El Señor de la Puerta Oriental: el último gran nazareno del patrimonio andaluz

A Juliana Romero Ayuga, que vivió junto a su arco

El estudio de la escultura incide en las peculiaridades del más fecundo arte salzillesco
El estudio de la escultura incide en las peculiaridades del más fecundo arte salzillesco

El Nazareno de Huércal-Overa, pieza antológica del patrimonio escultórico nacional y muestra esencial de la producción pasionaria de Francisco Salzillo y Alcaraz, encierra en su hechura los códigos inherentes a una obra maestra cuya representatividad, por contra, es poco conocida. El incomprensible desdén historiográfico, acaso fruto de la carencia de estudios profundos sobre sus particularidades, condicionan una estima restringida al estricto panorama comarcal. El papel que le han concedido los especialistas en el escultor murciano, particularmente Baquero Almansa, Sánchez Moreno o Belda Navarro, no ha pasado de un mero emplazamiento dentro del primer repertorio de madurez del artista. Por contra, su paradigmática ubicación, acaso junto al coetáneo Nazareno de Estepa del académico Luis Salvador Carmona, en el epílogo del patrimonio barroco andaluz no ha merecido su inserción como culmen del proceso creativo iniciado siglos atrás por Rojas, Martínez Montañés u Ocampo.  


Ciertamente, el estudio pormenorizado de la escultura, marcada por una aún poco esclarecida coyuntura histórica (parte de la correspondencia de su mecenas, el beneficiado Juan Antonio Marín y Alarcón, revela una probable adquisición inopinada al no contarse en Murcia con un lugar oportuno donde ubicarla), incide en las peculiaridades inscritas en los albores del más fecundo arte salzillesco. Pese a las inevitables referencias al Nazareno compuesto en 1601 por Juan de Aguilera y Melchor de Medina para la cofradía murciana de la que Salzillo fue mayordomo, la soltura expresiva de su modelado, impregnado de matices retratísticos y naturalistas, evoca un espíritu artístico diferente. El valor aportado por este verismo, sumado a la airosa inserción de su policromía (impregnada de matices de resuelta frescura cromática y transparentes carnaciones), identifican los inequívocos aires del último barroco. Con todo, el Nazareno es una obra de arte total donde las especialidades artísticas (escultura, pintura, textiles y otros complementos) se someten a la obtención de un tipo perfectamente definido. Tal conjunción, plena del naturalismo escultórico propio del Levante, se despliega de forma determinante bajo la luz matinal de la mañana de viernes santo cuando, acompañado de sus penitentes, es conducido al Calvario.   


Conviene recordar, ubicándolo en su contexto artístico, como su hechura supone la antesala de los famosos pasos salzillescos de la cofradía de Jesús iniciados en 1752. En efecto, si las primeras referencias documentales permiten situar la ejecución del Nazareno hacia 1745, sólo siete años después el escultor entregaba a la institución  su célebre paso de La Caída abriendo aquel episodio irrepetible del arte peninsular. Si, como se ha insinuado, el artista pensó la escultura para incluirla dentro de aquel repertorio, algo que no desmienten totalmente los documentos, el estudio comparativo con las representaciones cimeras de la Dolorosa y San Juan, de 1755 y 1756 respectivamente, se revela imprescindible. El alcance compositivo del movimiento, integrado sutilmente al modo romano, distingue el esmero en la conformación de sus estructuras internas. Si en la efigie del apóstol los paños tallados sirven a ese ideal representativo, en las restantes son los textiles los que coadyuvan a ese propósito. Así, el ajuar financiado por el citado Marín está en sintonía con los postulados de conceptual armonía y gracia concebidos por Salzillo. Por ello, las texturas de los brocados levantinos (cuya factura correspondió a las religiosas agustinas de la capital) sirvieron al artista para ceñirlos con ligereza sobre aquella anatomía interna, obteniendo el tipo escultórico integral. Así, todos sus ingredientes quedan sometidos a la idea de conjunto.


 La no disimulada configuración teatral y el genuino ingenio plástico de matices realistas, le otorgan a este Nazareno la impronta de una obra de alcance: dominada por una cualidad expresiva que parte, precisamente, de la acertada integración totalizadora de las artes y de la esencia “delectativa” propia de una obra destinada al culto.

 

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