Entre lunas, muros y animales

Pink Floyd volvió a nuestra ciudad el pasado fin de semana en el Teatro Cervantes

Pink tones en un momento del concierto que ofrecieron en el Cervantes (Foto: Paula García).
Pink tones en un momento del concierto que ofrecieron en el Cervantes (Foto: Paula García). La Voz

Una figura en la oscuridad del escenario se dirige hacia una montaña de teclados para dar comienzo a una de las piezas experimentales con sintetizador más famosas de la historia, On the run, perfectamente enlazada con otros dos clásicos, Time y The great gig in the sky. Hace ya más de cuatro décadas que cuatro británicos aspirantes a ingenieros aterrizaron en la música para cambiarlo todo, y es muy de agradecer que bandas como Pink Tones mantengan vivo su legado con unos niveles de calidad que rozan la perfección.  


No entraré en el eterno debate sobre las bandas tributo porque, en su caso, no hay discusión:  no hablamos de imitadores sino de grandes instrumentistas que, cual orquesta sinfónica, interpretan las composiciones de genios de la música, para disfrute de los que los paladeamos en su época y deleite de las nuevas generaciones.

Pasan quince años de aquel anuncio en que el vocalista y multi-instrumentista Alvaro Espinosa iniciaba la búsqueda de compinches para su proyecto pinkfloydiano.


Un teclista – Nacho Aparicio – acudió presto a la llamada, e involucró a su amigo Toni Fernández quien, con sus baquetas, hasta la fecha recrea el mágico mundo percusivo de Nick Mason.


Por tercera vez – si contamos aquel Candil Rock del 2011 – los Tones visitan nuestra tierra, y repiten en el Teatro Cervantes. Aún no habiendo visto a los originales, he podido disfrutar de Waters en directo, y declaro que lo de esta banda no es ninguna broma. 


Recordaba, entrevistando a Nacho esa misma mañana en Candil Radio, que en su última visita a Almería estrenaron su círculo de luces robotizado, pero he de reconocer que ha sido en este reciente recital donde he mejor he comprobado su potencial de luces, sonido y, más importante, la grandiosidad de su música.


Acompañados de dos músicos de apoyo – Yoyo Bei y Alberto Álvarez – y dos maravillosas cantantes – Cris López y Suila Aalí, el set-list del pasado viernes hizo las delicias de los más fanáticos – entre los que me encuentro desde mi adolescencia – hasta los menos conocedores de la obra magna de los Floyd.


Repertorio para todos Tras el comienzo con referencias al Dark llegó la primera incursión en Animals con la impresionante Dogs y la original aportación del instrumento electrónico más antiguo de la historia: el theremin. De inmediato nos transportaron a la etapa más temprana y psicodélica con el emocionante final de A sacerful of secrets y el clásico One of these days para lucimiento de su bajista, Edu Jerez.


No faltaron imprescindibles como la versión casi completa del Shine on you crazy diamond, la triada Any color you like, Brian Damage y Eclipse o su animal mas legendario, Pigs (Three different ones), con Espinosa embrujándonos con su dominio de la guitarra y vocoder. Supieron oscilar entre un algo trillado Wish you were here hasta piezas más rebuscadas como Childhood’s End. Pero para el buen aficionado el momento más disfrutable de la noche  fueron dos suites con las que no muchas bandas se atreverían: Atom Heart Mother, en su versión sin orquesta, y esa enorme joya del progresivo llamada Echoes.


Comodidad y respeto

Llegado este momento sí que se echó en falta haber podido disfrutarlo cómodamente sentado en butaca. No todo el rock incita a saltar y bailar, y la música de los Floyd en ocasiones se asemeja más a una sinfonía de Beethoven que a un concierto de Springsteen. Totalmente negativo, en esta ocasión, un sector del público que no cesó de molestar en todo momento, provocando la recriminación de los estábamos allí para disfrutar de la música y no para charlas intrascendentes con los amigos. Lamentablemente, la protesta de Waters que dio lugar a The Wall sigue vigente.


El muro final
Buenos conocedores del terreno que pisan, tras semejante derroche de intensidad y experimentación, para el final debían ganarse al cien por cien de la audiencia y para ello nada como The Wall, acometiendo las tres partes del Another brick in the wall, con The Happiest Days Of Our Lives intercalada, como mandan los cánones. En su vuelta para los bises, y con la única iluminación de una pequeña lámpara, la intensa y escalofriante Nobody Home a piano y voz dio paso al éxtasis con uno de los mayores clásicos del rock, Comfortably Numb.


Con guitarras sonando a Gilmour, tambores a Mason, bajos a Waters y teclados a Wright, el alma de los Floyd revoloteó toda la noche por el teatro hasta el momento final en el que aparecieron sus fotografías. Pero no olvidemos que todo lo que sonó allí salió de los corazones de los Pink Tones. Larga vida a la música de los unos y a la carrera de los otros.


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