Cajamar: una asamblea con mucho plasma y mucha guitarra

La cooperativa aprueba cuentas contenidas en un tiempo que requiere ser más hormiga que cigarra

Eduardo Baamonde y tras él las oficinas conectadas a la asamblea.
Eduardo Baamonde y tras él las oficinas conectadas a la asamblea.

Acudir a la asamblea de una entidad financiera de la que eres socio a que te informen de las cuentas, tiene algo de cuando uno va al médico de cabecera a que te revele el resultado de un análisis de sangre. Se reclina uno en la silla y empieza a  recibir la sentencia del galeno: el colesterol (morosidad), mejorable; el azúcar (eficiencia) muy bien, los glóbulos rojos (solvencia), viento en popa;  el hierro (volumen de negocio), en su sitio; los triglicéridos (inversión), disparados.


Más de un millón de socios de la cooperativa almeriense Cajamar, la primera de su clase en el sistema financiero español, estaban representados ayer en la sede social de la entidad, en la plaza rotulada con el nombre del fundador, aunque en el salón de actos solo hubiera una veintena de cabezas, por las recomendaciones sanitarias impuestas por la pandemia. 


El año pasado fue en Las Mariposas, también con númerus clausus, coincidiendo con las elecciones al nuevo Consejo Rector. Son ya dos años, por tanto, echando de menos el promontorio del Hotel La Envía, al atento botones de la puerta giratoria, la subida por la espaciosa escalera de mármol y esa sala descomunal donde se suelen dar cita varios cientos de socios compromisarios. Ayer fueron un centenar de oficinas de toda España las que estaban representadas al otro lado del plasma, escuchando las palabras del presidente Baamonde, el informe de gestión del director general Francisco González, la enumeración puntual del orden del día de la secretaria María Luisa Trinidad. Y en el patio de butacas, entre otros centinelas del Consejo y directivos, Manuel Yebra, José Luis Heredia, Antonio Pérez Lao, Bartolomé Viúdez, José Antonio Santorromán.



Hacía viento en la calle, mucho viento, aunque allí abajo ni se percibía, como no se percibía el ruido de la hormigonera de las obras del Mercadona, ni el fragor de la circulación mañanera. Allí, lo único que se oía eran las palabras de González y Baamonde dando cuenta de los resultados del análisis de sangre de la cooperativa y de la necesidad, en estos tiempos inciertos, de ser más que nunca más hormiga que cigarra; allí, lo único que se oía era la guitarra española de Andrés Cantú -inventada por un almeriense de La Cañada- a la espera de que votaran los socios compromisarios a través de un click cibernético.



 

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