La cuadratura del círculo de la OCAL

La Orquesta Ciudad de Almería brilla en su Concierto de Feria ante 4.500 personas

  • Marta Rodríguez
  • 25.08.2018

Se aproxima un naufragio. En un diálogo entre el viento y el mar, la música nos desborda al cometer la osadía de tratar de describir el océano. Suena La Mer, de C. Debussy, que no solo está considerada una de las piezas orquestales más destacadas del siglo XX, sino que es uno de los mejores ejemplos del uso por parte del compositor francés de la llamada proporción áurea. Esa estructura matemática que confiere un carácter estético, incluso místico, a aquello que guarda unas determinadas proporciones: el Partenón de Atenas, el hombre de Vitruvio de Leonardo da Vinci, la Quinta Sinfonía de Beethoven. Números que se ordenan hasta encontrar su luminoso lugar en el mundo. Hasta alcanzar la cuadratura del círculo.  


La cuadratura del círculo la dibuja la OCAL cada mes de agosto en su Concierto de Feria, y este 2018 con su programa Todos los ríos llevan al mar no ha fallado. Bajo el Cargadero del Mineral y una luna casi llena, en un Parque de Las Almadrabillas en el que la sirena de los barcos se confunde con los sonidos de los fagots y sus luces en la bahía son un faro para la esperanza -como la luz verde mantuvo con vida al Gatsby de Fitzgerald-, los aplausos suben y bajan como la marea. Y el Himno de la Virgen del Mar de José Padilla entonado por la coral de la Patrona abre una noche con flores que se tiran al Mediterráneo (por si el pescaíto Gabriel Cruz nada cerca), piratas en busca de tesoros y fuegos artificiales en el cielo y en el corazón.


Estamos sumergidos en el océano, pero el agua empieza a perder salinidad. Los acordes de la Orquesta Ciudad de Almería impulsan un curso inverso al natural y nos devuelven al mar, y del mar a un río: el Moldava. El compás de la obra del mismo nombre de B. Smetana nos lleva al mismo  manantial del que nace para discurrir entre bosques y pastizales, donde se celebra una boda campesina y la danza de las ninfas brilla. Porque así definió este poema sinfónico el padre de la música checa, por mucho que una mujer se empeñe en restar encanto al instante escuchando el concierto con cascos (¿acaso para oírlo a través del streaming?).


Y como la música es universal y la OCAL no tiene techo pero sí una infinita carta de navegación, su programa de 2018 nos sube a bordo de un submarino que en tiempo récord nos conduce de Europa central al golfo de México, allí donde desemboca el Misisipi. El río que inspiró a Mark Twain y a Melville, padre de las aguas -como se le conocía en época precolombina- y cuna del blues se apodera esta noche de Michael Thomas que abandona por un momento la batuta de director y saca su violín para el estreno mundial de su composición Variaciones Misisipi. Una obra que, tal y como confiesa en su español de marcado acento británico, ha escrito para su mujer y está basada en un tema tradicional de Nueva Orleans que interpretaban The Animals.


La orquesta resplandece
En Spartakus, el adagio del ballet de A. Katchaturian, dos bailarines representan para las 4.500 almas que abarrotan el Parque de Las Almadrabillas la historia de amor entre Espartaco y Frigia. La orquesta resplandece y suspira con la alegría del reencuentro y la añoranza de la patria.


Las dos composiciones más conocidas del programa desa­tan las emociones del público, que se mece sobre sí mismo con un pareja de bailarines que parece hacer equilibrismos sobre la línea del horizonte en El lago de los cisnes de Tchaikosvky y luego anda sobre las olas con la pieza homónima de J. Rosas. Una niña rubia improvisa una versión libre de la coreografía en uno de los laterales del recinto ante la mirada amorosa de su padre.


Todavía hay noche para recrear aquel viaje por el río Támesis en la barcaza del rey Jorge I en la que medio centenar de músicos estrenaron Música acuática de Haendel. Aún estamos a tiempo de animarnos con el baile escocés que desafía la rapidez de los 70 músicos de la OCAL en Scotch Strathspey and Reel de Grainer. Podemos incluso abandonarnos a la magia de Fantasía sobre un tema de Tallis de V. Williams, como si estuviéramos acurrucados en el sofá y lo tuviéramos todo en la vida. O dejar que nos susurren al oído los cuentos de Las mil y una noches con Scheherezade de N. Rimsky Korsakov encarnada por la bailaora Inés de Inés, quien descalza y de rojo se entrega sobre el escenario.


En los bises de esta velada única, la Orquesta Ciudad de Almería echa el resto y se hunde con el barco tocando desde la profundidades como los músicos del Titanic (la banda sonora de James Horner no podía faltar en este naufragio). Desde el fondo del mar, se contagia de las ansias de libertad de La sirenita y se suma a una fiesta del cangrejo Sebastián en Bajo el mar, ambas de Alan Menken, en la que Thomas ya es incapaz de retener los pies. La apoteosis llega con la Marcha del coronel Bogey, compuesta por el director de banda del ejército británico Frederick Joseph Ricketts y popularizada por la película El puente sobre el río Kwai. El público la acompaña con palmas al más puro estilo de La Marcha Radetzky en el Concierto de Año Nuevo. Les falta silbar.


La archiconocida melodía de Piratas del Caribe cierra el recital y su épica nos despierta: estamos vivos, salados y despeinados, pero vivos al fin. Nos hemos sobrepuesto a un naufragio musical de dos horas y media. El océano -como el amor- ha arrasado todo a su paso. Pero hemos ido a parar a una isla. Y no estamos solos.

  • PATROCINADOR

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