Alfredo Casas le regala un pregón a Almería

El alcalde impone al pregonero el Escudo de Oro de la ciudad

Momento del pregón de esta mañana.
Momento del pregón de esta mañana.

Al Teatro Apolo había que entrar esta mañana llorado de casa. De lo contrario, el asistente al Pregón de la Semana Santa de Almería corría el riesgo de llevarse un revolcón emocional que sorprendió a más de uno de los cerca de 300 almerienses que fueron a escuchar a Alfredo Casas anunciar lo que llegará en menos de 40 días.


El ambiente era propicio para ello. De hecho, más que el día de un pregón oficial, en el aire se respiraba lo mismo que se respira cuando es un día especial para un gran grupo de amigos. Y es que eso era lo que veía Alfredo Casas desde el atril: mirara donde mirara, había amigos.


El acto empezó solo con algo más de diez minutos de retraso respecto a la hora prevista. Eran las 13.10 horas cuando el obispo, don Adolfo González Montes, llegaba al Apolo para presidir, junto al alcalde de Almería, Ramón Fernández-Pacheco, el Pregón de la Semana Santa de Almería.


Rompía el silencio la Banda Municipal de Música con ‘Amarguras’, mientras el pregonero sacaba los nervios tamborileando los dedos sobre la mesa, en la que también la acompañaban la presidenta de la Agrupación de Hermandades y Cofradías de Almería, Encarni Molina; el delegado episcopal, José María Sánchez, y la que sería su presentadora minutos después, Isabel Fernández Calderero.


Fernández Calderero, tras la actuación de la Banda Municipal y la bienvenida oficial dada por parte de la mantenedora del acto, Lola González, se encargó de desarmar desde el atril a Alfredo Casas y dejar el ambiente a punto de caramelo.


Ella fue la encargada de coger tanto cariño como había ayer en el patio de butacas hacia el pregonero, unirlo, tallarlo y policromarlo para dar lugar a una presentación que llevó a los asistentes hasta el Barrio Alto de hace ya unas cuantas décadas, para luego ir hasta los orígenes radiófonicos y cofrades de un pregonero que no pudo evitar las lágrimas desde su asiento (como le pasaba, en ese mismo momento a más de un tercio del aforo).


Perdón

Y llegó el momento. La palabra fue de Alfredo Casas López, que dedicó sus primeras palabras al Cristo del Perdón, tan presente durante el pregón de ayer como don Alfredo Casas padre, asomado como estuvo desde el balcón que ocupa desde hace unos meses.


Fue el pregón de alguien que sabe que ese es “el mayor regalo que se le puede hacer a un cofrade” y actúa en consecuencia: sin olvidarse de nadie.


De hecho, Casas invitó a los cofrades a “abandonar prejuicios y etiquetas” y, con ello,  a dejar de “menospreciar lo que tenemos”. Y repasó esa Semana Santa de nombres propios: la de Pepe el de ‘Olga’, la de Lola y su dedicación desde la ‘Cueva del Morato’ o la de Juan Aguilera y la pasión con la que arrima hombro y micrófono desde hace más de tres décadas.


“En definitiva, la Semana Santa en Almería la hacen los almerienses, cofrades y no cofrades”, resumió Casas al poco de empezar su pregón.


Itinerario

Hecha esta introducción con los nombres y apellidos que pusieron las primeras piedras de nuestra Semana Santa, Casas cogió de la mano a los asistentes para explicarle a Dios, desde el atril, cómo es el evangelio según Almería.


Día a día, hermandad a hermandad, el pregonero repasó la Pasión vista por los cofrades de una ciudad que tiene más de lo que cree.


Y aquí vinieron las sorpresas. Porque al hablar de Estudiantes, Guillermo Fernández tocó a la guitarra su ‘Esperanza en las Puras’, dedicada a la titular mariana de la hermandad universitaria; y al llegar al Viernes Santo el Niño de las Cuevas le cantó una saeta a la Soledad.


Antes, al pasar por el Martes Santo, un penitente del Perdón atravesó el Apolo con una campana de la hermandad. Y fue segundos antes cuando el pequeño Carlos se despertó. No era casualidad, claro. Los Casas Moreno tienen algo en los genes que les hace amar a un crucificado antes de saberlo. 


“Qué suerte poder disfrutar de este momento contigo Mari Carmen”, resumió a la perfección el pregonero. Y lo cierto es que, respecto a lo sucedido en el Apolo, suerte fue lo que tuvimos los que pudimos estar presentes. 


Desde la ausencia de objetividad que acompaña a muchas de estas líneas, lo único malo fue que algunos cofrades no pudieran ir.


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