La insoportable levedad del PIN parental

Solicitar el PIN implica una falta de confianza absoluta en el personal educativo

Dos niños pequeños juegan con el móvil de sus padres.
Dos niños pequeños juegan con el móvil de sus padres. La Voz

Hay infinidad de razones por las que los profesionales de la psicología y la sexología estamos en contra del llamado ‘PIN parental’, esa medida, supuestamente protectora, pensada para que los padres y madres tengan que autorizar a sus hijos e hijas antes de que participen en cualquier actividad ajena a las asignaturas tradicionales.


Una de las cosas terribles de las que se supone que va a proteger ese PIN es de recibir educación sexual, pero en realidad acaba afectando y trabando también intervenciones en otros muchos ámbitos. Por ejemplo, recientemente, una profesora denunció en redes sociales que había tenido que pasar por el aro del PIN parental para hacer una actividad sobre (¡oh, Dios mío!) reciclaje. 


Por otro lado, solicitar el PIN implica una falta de confianza absoluta en el personal educativo del centro, que son quienes planifican estas medidas y quienes, gracias a su formación y experiencia, saben elegir cuáles son las temáticas que se deben tocar en cada nivel.


Si vamos un poco más allá, la educación sexual está recogida en la legislación española como contenido transversal, que debe abordarse a lo largo de todo el currículo educativo durante la etapa escolar, y es un derecho avalado por organizaciones como la OMS o la UNESCO, considerándolo parte fundamental de los Derechos Humanos. Por tanto, si todos los niños y niñas ostentan los mismos derechos, es discriminatorio que unos puedan acudir a estas actividades mientras a otros cuantos se les veta el acceso.



Pero lo más importante de todo y en lo que me quiero centrar hoy es en la siguiente cuestión: ¿de verdad el PIN parental serviría de algo? Lo cierto es que de nada en absoluto.


Supongamos que a un niño le prohíben entrar a una actividad sobre educación sexual. Vale, sin autorización no entra y punto pelota. ¿De verdad hay personas adultas, padres y madres, tan ingenuos que piensan que ese niño no va a enterarse después de todo lo que se haya tratado en el aula? Siendo un tema que despierta tantísima curiosidad, ¿qué posibilidades existen de que un adolescente no pregunte, nada más terminar la clase, todo lo que se ha hablado? ¿No van a ponerle sus compañeros al día a la mínima ocasión, en cuanto suene el timbre del recreo? Por supuesto que sí, solo que esa información ya no va a llegar íntegra por parte de un profesional, sino distorsionada por la percepción de personitas que recordarán selectivamente solo lo que más les llame la atención, que no sabrán resolver dudas o que transmitirán algún dato involuntariamente sesgado (como en el juego del “teléfono escacharrado”).


Soy consciente de que cualquier decisión que toma un padre o una madre siempre va orientada a conseguir lo que consideran mejor para sus hijos, pero a menudo, en un mundo que cambia a una velocidad trepidante, esas decisiones (tomadas con la mejor de las intenciones) pueden repercutir en el sentido contrario al que deseábamos. Para proteger a los y las jóvenes no hay que aislarles de la realidad, sino que necesitan conocerla y desarrollar pensamiento crítico sobre ella. Intentar evitar que reciban educación sexual de calidad no les aleja del resto de mensajes (hiper)sexualizados que inundan la televisión, las redes sociales e internet. Por suerte o por desgracia, a la vida no se le puede poner PIN parental. Los estudios demuestran que a los 8 años la mayoría de los niños y niñas ya han consumido pornografía en alguna de sus formas (ya sea voluntaria o accidentalmente). Y yo, como educadora sexual, confirmo a diario que muchos ya manejan en los últimos cursos de primaria un lenguaje sobre pornografía bastante más amplio que el de un adulto medio. El problema es que creen saber mucho y en realidad solo manejan mitos, estereotipos o cosas “superficiales” del sexo, mientras que saben muy poco o nada sobre aspectos importantes como el consentimiento o la salud.


Así que perdamos el miedo a que les hablen de sexo a los jóvenes porque, si no lo hacemos nosotros, alguien lo hará. Y, sobre todo, porque la educación sexual es una ciencia; negar esto sí es una ideología. 


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