La tienda de Juan y Jaly en Alcalde Muñoz se despide tras 40 años

El Desván, junto a los muros de San Sebastián, baja la persiana por jubilación

Juan Muñoz Martínez, con una foto de la primera tienda, acaba de cumplir 65 años.
Juan Muñoz Martínez, con una foto de la primera tienda, acaba de cumplir 65 años.

Ha durado lo que duró una Dictadura, lo que dura ya una estable Democracia: 40 años largos. Cuatro décadas alimentando de bullicio la calle Alcalde Muñoz, muy cerca de los muros clericales  de San Sebastián, con una fiel clientela de clase media que se ha hecho mayor como ellos.


El Desván nació del sueño de dos chavales -Juan  y Jaly, uno, de los pisos del Apolo B, otra, de la calle Jovellanos frente a Las Claras- que empezaron a noviar en el instituto, entre clase y clase, entre recreo y recreo, y que han edificado una familia de tres hijos quienes no quieren continuar con el negocio. “Nos han ayudado mucho, pero ahora ellos tienen su propias metas”, admite Juan con resignación, como el torero que tiene un hijo que no quiere ser torero. Una señora -clienta de toda la vida, como casi todas las clientas- pregunta por el precio de una mesita -¿En cuanto se quedaría, Juan? Y el tendero le contesta -Marca 45, pero para tí 30, mientras suena de música de ambiente una canción de Amaral, que no lleva 40 años como Juan pero seguro que 20 sí.


El Desván ha sido este tiempo el templo de los cachivaches un paraíso de miniaturas, un bosque de gnomos animado por lamparitas mágicas, relojes de pared, porcelanas chinas, paragüeros en la ciudad donde nunca llueve o llueve demasiado,  figuritas de loza, espejos hindúes y hasta belenes ortodoxos. Toda esa jungla de adornos banales dejará de lucir en muy poco tiempo, en cuanto Juan adquiera el rango de jubilado y se dedique a hacer el bien. “Es lo que quiero hacer, yo conozco a media Almería de repartir muebles y he visto la necesidad que hay, mucha miseria de los antiguos Cines Imperial hacia arriba”, argumenta.  Por eso quiere ayudar, dice convencido, a los que vienen de fuera a abrirse paso, a gente que no tiene formación ni para rellenar unos papeles para pedir una ayuda. “Yo me he criado en el Diocesano- sabe usted- y tengo esa vena humanista, quizá coja un ordenador portátil y me vaya a la Plaza Moscú a arreglarle los trámites a los que lo necesiten”. No parece bromear este 'futuro gestor ambulante de los desheredados’ que durante cuarenta años ha sido un acreditado comerciante frente a la sede de Cáritas y el Comedor de la Milagrosa. “Es que me he desayunado todas las mañanas viendo la miseria que hay”.



Juan y Jaly empezaron jóvenes, con 17 años, haciendo muñequitos de barro pintados, como los de miga de pan de la canción de Sabina, que vendían por Navidad en una mesa plegable de playa junto a Simago y Marín Rosa. Era una ayuda para pagarse los estudios de maestro él y de enfermera ella. Acabaron sus carreras. Ella aprobó unas oposiciones en la Bola Azul y él, que daba clases particulares, lo destinaron a Jerez de la Frontera. Demasiados kilómetros, para las ganas que tenían de casarse y poder dormir juntos. Y decidieron apostar por el comercio: abrieron en 1980, en el edificio de Guillermo Langle de Alcalde Muñoz, una pequeña tienda que era de Paquita Navarro Moner, para vender todos esos muñequitos de artesanía, y después se mudaron a un local más grande.



Juan y Jaly, en los años 70, vendiendo bisutería junto a Marín Rosa.
Juan y Jaly, en los años 70, vendiendo bisutería junto a Marín Rosa.





Llegaron los niños y Jaly se pidió una excedencia. Y siguieron creciendo, abriendo también en Roquetas y El Ejido y dos locales en Playa de Aro y Palamós, en Cataluña. "Pasamos en muy poco tiempo de la artesanía al capitalismo feroz y a viajar por ferias de Madrid y Barcelona a por género", recuerda Juan. Su padre -Juan también como él y antiguo calderero de Talleres Oliveros- les ayudaba mucho con préstamos de 10.000 pesetas cuando hacía falta más mercancía, más madera para esa pequeña máquina comercial que empezaba a ser El Desván con cinco establecimientos abiertos y veinte empleados en plantilla. 


Después la crisis primera del 93 les hizo retroceder y después aún más la del ladrillo. También penaron cuando empezaron los centros comerciales, la moda de los chinos y últimamente los tres animales: el tigre (Tiger) en la Plaza Circular; la vaca (Alehoop) en la Puerta Purchena; y el burro (No seas) en la Plaza de Manuel Pérez García. "Estuvimos pensando en convertirnos en franquicia y expandirnos por toda España, pero no teníamos la formación financiera necesaria", reconoce Juan, quien aún atesora dicción de maestro de escuela junto a ese mostrador que prefirió antes que el pupitre.


Ahora lo que quieren los dos es escapar, como cuando tenían 17 años y pintaban muñequitos, después de cuatro décadas de trabajo honrado y sin atajos. Les gustaría traspasar el negocio a sus empleados, sobre todo a Carmen Rodríguez Cruz, que suma a su lado 33 años de común biografía. Pero no lo ven claro. Están esos tres animales de tres franquicias internacionales que son  duros huesos de roer para el comercio tradicional. "Cerrar vamos a cerrar y si tenemos que vender el género en el Wallapop, pues lo venderemos", sentencia Jaly, adelantándose por si acaso a su marido.

 

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