En casa - Día 11

“Me planto ante el televisor y me sumo al aplauso de los que aplauden en España”

Aplausos, símbolo de la resistencia al coronavirus.
Aplausos, símbolo de la resistencia al coronavirus. Pixabay

Tengo las palmas de las manos en carne viva. A las ocho de la tarde/noche me asomo a la ventana. Los vecinos nos hemos picado a ver quién y cuánto aplaude más. Igual un día de estos nos da por aguantar hasta la madrugada. A mí, qué quiere que le diga, me da un ahogo tremendo, un sofoco emocional de tres pares de narices por emplear una medida asequible al común de los mortales. Luego me planto ante el televisor y me sumo al aplauso de los que aplauden en los distintos lugares de España. Es como recibir un chute de fraternidad tal vez semejante al de las cuadrillas de costaleros que portan un trono en Semana Santa. Bajo las trabajaderas el sentimiento es uno e irrepetible hasta en los momentos de flaqueo, en un santiamén se escucha a un compañero “vamos arriba con ella que llevas lo más grade en tu cuello", y de lo que te entra ya no piensas en el dolor.


Algunos de mis mejores amigos son médicos. Y no sólo ellos, todos los profesionales sanitarios tienen tal grandeza que les cabe hasta la modestia. No me permiten que narre sus desventuras, sus desalientos, sus alegrías, su saber que posiblemente se contagien del virus. Para estos costaleros que llevan en sus hombros el Paso del Calvario, que calzan alpargatas, que con bolsas de basura enrollan su costal, para ellos, digo, la procesión va por dentro. Sin embargo, al hablar telefónicamente con algún amigo médico, además de percibir en la tonalidad de la voz el cansancio físico, el agotamiento, el acabar el día o la noche hecho trizas, también es apreciable la voluntad de entregar lo mejor de sí mismo y la pesadumbre de no poder hacer más. Por eso, por mucho más que eso, aquí van mis aplausos onomatopéyicos: plas, plas, plas.


De entre de los muchos mensajes, correos, llamadas, que afortunadamente recibo, uno de ellos dice: “Tengo la rara sensación de que el futuro ha desaparecido de pronto”. Lo he tenido que leer varias veces. ¿Será posible que no haya futuro? Yo, en fin, sí creo que habrá futuro en cuanto pase el nubarrón de la pandemia. En lo que sí coincido es que ha desaparecido ese futuro que cada uno de nosotros teníamos en mente, al menos esta es la lectura que le doy, así, a bote pronto. Sin duda el futuro próximo será radicalmente distinto en hábitos, conductas, habilidades, economía, vida social, relaciones familiares, valores, todo o casi todo lo que hasta hoy era moneda corriente. Tenemos que ir haciéndonos a esta idea, que no nos coja desprevenidos como a otros les ha pillado en pijama esta crisis, sin ánimo de señalar.


Escucho llantos de bebé. Supongo que el lloro es por hambre. El llanto es, también, señal de que hay humanidad ahí afuera. La tentación es salir a saciar la curiosidad de dónde proviene la llantina. Tengo que contenerme porque, yo, sin dudarlo, me quedo en casa.


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