Los primeros coches que se vieron por Almería

“El automovilismo era un ‘sport’ carísimo y elitista”

Vehículo del Conde de Torremarín.
Vehículo del Conde de Torremarín.

Era un 10 de diciembre de 1907. Por su examen de aptitud para conducir pagó don Luis Bardón 15 pesetas, por el reconocimiento de su coche 30. Ya no había obstáculo para matricular el primer automóvil, que quedó inscrito diez días más tarde. Se inicia así la Historia del coche, digamos que “en serio”, da comienzo el largo camino que para más bien que mal nos ha llevado a donde ahora nos hallamos. 


Y decimos Historia “en serio” porque hasta esta fecha sí que hay antecedentes, pero son tan escasos –dos triciclos motorizados y un raro prototipo- y tienen tan poco arraigo que solo encajan en el terreno de lo anecdótico. No obstante, resulta también agradable recrearse en esta prehistoria del automovilismo en Almería.


En julio de 1900 la prensa local se hace eco de una circular recibida en las oficinas de Hacienda explicando el modo de incluir a los propietarios de automóviles como tributarios por el impuesto de lujo y con ella, con los pies bien puestos en la tierra almeriense, ironiza el periodista: “para que esta disposición pueda cumplirse en Almería tienen que pasar días... y que venir automóviles”. Pero los autos no venían. 


El automovilismo era un “sport”, como entonces se decía, carísimo y elitista que trataba de abrirse paso con muchísima dificultad. Y es que ni la sociedad ni la economía almerienses de entonces, estaban como para ocuparse del deporte. Llenar lo necesario ya era mucho. Nada existía con ruedas que se sustrajera a lo práctico: los coches de caballos cumplían como taxis, los carros de mulas atendían el comercio, las carretas de bueyes se encargaban de las mercancías más pesadas, la tartanica de El Alquián trasladaban viajeros de corto recorrido, las diligencias de Poniente y de Levante unían la capital con sus pueblos más lejanos y el tren, desde hacía poco más una década, se encargaba de satisfacer los itinerarios más ambiciosos.



Coches de caballos, carros, carretas, tartanas, diligencias, arriería y ferrocarril satisfacían, pues, el transporte sin otras metas que la mera utilidad. Deporte, no se ejercitaba sino en las temidas bicicletas, introducidas una década antes por don Carlos Jover, el deportista propietario del balneario Diana; una modalidad que raro era el día que no arrollaba media docena de personas, cuando, vuelta arriba-vuelta abajo, convertían el Paseo en su velódromo particular. 


El Paseo del Príncipe Alfonso, era, como hoy con el nombre de Almería, la arteria principal de la ciudad; lugar de encuentro de la población y en el que, inevitablemente, tenían lugar los acontecimientos, buenos o malos, pero siempre escasos, que rompían la existencia monótona de una tranquila ciudad de poco más de cuarenta mil habitantes.


El 21 de noviembre de 1900, miércoles, se presenta como un día más… De pronto se deja oír un sonido con un ritmo hasta ahora desconocido que capta la atención de los que lo oyen a medida que avanza. El Paseo se paraliza, se petrifica. Cesan los juegos de la chiquillería, se detienen las bicicletas, apuntan las orejas los caballos de los coches de punto, los parroquianos salen de los cafés y, en los balcones, las amas de casa con las narices pegadas a los vidrios se preguntan: Pero esto, ¿“qué e lo que é”?

Paseo arriba sube un automóvil. “Se trata -describe uno de los admirados testigos del evento- de un aparato de cuatro ruedas que en su parte delantera lleva un asiento en forma de butaca donde va la persona que para nada se entromete en la dirección del automóvil, mientras éste está al cargo exclusivo de la que, montada en un sillón como en las bicicletas, rige el aparato, yendo detrás del primer asiento”. 


Cuando el artilugio que ostenta la marca Marot y Gardón, de París, detiene su marcha, la gente se agolpa a su alrededor y lo contempla admirada mientras escucha atenta y embobada de boca de don José García Peinado, su conductor y representante de la fábrica, toda clase de pormenores. 


Desaparecido el extraño carruaje, quedan en el Paseo corros de gentes comentando sus características: su velocidad tope, demoníaca, de 46 kilómetros por hora; el consumo de dos reales de esencia de petróleo; su marcha, “tan suave –cuenta un privilegiado que lo ha probado- que, si no fuera por la desigualdad del piso, creyera el viajero ir en ferrocarril"… Al día siguiente bajaron los barrios y pudieron verlo todos lo que se lo había perdido el día anterior en un recorrido idéntico al del día anterior, pero con muchos más espectadores. Días y días fue el coche objeto de sabrosos comentarios.


Lo que fue de este Marot y Gardón, venido -como los auténticos bebés- de París es todo un misterio. A pesar de tan largo viaje no parece que pasara de las manos del representante. A los 2.500 francos que había que desembolsar para hacerse con él, se unían el rechazo y la desconfianza que suele despertar en el humano todo lo que significa revolución y progreso, máxime si intuye que va en serio. Así es que no estaban los almerienses por la labor. 


Ni los almerienses ni nadie… y si no, vean, como muestra, qué lindezas le dedicaba el poeta en la prensa a un recién nacido vehículo de 60 caballos:

“Negruzco y trepidante mamotreto / que despides olores pestilentes / y aturdes con tu estrépito a la gente / que te ve con terror, no con respeto. / Tal vez tu mecanismo, hoy incompleto, / logre delirios que en tu afán intentes / un día con sorpresa nos presentes / ventajas que hasta aquí son un secreto. / ¿Y todo para qué, monstruo inhumano? / ¡Para hacer que la gente se acobarde, / que huya de ti como del rayo insano, / y hacer febril, vertiginoso alarde / de decir que has llegado muy temprano / a donde igual nos da que llegues tarde!”


En los seis años que median entre la llegada de este Marot en 1900 y la primera matriculación en 1907, fueron poquísimos los vehículos de motor que rodaron por Almería


Borrosa constancia hay de la existencia de un primitivo vehículo de tres ruedas, propio de don Ramón Orozco Cordero, así como de otro de similares características traído por don Herman Frederik Winslow Fischer, emprendedor cónsul de los países escandinavos, como un curioso adorno más de su hermosa casa, la que hoy alberga la Delegación de Educación y Ciencia: el cortijo Fischer, del Gobernador o de Santa Isabel que de todas estas formas han venido nombrando los almerienses a este palacete, orgullo modernista de la ciudad.

 

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