‘Ascensión’, como mi madre. La cuarta, ‘Elodia’, como mi abuela. Y esta quinta, ‘Ana’, como mi bisabuela”.


Trabaja sin prisas, sin metas, simplemente disfrutando (es la palabra que repite) cada paso del proceso de construcción, cada momento que pasa en el taller. “Lo único que pretendo con esto es disfrutar”, dice. “Y disfruto muchísimo. Y, entonces, le pongo el alma, y es algo… La guitarra, las cosas hechas a mano, necesitan del alma de quien las hace. Yo no tengo ningún secreto. Me gusta todo el proceso. ¡Me gusta hasta afilar las herramientas...!”.

 

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