Los sanitarios del exilio

Los sanitarios ya dieron una lección con el exilio masivo al final de la guerra civil

Grupo de enfermeras en el campo de Gurs.
Grupo de enfermeras en el campo de Gurs. La Voz

Esta crisis del COV-19 está sacando la mejor parte de nosotros, tanto personal como socialmente. Cada día de este confinamiento centenares de miles de personas están saliendo a los balcones a aplaudir a los sanitarios que están velando por nuestra seguridad, por nuestra salvaguarda, por nuestra tranquilidad. Muchos de ellos lo harán a costa de su propia salud. La sanidad sea quizás el bien más preciado que tenemos los españoles y no es la primera vez, ni será la última, en la que los sanitarios españoles dan ejemplo a todo el mundo debido a su incansable trabajo y tesón. Una de aquellas lecciones fue, sin duda, la que dieron cientos de enfermeras, médicos, matronas, practicantes, cirujanos, farmacéuticos, veterinarios y auxiliares sanitarios cuando se produjo el masivo exilio tras el final de la guerra civil.


El gran éxodo
El final de la contienda supuso el exilio de cerca de 500.00 españoles. Militares y milicianos se mezclaron con mujeres, niños y ancianos, muchos de ellos con graves heridas provocadas por la propia guerra, pero también por el traumático paso de los Pirineos y los pasos fronterizos. Rubén Mirón, autor del libro ‘Asistencia y condiciones sanitarias de los exiliados españoles en el sur de Francia, 1936-1945’, calcula que al menos 13.000 heridos cruzaron la frontera entre enero y febrero de 1939. Estos heridos fueron traslados, en un primer momento, a los escasos hospitales que existían en el sureste francés, colapsado desde el principio ante la llegada masiva de tanto refugiado. Para intentar atajar el problema, la administración francesa optó por requisar barcos y reconvertirlos en hospitales, como fueron los casos del Asni, el Mariscal Lyautey, el Providence y el Patria. Pese a las medidas iniciales, la gran cantidad de enfermos llegados desde España y los que iban enfermando en Francia puso a las autoridades sanitarias y militares francesas en una situación complicada y tomaron la decisión de repartir a los enfermos y a los refugiados por toda la geografía francesa. Lo mismo ocurrió con decenas de hoteles franceses que abrieron sus habitaciones a cientos de refugiados heridos y enfermos.


Los campos de concentración
Pero Francia no pudo atajar el problema de la gran mortandad en los campos de concentración. Los que no estaban heridos de gravedad fueron trasladados a estos lugares de confinamiento forzoso. Como era previsible, las enfermedades se agravaron y el tifus, la viruela, la tuberculosis y la caquexia se unieron al hambre, el frío, la falta de alimentación y los problemas mentales. Aun hoy, 81 años después, no sabemos qué pasó con muchos de los centenares de refugiados que fallecieron en los campos y en los centros de alojamiento: algunos fueron enterrados en los cementerios locales y están identificados, como en el de Septfonds, pero otros, según testimonios de los propios refugiados, fueron enterrados en las proximidades de las playas y en fosas comunes sin identificar. La vida en los campos era terrible: “Hacinados sobre la sucia paja, faltos de abrigo, carentes de consuelo, tiritaban los hombres. Afuera, la tormenta: de agua, de viento, de nieve; adentro las tinieblas, en las que, a tientas, caminaban, acongojadas y tristes, las almas llorosas. Ni una pulgada de terreno, que no estuviera ocupada por un cuerpo humano, había ninguna disponible para poner un pie; ni un rayito de luz que alumbrase la triste existencia del viejo enfermo se filtraba por las junturas de las tablas”. Este hacinamiento fue el escenario perfecto para la propagación de las enfermedades como el tifus y la tuberculosis, que recorrieron todos los campos sembrado de terror y muerte a centenares de refugiados. Ante la avalancha de enfermos, los sanitarios españoles pedían ayudar frente a los escasos recursos humanos y materiales que había dispuesto la administración francesa. Estos sanitarios tenían experiencia en curar y sanar heridas de guerra y serían fundamentales en el desarrollo de las curas durante la II Guerra Mundial. Señala Rubén Mirón que el 90% del personal sanitario de los campos fueron españoles, el resto eran médicos franceses encargados de dirigir y organizar todo el entramado que tenía que atender a 85.000 refugiados de los distintos campos. La labor de asistencia de estos sanitarios salvó la vida de centenares y fueron los últimos en abandonar los campos. Se convirtieron en auténticos héroes de muchos refugiados que al despertar vieron el rostro de los que los habían cuidado durante su enfermedad.


Las maternidades
La otra gran labor, en esta ocasión de las enfermeras, fue la del cuidado de las embarazadas. Dirigidas por la Cruz Roja suiza y por Elisabeth Eidenbenz, las enfermeras españolas fueron visitando los campos y los centros de alojamiento en búsqueda de las mujeres embarazas que habían marchado al exilio. Esta población vulnerable tuvo la oportunidad de salir de aquellos lugares y acceder a unas condiciones adecuadas para la gestación y la crianza durante los primeros meses de sus hijos. Eidenbenz llevó a cerca de un millar de mujeres a la célebre Maternidad de Elna, en una pequeña localidad francesa cerca de Saint-Cyprien. Eidenbenz y las matronas y enfermeras españolas lograron traer al mundo a 597 niños españoles y a más de 200 niños de madres judías, tal y como cuenta Carmen González Canalejo. Entre aquellas enfermeras estuvo la almeriense María García Torrecillas (Albánchez, 1916–Monterrey, 2014). María se convirtió en la fiel escudera de Eidenbenz durante su estancia en Elna, donde daría a luz a su propio hijo. Su labor no fue solamente la de asistir en los partos: María hizo las veces amiga, hermana y consejera de todas las mujeres, que tendrían de ella el mejor de los recuerdos. En 1942 decide embarcar rumbo a México junto a su hijo y será allí donde vuelva a encontrarse con su labor más solidaria al entrar a trabajar de nuevo en una maternidad desde donde trajo a muchos niños de exiliadas al mundo. María volvió a España en cuatro ocasiones, la última en 2007, cuando la Junta de Andalucía y su pueblo, Albanchez, le rindieron homenaje.

Ángeles de la guarda
Son muchos los ejemplos heroicos de los sanitarios españoles durante el exilio y la II Guerra Mundial. Unos se quedaron en los campos de concentración ayudando a los heridos y los internados que iban llegando durante la contienda, especialmente judíos y disidentes políticos. Otros fueron enrolados en las Compañías de Trabajo y estuvieron cerca de los frentes de batalla salvado la vida de muchos heridos. En la Resistencia también hubo ejemplos heroicos de médicos y enfermeras, como el de María Alonso, contada en estas páginas, que ayudo a decenas de heridos de las operaciones clandestina en una cédula de la Resistencia y por la que pagó con su vida en el campo de Auschwitz. Todos ellos, y en especial ellas, fueron ángeles de la guarda. Lo fueron ayer y lo son hoy.




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