Los árboles que nos robaron a los almerienses

Ingleses y holandeses esquilmaron encinas, nogales y cerezos de Filabres

La Peana, 1.300 años la contemplan y hoy está amenazada
La Peana, 1.300 años la contemplan y hoy está amenazada La Voz

Cuando este pasado verano se conoció la muerte de la encina que sobrevivía en el Marchal del Abogado, Serón lloró la desaparición de una de las tres encinas milenarias que se podían disfrutar aún en aquella zona. Ante el triste fin de tan singular árbol, se recordó que era uno de los pocos ejemplares que seguían vivos en la sierra.


Y sin embargo esas tres encinas monumentales eran en su juventud sólo unas más en una Sierra de Los Filabres, cubierta de encinares que producían esas bellotas capaces de alimentar una de las mayores cabañas de porcino del sureste peninsular y que han dado fama al pueblo de Serón.


Un profundo conocedor de estas sierras y de su historia, Antonio Rubio Casanova, responsable de las campañas de biodiversidad del Grupo Ecologista Mediterráneo, cuenta que lo que hoy es una singularidad, una excepción, “sin embargo era lo común hace 1.300 años, hace 500 y hace apenas un siglo, cuando Filabres era una zona cubierta de los árboles que definen el bosque mediterráneo”.


El expolio
¿Qué pasó para tan tremenda modificación de un paisaje tan singular? Hay que echar la vista atrás, hasta la época de máximo esplendor de la minería, cuando Las Menas eran un hervidero de actividad y varias empresas internacionales llegaron con sus ingenieros y su capital para transformar la vida de los lugareños y para cambiar para siempre aquellos bellos paisajes.



Fue entonces cuando los ingenieros ingleses y holandeses que dirigían las explotaciones mineras hicieron suya la sierra y sus recursos y se lanzaron a la tala sin freno de los grandes árboles que la poblaban, sin pararse a pensar en un futuro y sin compensar por ello a los habitantes de los pueblos de la comarca.


Bajo amenaza
Cuentan los más viejos del lugar que las decisiones de esos hombres no se discutían, tomaban lo que necesitaban sin dar explicaciones y, ante cualquier protesta de los lugareños respondían con la amenaza, con la imposición y ese poder que confiere el dinero, capaz de doblegar voluntades de quienes tendrían que velar por el patrimonio común.


Fue en esas condiciones en las que poco a poco desaparecieron la inmensa mayoría de los encinares; su madera era buena para las galerías de las minas y como combustible para las fundiciones. Sólo algunos propietarios de tierras en las zonas bajas de la serranía, como el  dueño del paraje conocido como El Secano de Doña Julia, se negaron a que se talaran algunas de las encinas de aquellos lugares.


Los holandeses
Si los ingleses devastaron las encinas de Filabres, algunos ingenieros y jefes de las empresas holandesas no hicieron ascos a llevarse en barcos a su país una ingente cantidad de cerezos, los que acompañaban los cursos de ríos y arroyos. La razón es que era una madera muy apreciada para la fabricación de casas y muebles en el país de los tulipanes, y en Almería la obtenían prácticamente gratis, desoyendo las quejas de los vecinos de la zona que veían desaparecer día tras día magníficos ejemplares de aquellos grandes cerezos.


Para Antonio Rubio, un expolio en toda regla, “ni el primero ni el último que sufría nuestra provincia, siempre al pairo de la ambición y del desprecio de quienes vinieron con promesas de prosperidad, pero que finalmente no dejaron aquí nada más que miseria y destrucción cuando el negocio dejó de ser rentable para ellos. Lo más triste es que casi nadie les pidió jamás explicaciones”.


La Sierra de Los Filabres es un ejemplo de ello; perdió su frondosidad, la cubierta arbórea que la hacía única. Hubo que esperar hasta 1948 para que se iniciara una repoblación masiva con pinos que fue creciendo hasta darle el aspecto actual. ¿Una solución?: probablemente, pero con especies diferentes que “no deberían hacernos olvidar lo que tuvimos y lo que algunos nos robaron”.

 

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