La pasión según Fellini (IV): E la nave va

“Debajo del paso suenan crujidos, respiraciones, zapatillas que rozan el asfalto”

Juan Sánchez
Jacinto Castillo 22:40 • 13 abr. 2022

La corneta tiene voz de mujer, quizás de vicetiple, pero cuando llega al clímax del toque de llamada rompe en soprano. Luego, estalla una marcha que suena a duelo y a desfile triunfal en una Roma de película. Debajo del paso suenan crujidos, respiraciones, zapatillas que rozan el asfalto sin perder el compás y voces de ánimo ahogadas por el esfuerzo. La maquinaria sigue funcionando porque está hecha de piel, de sudor, de carne y de hueso. Solo necesita la música para que siga funcionando. Lenta, precisa, acariciada por las notas que impulsan el mecanismo de las entrañas del paso, que parece movido por una extraña energía que ningún físico ha sabido explicar. 


La ciudad en Semana Santa es como un enorme escenario que genera la extraña sensación de ser algo provisional, igual que si fuese el decorado de una ópera descomunal que será desmontado cuando acabe de pasar la última procesión, cuando concluya el último acto.  


Una brisa helada que nadie esperaba devora la llama de los cirios y hace temblar la tenue iluminación del paso. Las túnicas flamean con el viento y todo parece cobrar vida al recibir las bocanadas de aire que se han adueñado de la calle Real. Solo la serena quietud de las imágenes, parce estar al margen de la ventolera.  



El pasaje más dulce y más sentido de la marcha escogida por la banda se sobrepone al parloteo que jalona el desfile. 


La música domina la calle por encima de las voces y el viento metal triunfa sobre los tambores, mientras el viento madera amaina, soportado por el susurro más leve de los tambores. Todo tan despacio que se diría que no va a dejar de pasar nunca



La banda, que se aleja sin dejar de sonar, dobla la esquina de la calle Eduardo Pérez. El capataz se deshace en órdenes para conducir el giro. La máquina humana sigue funcionando como si el Misterio no pesara, igual que una escena de la memoria que permanece inmóvil pese a las ráfagas heladas. Replican las cajas chinas, acompañando el leve vaivén que sirve para alinear el paso.  Y, luego, la noche se viene arriba con toda la fuerza incontenible de las tubas, con toda la delicadeza de un pasaje melódico que endulza la amargura escrita en el pentagrama. 


El paso de palio se advierte a lo lejos, cimbreado por el viento, convertido en una especie de nave que avanza meciendo sus varales, mientras se arremolinan los más atrevidos a palpar los respiraderos plateados. Nadie quiere quedarse atrás en el cortejo de esta noche de viento y emociones. Nadie quiere perder su sitio para ver el desfile de rostros ocultos por la seda negra, el tránsito de incondicionales que sigue la estela del manto de filigrana dorada. 



Al terminar de pasar la procesión, un globo se le escapa a un niño pequeño buscando el cielo ya limpio de nubes


Su dueño se queda mirando a no sé sabe que cráter de la luna llena


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