La Guernica del Mar

La Guernica del Mar

Cinco y media de la mañana del 31 de Mayo de 1937. Los cinco barcos que se vieron aparecer en el horizonte por levante y que, una vez superado el Cabo de Gata, atravesaron la bahía, viraron frente a Roquetas y se acercaron a la ciudad. Superado el castillo de San Telmo, a unas siete millas de la costa (doce kilómetros), se abrieron en abanico a formación de combate. A esas alturas, se distinguía ya perfectamente la bandera de los cinco barcos, la alemana con la cruz gamada.


A las seis menos cuarto empezaron a disparar. La flotilla, compuesta por el acorazado de bolsillo Admiral Scheer y los torpederos Albatros, Leopard, Seeadler y Lluchs, inició un bombardeo sistemático de tres cuartos de hora.
Las baterías costeras intentaron responder, pero su alcance de tiro era a todas luces insuficiente. Un trabajador del puerto le señaló a un carabinero una de ellas, situada por encima de La Chanca, y exclamó: “¡Parece que nos bombardean desde dos lados!”. El pequeño submarino que había en el puerto se corrió a la escollera de poniente para no ser visto y evitar convertirse en blanco de la Escuadra alemana. Ambos detalles, mero humor negro, dejan clara la indefensión militar de la guarnición de Almería, una de las claves para entender por qué se escogió nuestra ciudad como objetivo.


Las naves dispararon con toda tranquilidad en medio del terror de los almerienses. Los obuses fueron peinando la ciudad de oeste a este y de sur a norte, en abanico con disparos por parábola.
Pánico en toda la ciudad


Se vivieron escenas dramáticas. En la calle Almanzor algunos vecinos vieron con incredulidad cómo un guardia municipal, Pío Rodríguez Monroy, daba tres pasos sin cabeza antes de caer al suelo. Un obús le había segado el cuerpo a la altura del cuello.




En el Puerto, un carabinero herido que era trasladado sobre un carro hacia la Casa de Socorro recibió el impacto de una bomba caída al lado mismo de la camilla improvisada.


Desaparecieron no menos de tres cuerpos, el de dos guardias de asalto en la Estación y el de un obrero de fortificaciones. Las bombas les cayeron justo encima.


Se contaron hasta trescientas bombas entre obuses y granadas rompedoras, bastantes de los cuales no llegaron a explotar.


Almería estaba sumida en el caos mientras, a las siete menos diez, los barcos alemanes dejaron de disparar, viraron y se retiraron por Cabo de Gata. 


Quedaron completamente destruidas cuarenta y siete casas y más de cien sufrieron desperfectos de consideración. Los bomberos y cuerpos sanitarios y de seguridad trabajaron a destajo junto a decenas de voluntarios. Se donó sangre.


Se empezaron a hacer los primeros balances. La cifra final de fallecidos a consecuencia de las bombas se fijaría después en no menos de treinta, la gran mayoría de ellos el mismo día 31 y en los dos días posteriores.
Podrían haber sido bastantes más si el bombardeo se hubiera producido a las horas de trabajo, porque eran muchos los almerienses que, precisamente por evitar las consecuencias de los últimamente frecuentes ataques a la ciudad, dormían en los cortijos de alrededor, fundamentalmente en la zona del río.


La agresión contra nuestra ciudad, decidida como represalia por el bombardeo en la rada de Ibiza, días antes, del crucero alemán Deutschland por aviones republicanos, tuvo un enorme eco internacional y pudo haber sido la espoleta para una definitiva internacionalización de la Guerra Civil.


Ésta fue la tesis defendida por el mismo ministro de Defensa del gobierno republicano, Indalecio Prieto, que pidió la convocatoria urgente del Consejo de Ministros para analizar la situación y lanzar sob


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