De monogamias, poliamor y otras relaciones sin nombre

No existe un tipo de relación que sea mejor que todas las demás

Pareja abrazada se hace arrumacos en la cama.
Pareja abrazada se hace arrumacos en la cama. La Voz
Laura Marcilla
07:00 • 21 feb. 2020

Relaciones sexuales y románticas hay de muchos tipos, aunque sin duda la monogamia es la más “popular” en nuestra sociedad. Existe una especie de “presunción de monogamia” por la que toda pareja que conocemos es monógama salvo que nos demuestre lo contrario. Cuando dos personas se gustan y comienzan una relación, es probable que incluso ellas den por hecho que esa relación será exclusiva, a menos que alguien ponga sobre la mesa otra opción. Y, si esto ocurre, no es inusual que muchos prejuicios afloren ante una relación que decide saltarse las convenciones y nadar contra corriente. Pensamos que tanto no se querrán, que a lo mejor no es su “media naranja”, que tienen miedo al compromiso o que son promiscuos, infieles o incapaces de controlar sus instintos.




Es posible que existan personas así en este tipo de modelos relacionales no monógamos, igual que también existen personas con esas características dentro de las relaciones tradicionales. Pero también hay personas maduras, responsables y comprometidas que simplemente han elegido vivir su amor de una forma no normativa. No olvidemos que, fuera de la monogamia, también hay muchos tipos de relaciones distintas, desde poliamor hasta “amigos con beneficios” pasando por relaciones abiertas con exclusividad romántica.




Ningún modelo es inherentemente más positivo que otro, ya que depende mucho de las personas que lo conforman y sus circunstancias. Tampoco nadie tiene por qué elegir de por vida tener siempre el mismo tipo de relaciones, sino que son “contratos” que pueden (y deben) revisarse.




Por ello, me irrita que se acuse a quienes tienen relaciones poliamorosas de “elegir el camino fácil”, como si gestionar diferentes relaciones fuera un compromiso menor o más sencillo. Y nada más lejos de la realidad: el poliamor bien llevado siempre tiene en cuenta a las otras personas, sus sentimientos y la necesidad de cuidados. Por lo tanto, no es una forma de librarse de responsabilidades, sino que supone adquirir otras nuevas y, a menudo, hacer malabares con el tiempo para atender a todas las personas implicadas. Hay relaciones poliamorosas que no salen adelante y no es por falta de amor, de ganas o de responsabilidad, sino por falta de tiempo. El amor es ilimitado, pero el tiempo no.




Y, ¡ojo!, que las relaciones poliamorosas también son un reto cuando se trata de hacer terapia de pareja(s) y requieren profesionales muy formados y que hayan limado bastante bien sus prejuicios antes de sentarse en el asiento del terapeuta.




Pero más allá de este tipo de relaciones, me gustaría mencionar otras, que son las grandes olvidadas, las que parece que no se han ganado siquiera el rango de “Relación” con mayúscula. Las relaciones del “no somos nada”, “no sabemos lo que tenemos”, “nos lo pasamos bien y punto”. Son las que no tienen nombre, los “rollitos de primavera” (o de una noche).




Uno de mis mantras más repetidos a la hora de hacer educación sexual es que aquello que no se nombra es como si no existiera. Habrá quien esté hasta las narices de oírme (o leerme) decir esto, pero me encanta porque es aplicable a todo: al colectivo LGBTI+, al clítoris, a las mujeres en la historia y, por supuesto, a los sentimientos.




Y he aquí el quid de la cuestión: nos han hecho creer que el sexo sin sentimientos existe (y además es empoderante). Lamento tener que disentir, pero el sexo sin sentimientos no existe. Se pueden tener relaciones sexuales sin compromiso, sin enamoramiento, incluso sin conocer el nombre de la otra persona. Pero es imposible tener sexo sin afectos. Se generar afectos de muchos tipos (positivos o negativos) pero es imposible tener una relación sexual con otra persona sin sentir absolutamente nada, con el encefalograma plano.


Por lo tanto, en las relaciones que no tienen nombre, también se mueven afectos y creo que todos deberíamos ejercitar algo de responsabilidad afectiva en este tipo de encuentros. No querer nada serio con alguien no debería darnos carta blanca para deshumanizar a esa persona y no tener en cuenta sus necesidades o sus sentimientos, al menos, en lo que dure esa interacción.


Laura Marcilla es sexóloga.


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