El médico de los pobres que llegó de Antas

Manuel León

José López Cano

  • La Voz
Era uno de aquellos nombres inexplicables que los niños de los pueblos escuchaban en el duermevela del hogar: “fulanico va mañana a que lo vea López Cano”. Y uno, entonces, entre el sueño infantil, apenas podía descifrar el significado de esas palabras dichas en voz baja, como un secreto, por nuestros mayores. Palabras que arrastraban una estela de gravedad y que los niños oíamos, sin saber muy bien qué significaban las visitas a ese señor de Almería.Un día acompañé a mi abuela en el Alsina. Iba a una revisión. Y por fin ví a ese señor, de cara bondadosa, huesudo, que nos recibía con afecto, rodeado de aparatos de rayos X, en su clínica de Maestro Padilla. Por fin pude saber en esa tarde de finales de los 70 quién era López Cano. Se acaba de ir ahora, con 87 años, este médico de los pueblos de Almería; el médico que atendía, por pura vocación, a las cuatro o a las cinco de la mañana, a gente que venían como almas en pena desde Mojácar o desde Benahadux; el medico que asistía gratis a los enfermos de las Hermanitas de los Pobres y no les cobraba las medicinas; un medico privado, alejado de los grandes hospitales, ejerciendo la medicina como un nigromante en su propia soledad y la de sus pacientes. José López Cano nació en Antas en 1924, cuando mandaba Primo de Rivera. Era hijo de un agricultor y se crió entre el perfume de azahar de los naranjos de la huerta. Se ganó una beca para estudiar medicina en Granada y hasta allí se fué, barbilampiño, a trabajar como un burro en el Colegio Sacromonte, a cambio de una cama, hasta licenciarse en 1953. Le brillaban los ojos de alegría cuando le dieron su primer destino como médico de Las Pocicas (Albox). Pero quiso seguir formándose y se marchó a Irlanda y a Estados Unidos, al Memorial Hospital de Phoenix y al departamento de Anatomía de Michigan. También fue residente en la Escuela de Postgrado de Pamplona, donde coincidió con el galeno albojense Federico Conchillo. Era aficionado a cazar perdices con su buen amigo Diego Belmonte ‘El liebres’ y con el arquitecto Góngora, en la barriada antusa de Aljáriz. Fue siempre López Cano un hombre esencialmente bueno, un médico de pueblo grande, como ha sido hasta ahora Almería; un profesional de vocación, bendecido por el afán de superación: cuando se jubiló y se iba con sus hijos a Aguadulce celebraba encontrarse con algún conocido que le contara sus dolencias, como el boxeador que sigue dando puñetazos al aire ya retirado del ring.