La uva dorada que salía por el Puerto

“Tal vez la uva de Almería sea su mejor jefe de relaciones públicas en el mundo”

recogida de uva en la finca del Cortijo Fisher.
recogida de uva en la finca del Cortijo Fisher.

Ha dicho Tico Medina en un libro caliente - «Almería al Sol» - «que tal vez la uva de Almería sea su mejor jefe de relaciones públicas en el mundo». La uva de Almería, en cajas o barriles, llega a todos los lugares de la tierra: India, Oceanía, América, y no falta en las mesas de casi ningún país europeo. En Londres, por ejemplo, las «Almería grapes» son famosísimas, y los mismo se adquieren en la mejor frutería del corazón de Londres que en el Soho, el barrio londinense que pertenece al mundo porque en el se han dado cita todas las razas. Tampoco faltan por White Chapel, el barrio judío, donde no es difícil ver rostros femeninos que encajarían en la propia mujer almeriense, o granadina, o toledana. Mujeres que hablan un castellano antiguo de tiempos de los Reyes Católicos. Son estas sefarditas, descendientes de familias judías oriundas de España.


Con la uva de Almería, decía Luis de Baeza, un periodista almeriense que vivió más en el extranjero que en España, en los hospitales ingleses se hacían curas especiales, «ensalzadas por su riqueza en vitaminas, a fuerza de ser besadas por el sol - «Sun kissed» -, según se anuncia en las fruterías».


A mi este carácter internacional de la «uva de mi tierra» me merece el más alto crédito y hasta me ha hecho pensar siempre que la uva mantiene nuestra fama en el extranjero, ayudando incluso con esta fama al emigrante almeriense. Me imagino que buscar trabajo y decir «español de Almería» habrá mostrado este solicitante como un matasellos de ciudad conocida. Así debe ser cuando Jean Sermet escribe en su libro «La España del Sur».


«Almería es un poco ciudad de ultramar. Un vapor semanal la une con Melilla y Ceuta. Pero mira más lejos. El hierro y la uva han traído aquí a escandinavos, ingleses, alemanes. Y raros son los almerienses que no escriben con un amigo, a menudo pariente, que vive en Londres o en Hamburgo. Podéis estar bien seguros de que el mas rudo agricultor de los pueblos aparentemente perdidos del río Andarax conoce perfectamente las capacidades de compra y los gustos alimenticios de los letones o de los americanos de Nebraska. Todos los años hay que colocar la uva, cosa no siempre fácil. Almería tiene los ojos puestos mucho más al otro lado del mundo que en Madrid».



Excepcionalmente fue la uva de Almería la que nos dio carta de ciudadanía al producirse el derrumbamiento minero. Porque en el siglo XIX el plomo de la Sierra del Sol (repito siempre del «Sol», por si nos acostumbráramos a decirlo y olvidáramos «de Gádor») regentó durante décadas las cotizaciones mundiales. «Los mineros – se ha dicho- eran los amos de Almería y todavía hoy a todo el mundo le da de vez en cuando allí un acceso de fiebre minera». El poderío minero almeriense fue incluso objeto de envidia en el pasado siglo. Enrique Gil y Carrasco, en 1843, al hablar de las minas de Las Médulas, de la Chana, La Palomera, abundantísimas en metales ya en tiempos de los romanos, se quejó de que no se les concediera la importancia, y dijo: «El sol no sale en Cartagena para ponerse detrás de Sierra Almagrera…» Se refería Gil y Carrasco a que estaban preteridas las minas del Bierzo en relación con la zona de mineral del Sudeste (*). Pero el sol no duró mucho sobre Sierra Almagrera.


Yo estimo que cada racimo de «Almería grapes» de «aristocrática categoría» canta a nuestros labradores en su perseverancia admirable y desgrana el nombre de Almería en la gota de cera de cada uva. Uva de la que decía Baeza que costaba a millón y que la comían la esposa de Onassis, la esposa de Churchill o Greta Garbo. En ninguna fiesta londinense faltaba -afirma Baeza- «el renglón de “Almería grapes”», que ascendía a treinta y cinco libras cheque por unas pocas libras de peso.


Hoy a la uva, nuestra salvación cuando el hundimiento de la cotización minera almeriense, le acompañan otros frutos que nos han dado jerarquía agrícola: las naranjas, «las mejores de España» -dijo Sermet-, los fresones y sandias de Níjar, y en general las hortalizas de los enarenados, las más tempranas del Mediterráneo.


De esta nuestra uva no sólo no se ha hecho toda la propaganda que merece, sino que, incluso, ha sido ella la que nos la viene haciendo, y tampoco ha conseguido el triunfo literario -poético o novelístico- de la uva que se convierte en vino. Cuando nuestra uva tiene personalidad por ella misma. Y sin que uno vuelva a piropearla, llevado de la mano de Pedro Antonio de Alarcón, sí le diremos la última parte de su requiebro: «Es uva que se mete monja, vive cenobíticamente y muere virgen». 


Esta uva de tecnicolor impaciente ha sido captada por los pinceles de Pepe Moncada y Pepe Gómez Abad. Quizá ellos hayan sido sus únicos cantaores. Pero está aún esperando el canto brioso del poeta y el romance de un buen novelista.


Y terminamos irradiando una idea de Luis Baeza, con el que Almería, ¡cómo no!, está en deuda. Proponía pintar en la panceta de los barriles (hoy también en las cajas) un anuncio vistoso de Almería donde el sol besase a las uvas y esperase a los turistas: «Visit Almería. The Sun that kisses the grapes Will welcome you!».

 

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