“Hay que empezar a pasar página: es la única manera de encontrar la paz”

José Luis Espinosa, cultivador ecológico de nogales

La Desbandá está marcada en su memoia..
La Desbandá está marcada en su memoia.. La Voz

Acaban de cumplirse 83 años de uno de los mayores genocidios en nuestro país. Ante las amenazas del general franquista Queipo de Llano, decenas de miles de malagueños, en su mayoría mujeres, niños y ancianos huyeron despavoridos a pie, por la carretera de la costa hacia la plaza republicana más próxima, Almería. Miles de ellos fenecieron. 


José Luis Espinosa, cultivador ecológico de nogales hasta su jubilación, hijo, nieto, sobrino de supervivientes de la ‘Desbandá’ se enfrenta por primera vez al reto de hacer el mismo camino que tanto traumatizó a su familia:


¿Quiénes de su familia emprendieron la ‘Desbandá’?

Mi abuela Ana, mi tío Andrés y mi madre, Isabel, que tenía poliomielitis. Salieron del pueblo, cerca de Peña Rubia hacia Málaga, allí estuvieron siete días escondidos. Se estaban acercando las tropas de Queipo de Llano, que avisó por radio que entrarían en Málaga matando a los hombres y violando a las mujeres. El gobierno de la República dijo que lo más seguro era tirar para Almería.



¿Cómo se marcharon?

Andando con lo puesto. Llevaban un hatillo al hombro con higos secos, una muda y poco más. Dejaron la puerta de la casa abierta para que no la rompieran los soldados.


¿Cómo sobrevivieron durante el camino?

Murieron muchos niños. Tiraban muchas bombas desde fragatas y aviones. Mi madre era muy básica, apenas sabía leer y escribir, pero era muy sensible al sufrimiento. Les tiraban bombas constantemente. Caminaban de noche. Chocaban con cosas, creían que serían sacos de papas que los brigadistas tiraban desde los aviones; palpaban y no eran papas, eran cadáveres. Durante el día se echaban al suelo, se ponían una manta encima al lado de los cadáveres para pasar desapercibidos. Una vez se metieron en un cañaveral y salieron negros. Tenían tanta hambre que otro día vieron unas chumberas y se lanzaron a ellas para comérselas. En el camino mi madre perdió las uñas de los pies. Se le rompieron las alpargatas y tenía que andar descalza. Nunca quiso volver a ver el mar, “ya lo he visto mucho”, decía.


¿Cómo le ha influido la experiencia de su familia en la ‘Desbandá’?

Yo no tengo color político. No me fio del ser humano. Lo tengo bajo sospecha. La humanidad hace brutalidades. Me gustan mucho los animales. Toda mi vida la llevo viviendo en el campo, y el ensañamiento que vemos entre humanos, no hay ningún ser vivo que lo haga. Los humanos inventan religiones muy bonitas. Inventan ideas políticas bonitas también, pero no cumplen nada de esas invenciones. El ser humano es cruel. Lo ha sido así a lo largo de la Historia. El siglo XX dicen que es el siglo de la cultura, y es cuando los genocidios han sido más grandes. Incluso ahora, fíjese en Ruanda o Siria. Yo no soy religioso, ni tengo ninguna verdad; nadie la tiene. Lo único que sé es que hay que respetar a todo el mundo, piensen como piensen.


¿Cuánto tiempo estuvieron en Almería?

Poco. Enseguida a ellas las llevaron a Valencia y a mi tío lo mandaron a Getafe. Después las llevaron Barcelona y a Fraga, donde separaban a las familias por edades y sexo para llevarlos a Francia. En mitad de un bombardeo, mi madre abrazada a mi abuela lloraba, lloraban las dos desconsoladas. Se apiadó de ellas la mujer del alcalde. No las separaron, ambas estuvieron acogidas en su casa hasta que marcharon a Francia. Mi madre ha mantenido toda la vida contacto con esta mujer de Fraga.


¿Qué pasó en Francia?

Las dos pasan a un campo de concentración, cercado por alambradas y vigilado por gendarmes fuera de ellas. Allí podían asearse, comer un ‘piscón’… pero no podían salir. El campo estaba por Grenoble.


¿Cuándo volvieron a España?

Al acabar la guerra. Vuelven al pueblo. Encuentran la casa saqueada, pero empiezan a sobrevivir. Mi madre era costurera, eso ya era un valor. Fue el alma económica de la familia. Le traían medidas de hombres para hacerles pantalones y ropa. Hombres que no podían ir a probarse la ropa (quizá fueran maquis). Ella nunca preguntaba ni hacía significación política ninguna.


¿Y su padre?

A mi padre le obligó mi abuelo a irse con los nacionales. Se fue al frente de Granada de cocinero. Lo hizo para que lo dejaran en paz a él y al resto de la familia. No era por ideología política, era para sobrevivir. Mi abuelo vio que mataron a un alcalde republicano. Más tarde a los dos hijos mayores. El tercero se metió en la legión para que dejaran en paz al resto de la familia, y así fue.


¿Cuándo se reencuentran sus padres?

En la posguerra, después de 7 años. Se casan y nacemos mi hermana y yo. Hemos tenido la suerte de tener unos grandísimos padres que nos han llenado de valores.


¿Por qué ha hecho el camino?

Le dije a mi madre que lo haría. Una especie de promesa. Por la memoria de estas miles de personas que salieron con lo puesto de su pueblo y no volvieron nunca. Para dar testimonio de ello.


¿Ha sacado alguna enseñanza?

Durante estos días hemos parado en algunos pueblos. Nos han recibido muy bien. Nos han dejado polideportivos para descansar. Con nosotros venían  tres cocineros que preparaban los desayunos, comidas y cenas. En el camino hemos escuchado historias sorprendentes y terribles. Grandes dramas. No he visto fanatismo ni extremismo, pero sí he visto que las heridas no están saneadas. Hay que empezar a pasar página.  Es la única manera de encontrar la paz.  Hay que dar a conocer la horrible historia de la ‘Desbandá’, pero sin buscar malos ni buenos.  He aprendido que Nadie tiene la verdad. Debemos sospechar que la opinión de la otra persona es tan verdad como la tuya, de lo contrario estamos perdidos. Es la única manera de que nos entendamos.

 

Temas relacionados
Medios de comunicación Legión Religión Cultura Política Guerra Civil

para ti

en destaque