Adiós al médico más viejo de Almería

Manuel Cervantes ha fallecido con 95 años, uno de los más prestigiosos oftalmólogos

Don manuel cervantes, hace unos pocos meses, en su casa de Puerto Rey, donde disfrutaba de los veranos.
Don manuel cervantes, hace unos pocos meses, en su casa de Puerto Rey, donde disfrutaba de los veranos.

De niño, su sueño -cuando vivía en la calle Manuel Giménez (hoy calle del Mar)- era ser mayor para dejarse bigote. En esos años iniciales aún no era don Manuel, sino un renacuajo en pantalón corto que jugaba al frontón con su tocayo Manolo Román, junto a la fragua de Frasquitica  la Peña, donde se hacían filigranas maravillosas, y junto al Convento de los Padres Mínimos de Vera. 


Ese niño, que nació en 1924, acaba de irse de este mundo digital como el médico colegiado más viejo de la provincia. Se ha ido don Manuel Cervantes Párraga, habiendo dejado un poso de sabiduría, de  buena praxis como oculista, en el primitivo hospitalillo de Huércal-Overa y en consulta privada.


Sus manos firmes, repletas de nervios y cicatrices, devolvieron la vista confortable a cientos de pacientes del Levante y el Norte de la provincia, cuando todo era más artesano que ahora. Devolvió la vista y lo más importante: la felicidad de volver a ver en condiciones, algo que no tiene precio y que él conseguía con una facilidad pasmosa, como uno de los más exitosos especialistas en las operaciones de cataratas. Sabía, don Manuel, tras cuarenta años de ejercicio profesional a quién tenía que cobrarle y a quién no. Como aquella vez que le quitó una palmera a un hombre en aprietos económicos,y fue a su casa para pagarle con rollos de escrituras.


Con los años fue adquiriendo cada vez más prestigio, desde que se estableció en Huércal-Overa en el primer centro de especialidades, junto a las Monjas, con el traumatólogo Fanjul, con el ginecólogo Pedro Caballero, y donde había que hacer de todo, desde ayudar en un parto, hasta operaciones de cirugía menor.


Antes de irse a Huércal-Overa, tuvo clínica en Vera, y de allí recorría en moto otros pueblos como Albox, Purchena y donde se le requiriese, a operar los sacos lagrimales o a quitar los estirigios, que era cuando el borde de la pestaña se introducía en el ojo. 

Le llegó la oportunidad de una plaza de la Seguridad Social en Huércal-Overa, en 1967, y desarrolló allí toda su carrera profesional, atendiendo otra consulta en Almería, en la calle González Garbín, los fines de Semana. Se había ido labrando una notoria fama de buen oftalmólogo, con una manos especialmente dotadas para las operaciones complejas y minuciosas. Por eso, en 1969 le concedieron la Cruz Azul de la Seguridad Social, en un acto celebrado en Huércal-Overa su pueblo de acogida. 


Cuando don Manuel nació su padre, Francisco Cervantes, un facultativo de minas y celador de la policía minera, era alcalde de Vera, en la Dictablanda y consiguió que Vera saliera de la bancarrota cobrando una factura de 70.000 pesetas que debía la empresa Fuerzas Motrices del Valle de Lecrín.


Su abuelo era el sastre Paco Cervantes de Haro y  él mismo era tataranieto del formidable prócer veratense, Ramón Orozco Gerez. Sufrió, como tantos niños de su tiempo la Guerra Civil, cuando a su padre lo metieron en el Ingenio y cuando salió y se escondió en un pozo, entró su madre, Angela Párraga, en la prisión de Gachas Colorás, quien junto a Angelita Escobar y otras mujeres, enseñaron a rezar el rosario a la gitana Emilia de Tíjola, que acaba de ser beatificada.


Nunca olvidó Manuel esos días bélicos, cuando se fue a vivir a la casa de su tío Ginés de Haro, en la calle Reyes Católicos número, 13, donde su padre conseguía sacar el periódico El Heraldo, junto a otros como El Yunque y Emancipación. 


Su territorio era entonces la zona de la Catedral, convertida en lugar de abastecimiento, donde llegaba la harina y las piezas de pan negro, en esa Almería de sirenas y bombardeos, en los que nadie estaba seguro. Colaboró con el Socorro Blanco, desde el Sindicato de la Aguja, en el que trabajaba su madre,  junto a Manolo Román, su gran amigo de la infancia. 


En su casa de veraneo de Puerto Rey, en camiseta de tirantes, casi centenario, don Manuel recordaba con precisión de cirujano los más pequeños detalles de esos días aciagos, de los que han pasado ya más de ochenta años. Descanse en paz, este buen médico, que a tantos curó  con sus prodigiosas manos


El niño voceador del diario Yugo


Al acabar la Guerra, recordaba don Manuel cómo los antiguos trabajadores de El Heraldo sacaron a la calle el 29 de marzo de 1939 La Nueva España, el periódico que fue después el Yugo, y que habían impreso en papel manila entre varios redactores y dos chiquillos, Manolo Román y Manuel Cervantes. Unos pocos cientos de ejemplares que fueron voceando por la nueva ciudad. 


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