Vera

La Generación Coraje

En un banco, Juan Miguel Morata (izquierda) y Antonio Soler (derecha) posan para la foto. Ricardo alba
En un banco, Juan Miguel Morata (izquierda) y Antonio Soler (derecha) posan para la foto. Ricardo alba La Voz
Ricardo Alba
07:00 • 16 sept. 2018

Ninguno de los dos ha cursado Máster universitario, así pues, ambos están libres de toda sospecha. Sí, ellos, los dos, empezaron la carrera en la universidad laboral recién despuntada la niñez. Juan Miguel a los diez años y Antonio a los catorce. El doctorado lo alcanzaron en horario nocturno, las clases se daban en la escuela de regla y palmeta, o en casa de maestros particulares. No había otra, así era la vida en aquellos tiempos de luz como de crepúsculo atardecido persistente, teléfono en las casas pudientes y centralita manual en la casa de Victoria donde se pedía la conferencia, esperabas, te la daban y hasta la próxima.




Estamos de palique en el salón del Club de la Tercera Edad ‘San Cleofás’ de Vera, su presidente desde el año 2012, Juan Miguel Morata Gallardo de edad cercana a los setenta y siete, junto con Antonio Cano Soler de ochenta y cinco, el socio de más edad, y un servidor quien escribe. Faltan apenas unos cuántos días para la comida anual de los Mayores, el 21 para ser precisos. Una manera de encontrarse, amén de sacar unos eurillos que, junto a las cuotas de sus cerca de 500 socios y alguna cosilla más, dan para el sostenimiento del Club.




Retrocedemos las agujas del reloj hasta los años mozos. En la casa de Antonio Cano afortunadamente no se pasaron necesidades. Con dieciséis años se echó novia, luego el Servicio Militar y a la vuelta, después de seis años de noviazgo, casorio. Juan Miguel Morata recuerda aquellos años “con satisfacción, lo pasábamos bien, no había lo que hay hoy, ni teníamos tecnología”, por mejor decir no tenían nada, “pero era una cosa como si dijéramos más humana. Nos juntábamos los amigos, alquilábamos la Cochera, las muchachas se encargaban de decorarla, y el ‘Chispo’, con su pickup y discos, nos cobraba por todo 25 duros. Ahí echábamos la ‘velá’, de una manera sana, había una convivencia muy distinta a la de ahora”. Pues sí. Como distinta era la feria.




En este punto es Antonio quien mete cuchara: “nos divertíamos con pocas perras; llegabas a un puesto de turrón y le pedías 25 céntimos (de peseta) de ‘desperdicio’”, ¿de qué, “de lo que se caía al partir el turrón que lo iban acumulando y se vendía más barato. No había maldad ninguna, tampoco los caprichos de ahora. Salíamos cuatro parejas de novios y nos llevábamos como hermanos”. Coge la mano Juan Miguel para apuntar que ya no se habla como lo estamos haciendo, que “voy a la playa con mi mujer y veo una pareja cada uno con el ti-ti-ti del teléfono y no se hablan”. “Mira, eran tiempos duros, pero había respeto. Nosotros, en la escuela, teníamos un libro de Urbanidad. Te enseñaban a ayudar a una persona mayor o discapacitada…Dentro de la falta que había, en mi casa no, pero había quien sí, sí había respeto y educación con las personas”.




Juan Miguel Morata se levantaba temprano, Antonio Cano, también. El uno, con diez años, para ir con su padre a Almería; el segundo, con catorce, a la panadería. A ver, hacía falta echar una mano a la familia. Antonio, pegado a su padre, se llegaba al puerto de Almería “que hacían la uva de embarque y cuando cortaban para llenar los barriles se quedaban granos, la ‘granuja’, que los recogíamos, los traíamos y en cajas se vendían por las calles. Cogía un carretillo y a vender. Yo digo que nuestra generación fue la que echó a andar a España, fue como si te metieran en un pozo y tú te tenías que buscar los medios para salir. Unos emigraron, otros aguantamos aquí, entre todos lo hicimos. Dentro de la escasez, el campo producía. Yo recuerdo de chiquillo se cogía el tomillo, el albardín para hacer telas se vendía en Águilas. El pollo en Navidad y un cerdo al año te daban para resistir.




Coge la vez Antonio Cano y va y cuenta: “yo era panadero, a los catorce años tuve que ponerme a ayudar a mi hermano, y repartía el pan por muchas casas de aquí, de Vera, en una moto Guzzi. La moto estuvo durmiendo en la calle lo menos ocho o diez años. En la puerta de mi casa, pero en la calle. La anécdota es que a los 45 días de morir Franco se llevaron la gasolina y el carburador. Tuve que guardarla dentro”. Toma el hilo Juan Miguel Morata Gallardo que con su padre y el camión iba de mercado en mercado. Tenía diez años. Salíamos una semana para repartir lo que habíamos cargado de frutas hasta que empezaron los invernaderos. Eran tiempos duros”.




Las manecillas del reloj llegan al momento de la jubilación. Los primeros meses de jubilado, Juan Miguel los pasó bien. “Luego, afortunadamente, el entonces presidente del Club, José Salas, me llamó y me vine aquí con ellos, que si no me pillo una depresión. Acostumbrado a la actividad diaria, te levantas y dices ¿dónde voy yo hoy?, por eso aconsejo que todo el que se jubile que tenga cuidado y no se apoltrone”. Antonio Cano dice que cuando se jubiló lo ingresaron en el Club de la Tercera Edad ‘San Cleofás’ de Vera”. ¿Cómo es esto de que te ingresaron? “Quiero decir que me apuntaron aquí y el presidente que había, Manolico, tío de Félix, me metió en la directiva del Club y me he tirado 22 años aquí. Al principio yo estaba así así, Manolico me daba muchos ánimos y por unas cosas y otras acabé organizando los viajes llevando las cuentas. Se retiró Manolico y fue cuando entró José Salas y metimos a Juan Miguel que, con el tiempo, fue elegido presidente y hasta ahora”.




Cada uno tiene tres hijos. Son amigos de toda la vida. Los dos agradecen al Ayuntamiento de Vera, sea cual sea su color, su colaboración con el Club de la Tercera Edad. Dicen que no han tenido una vida muy agitada, ¿les parece poco? Han cursado todas las asignaturas de la carrera de la vida con coraje, con bravura. Yo les reconozco su brío porque gracias a su esfuerzo hemos llegado a donde estamos. ¡Ahora caigo!, no les pregunté si en su casa tienen el máster chef.


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