Tras ‘La línea azul’

Sobre el documental dirigido por Alberto Gómez Uriol

Evaristo Martínez
01:02 • 08 mar. 2017

El espacio donde se besan mar y cielo. La serenidad soñada. La calma infinita que se dibuja detrás de la tormenta. El lugar donde se unen pasado, presente y futuro. La línea azul. Hacia ese horizonte tan preciso como lleno de interrogantes dirige su mirada Alberto Gómez Uriol (Calatayud, 1961) en su nuevo documental, su regreso al género nueve años después de Afal, una mirada libre. Aunque La línea azul no es un documental al uso: busca la conquista de un territorio único como el de la infancia utilizando el relato audiovisual, a medio camino entre el diario personal, el ensayo y la videocreación; y, al mismo tiempo, surca la memoria sentimental de una ciudad para mostrar la evolución de una de sus principales arterias, el Paseo Marítimo. Por allí desfilan vidas, y pasa la vida, en un ejercicio de observación impropio de estos tiempos de imágenes que inundan la retina como latigazos. El resultado de una propuesta tan bella como sugerente podrá verse en la pantalla del Apolo el viernes 10 de marzo a las 21.30 horas, en una sesión especial que el Cineclub Almería dedica al documental y que se complementa, a las 19.30 horas, con El último verano, de Leire Apellaniz, de la que hablaremos en este blog el día de la proyección.








“La idea inicial era algo distinta. Tenía el paseo y la playa como escenario pero quería abarcar todo el recorrido de la vida, desde la niñez hasta la vejez aunque al final me he quedado solo en la infancia”, cuenta Gómez Uriol. Una época, un “espacio de memoria”, sobre el que gira, va y vuelve, la película. “Hasta hace un tiempo pensaba que la vida era una estafa. Mi niñez había sido tan feliz que cuando comenzaron a sucederme ciertas cosas en la juventud, me dije: esto no era lo que me habían prometido. Con el documental creo que se explicita bastante que tiene algo de estafa, sí, pero que en el fondo la felicidad de la infancia te da una base muy fuerte, unos pilares, para aguantar lo que pueda venir después”.



Esa red de seguridad es, en un sentido metafórico, esa misma línea azul en la que se pierden los barcos. A la que miran los enamorados desde de la arena. Sobre la que corre en paralelo una niña sobre un patinete, volando por las baldosas del Paseo Marítimo. Imágenes registradas por Gómez Uriol entre 2013 y 2016 que casan a la perfección, a veces de forma casi mágica, con el relato en off: un mismo discurso (la niñez, el paso del tiempo) que se construye sobre las voces del cineasta y de otras seis personas (una de ellas, su propia hija) a las que nunca vemos el rostro. “Es una voz coral, una narración que se construye con experiencias. Reconoces quién está hablando pero al no verlo es algo más abierto, como una novela, en la que haces un esfuerzo pero lo acabas percibiendo de forma natural”.








Para trazar La línea azul, el cineasta, afincado en Almería desde 2011, cogía su cámara, salía al Paseo Marítimo y observaba. Simplemente. “A la caza y captura. Tiene cierto espíritu fotográfico: cuando hice el documental sobre Afal, muchos contaban que eran fotógrafos de calle, que salían a ver qué percibían”. Al llegar a casa, escribía los textos, seleccionaba los fragmentos de entrevistas y montaba. Todo al mismo tiempo. “Sin presión de tiempo ni plazos de entrega. Es mi trabajo más libre y, sobre todo, me lo planteé para mí”, reflexiona.


Y así surge el misterio. “De repente, imágenes grabadas hace dos años cobraban sentido con algo que acababa de escribir. Como si existieran solo para eso”. Una puesta en escena de planos fijos (con una divertida excepción) y largos solo interrumpida por extractos de viejas películas y fotografías del antiguo cine San Miguel del archivo de Eduardo del Pino. Porque el cine, para Gómez Uriol, también fue en su momento una tabla de salvación. Como este documental. “Una tranquilidad que durante mucho tiempo no he encontrado”.


Como esta línea azul.




Todas las imágenes de este artículo pertenecen al documental ‘La línea azul’ y se han empleado por cortesía de Alberto Gómez Uriol.


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