De provincia de emigración a tierra de inmigración

Un gráfico que resume una historia

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Andrés Sánchez Picón

Catedrático de Historia Económica de la UAL


Los historiadores económicos padecemos una particular debilidad por los gráficos y las tablas con datos. Nuestros razonamientos sobre el pasado económico, para ser solventes, buscan apoyarse en series de datos construidas con rigor y respeto a las fuentes. Y a veces, algunos de estos recursos estadísticos permiten resumir un proceso histórico complejo con más precisión que algunos relatos. El gráfico que acompaña estas líneas es uno de los mejores ejemplos de lo que intento decir.


Se trata de un diagrama que representa la evolución de los saldos migratorios en la provincia de Almería desde mediados del siglo XIX hasta comienzos del siglo XXI. Los saldos migratorios representan la diferencia entre el número de emigrantes y el número de inmigrantes en un lugar determinado a lo largo de un periodo de tiempo. En el gráfico en cuestión (extraído de mi colaboración en el volumen La economía de Almería, que en 2005 publicara Cajamar, bajo la dirección de Jerónimo Molina),  se resume como en pocos sitios siglo y medio de la historia de Almería.



Durante más de 120 años, Almería acumularía, año tras año, saldos migratorios negativos (por debajo de cero), lo que significa que era una zona emisora (expulsora) de población. En los años 1870-1900 hacia Argelia (el departamento de Orán), fundamentalmente; en los años 1910-1930, las décadas de la mayor diáspora almeriense, hacia América y Cataluña; y en los años 1950-1970 hacia Cataluña y la Europa en reconstrucción de la posguerra.


El lector pensará que esto era común a muchos lugares de España, pero yo querría subrayar aquí un par de originalidades en el comportamiento de nuestra Galicia meridional. La primera es la intensidad: el gran volumen de emigración desde mediados del siglo XIX, con una breve interrupción a comienzos del Novecientos, antes de las cifras récord de los años veinte. La segunda tiene que ver con la anticipación en el contexto andaluz. Mientras que la mayor parte de la emigración andaluza es de los años 1950-1960, la almeriense se había adelantado bastantes décadas y tiene una cronología pareja a la gallega, por ejemplo. No tengo espacio para extenderme aquí en explicaciones, pero la profunda crisis minera y uvera de los años 1920-1930 y su reguero de miseria constituirían los principales factores de expulsión de la población.


Este saldo migratorio lastró además el crecimiento de la población de Almería. Veamos algo de su ritmo desde el ecuador del siglo XIX hasta hoy.


Exponencial

Cuando el 15 junio de 1977 los españoles, y los almerienses con ellos, fueron llamados a las urnas para participar en unas elecciones democráticas, por vez primera desde 1936, la provincia de Almería acababa de rebasar el listón de los 400 mil habitantes. La anterior centena de millar (300 mil) la había superado hacia 1850. O sea, que para aumentar esa centena de millar, de los 300 a los 400 mil, Almería necesitó medio siglo XIX y las tres cuartas partes del siglo XX (127 años, nada más y nada menos).


Pero, desde 1980, Almería pasó a tener un saldo migratorio positivo (muchos más inmigrantes que emigrantes) y así se ha mantenido hasta hoy, con una breve interrupción en 2012. Como resultado de  este espectacular cambio, la aceleración del cómputo de población en Almería ha sido inaudita, situándose, entre 1978 y 2008, como la tercera provincia de España en ritmo de crecimiento, muy cerca de Alicante y Baleares, con una velocidad de un 2,2 %  anual. La aceleración con la llegada del nuevo siglo ha sido todavía mayor (por encima del 3,4 %). Así, si para alcanzar la siguiente centena de millar (los 500 mil habitantes) se necesitaron sólo veinte años desde la llegada de la democracia (en 1998 se estaba rozando esa cifra); la siguiente centena de millar (600 mil) se consiguió en apenas seis años (en 2005, precisamente, el año de los Juegos Mediterráneos); y la siguiente, la de los 700 mil tardaría en alcanzarse unos cinco años después. 


Desde entonces hasta hoy, la década de recesión económica y difícil recuperación que comenzara en 2008 ha ralentizado este impetuoso crecimiento. Por eso, la siguiente centena de millar, la de los 800 mil, tardará un tiempo en conseguirse, pero con todo esta reciente aceleración ha cambiado intensamente la faz de la provincia y no siempre razonamos sobre su futuro siendo conscientes de la profundidad de esta transformación. 


Tanto su equilibrio interno, con más del 70% de sus habitantes en la franja litoral (un balance diferente al histórico) como su composición cultural se han alterado radicalmente. Hoy habitan esta provincia más habitantes que nunca y un gran número de estos nuevos almerienses no han nacido en esta tierra y proceden de otras provincias y de otros países que han convertido, al otrora solar de la miseria, la legaña y el abandono, en su tierra de promisión. 


Hace poco más de veinte años, en 1996, estaban censados en Almería unos 11.000 extranjeros. En 2017 esa cifra ha subido hasta los 138.000. Se ha multiplicado por más de diez ese número y nos da un porcentaje de población foránea que roza el 20% de la población total. Es la primera provincia de España en este indicador y tenemos censados a más extranjeros en relación a sus habitantes (en cifras relativas) que otras como Gerona, Barcelona, Alicante, Málaga o Madrid. 


Estos datos suponen un gigantesco reto a la vez que una extraordinaria oportunidad con implicaciones de todo orden (culturales, políticas, sociales y económicas). A ver cómo somos capaces de gestionarlo.

 

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