El Caso Almería en la memoria

“Tres jóvenes, Juan Mañas, Luis Cobo y Luis Montero, yacían, abrasados, en un Ford Fiesta”

Las víctimas Juan Mañas, Luis Montero y Luis Cobo.
Las víctimas Juan Mañas, Luis Montero y Luis Cobo. La Voz

Cuando, pasadas las siete de la mañana de aquel domingo, sonó el teléfono, el teniente coronel Victoriano Guillén Vivancos se sobresaltó.


Estaba acostumbrado a las llamadas intempestivas, pero el ritmo pausado de su aprendizaje como pasante en un bufete de abogados situado en el edificio Remasa del Paseo y su pase a la reserva le habían hecho casi olvidar el ritmo asumido de los sobresaltos. Quien le llamaba con voz agitada era el también teniente coronel Carlos Castillo Quero, jefe de la Comandancia de la Guardia Civil de Almería. 


Vivancos tardó sólo unos minutos en recorrer los apenas trescientos metros que separaban su domicilio familiar, en una de las torres de los edificios Mediterráneo, de la Comandancia. Cuando llegó se encontró al responsable máximo de la Benemérita en la provincia acostado, envuelto en mantas, temblando, aquejado de fuertes dolores estomacales y en medio de una crisis de ansiedad desoladora. Acababa de llegar de un viaje dantesco. Tres jóvenes, Juan Mañas, Luis Cobo y Luis Montero, yacían, abrasados, dentro de un Ford Fiesta en la cuneta de la carretera que une la capital con Gérgal. 


Después de una noche de horror, los tres jóvenes yacían, esposados, en el asiento trasero de un coche en el que habían hecho su último viaje. Entre las cuatro paredes de su residencia oficial, el ejecutor de la ignominia se desgarraba aterrorizado por la barbarie y atenazado por el miedo. 



El Caso Almería entraba en la Historia negra de la España profunda.


Tres jóvenes que sólo habían cometido el error de viajar hasta Pechina para asistir a la comunión del hermano de uno de ellos   -Juan Mañas- fueron confundidos por etarras al alquilar un coche en Manzanares. Tras la trágica confusión sólo hubo que esperar que el dispositivo de estulticia, incapacidad profesional, locura de un militar con aspiraciones y obediencia debida hicieran el resto. Mañas, Cobo y Montero fueron sometidos a la crueldad más abyecta, a la impiedad más aterradora, mientras permanecieron en las dependencias de la comandancia almeriense. La ceguera llegó a tal espanto que la lógica de las respuestas de los interrogados se les volvió en su contra al acrecentar en sus asesinos la convicción de que la misma obedecía a su implacable seguimiento del aprendizaje metódico diseñado por la dirección de ETA sobre cómo comportarse en caso de ser detenidos.


Con el paso de las horas el ruido del horror dio paso al silencio de aquel coche humeante en el que ya descansaban, y para siempre, tres inocentes que nunca llegaron a saber si lo que ocurría era una pesadilla cruel o una realidad enloquecida.


Lo que nunca llegaremos a saber, salvo que los participantes en aquella caravana de la muerte tengan la valentía de romper el pacto de silencio que les une, todavía, con la cobardía y la deslealtad más miserable, es qué ocurrió con exactitud aquella noche trágica.


María Morales, la madre del joven de Pechina que no pudo asistir a la comunión de su hermano, no ha podido conciliar el sueño desde aquella noche en que, abatida por el cansancio de preparar la fiesta del día siguiente, durmió esperando oír la llave en una cerradura que nunca sonó. María Morales cerró aquella madrugada el local en el que iban a celebrar la fiesta y, ay, sólo la abrió el día siguiente para poder velar, abrazada a un féretro bañado por las lágrimas el cadáver de un hijo arrebatado por el fanatismo y la locura de un miserable y de quienes entonces callaron por obediencia y hoy continúan callando sólo y exclusivamente por cobardía.  


El tiempo ha pasado; la geografía se ha modificado: la autovía ha sepultado en la penumbra aquella cruz en la carretera de Gérgal acompañada siempre de flores. Pero lo que no ha sucumbido al tiempo ha sido el recuerdo. Un recuerdo que, cada amanecer, debe desolar el alma y el corazón y las entrañas de quienes, por una cruel y estúpida obediencia debida participaron en aquella barbarie y todavía no han sido capaces de contar la verdad. No es ya tiempo de rencor ni de revancha; pero sí ha llegado la hora de que la sociedad sepa la verdad. A quienes pueden contarla va dirigida esta carta con la esperanza de que en el mejor cobijo del alma guarden un gesto de valentía y entiendan que la hermosa divisa del honor es incompatible con la cobardía y la mentira. Sólo así podrán descansar en paz; ellos y los tres jóvenes asesinados.

 

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