Inciertos destinos del amor

Viaja noviembre como diciembre. Dicen otoño y es crudo invierno. Los campos amanecen cuan espejos de escarcha  que rompe el tímido sol de media mañana. Los viejos sueñan morirse en paz con la boca abierta a ese sol que hasta hace unos días calentaba las últimas hojas de su calendario, que como noviembre viajan a velocidad de vértigo. La vertiginosidad que invade nuestra existencia cuando nos sabemos finitos y las dudas acuden cuan moscas al panal de nuestro bagaje y de nuestro equipaje, por ligero que éste sea. Esas dudas que cuestionan nuestro mañana y nuestra heredad, unos interrogantes a los que sólo cuando no pisemos la hierba, alguien, tal vez desconocido, dará cumplida respuesta. Casos haberlos, tantos como mortales.


Una de esas mortales, hija de familia renombrada del titular de un prestigioso bufete de nuestra provincia, ejerció como tal hace varios meses. Murió de muerte natural. Su ausencia ha dejado, además de un considerable caudal hereditario, una personal historia con un romance entrañable que, tal vez, donde ahora se encuentre, pueda perpetuar como epílogo eterno de su amorosa existencia, que también ha regalado pasajes ejemplarizantes de  valores y cualidades humanos. Dos jóvenes hermanas integraban la progenie de la conocida casa familiar, ubicada en el corazón urbano de nuestra capital, donde el padre dirigió durante muchas décadas su reputado despacho de abogados, que pese a la penuria y dificultades de la posguerra mantenía tan ferviente actividad que le proporcionó no poca fama, incluso más allá de los límites territoriales de la provincia.


 En aquella Almería de claroscuros, la mayor de las hermanas entabló relaciones, entonces bautizadas de formales, con un joven estudiante de Derecho, hijo de un letrado local, aunque con menos renombre que el padre de su novia en ciernes. La moza se sentía feliz por haber encontrado al príncipe que tantas noches había buscado oculta tras los visillos: el hombre fuerte y joven que noche a noche había forjado en su mente para ser su señor. A él le había sucedido tres cuartos de lo mismo. El noviazgo era objeto de envidia que murmuraban las comadres de la ciudad en los círculos sociales. Relación tan acertada no podría quedar huérfana de algún pero. La petición de mano –suspendida en una primera ocasión- descubrió el rechazo del padre de la muchacha hacia su pretendiente, por considerarlo persona de escasa valía para su hija, circunstancia que hizo saber, a través de una nota, a su colega y futuro consuegro . El amor de la pareja superó aquella adversidad; con la mediación de la madre de la novia se pudo celebrar la petición de mano al uso, en la que el ilusionado novio regaló a su pareja un anillo labrado en oro y platino, con  diamante y zafiro, obsequio que, por cierto, no contó con los merecidos halagos de semejante joya. El  posterior enlace tampoco gozó del boato que en aquella época hubiera correspondido a tan distinguida familia. La nueva pareja compartió casa anexa a la del ilustre letrado, quien empleó a su yerno en el despacho como “chico para todo”. La nueva pareja tuvo cuatro hijos y se hizo acompañar de la “tata” que había atendido la casa del afamado jurista. Las frías relaciones laborales en el bufete y el bodorrio que brindaron a la segunda hija del letrado abrieron los ojos del amor propio al dócil “chico de los recados”, quien, tras superar unas oposiciones de auxiliar de Justicia, se instaló junto a su familia en otra casa alejada de la de los suegros y reinició una nueva vida con su fiel compañera. Sus cuatro hijos lograron unas buenas profesiones. Seis años atrás falleció su padre, el enamorado auxiliar judicial, y hace medio año, ya muy mayor, su esposa siguió los mismos pasos y quedó cautiva en el cementerio.


Los cuatro hijos, herederos de tan enamorada y desaparecida pareja, se reunieron a primeros de este mes para formalizar los trámites hereditarios. De mutuo acuerdo conformaron cuatro lotes de bienes personales y se los adjudicaron. El descuido y cierta falta de interés dejaron fuera de dichos lotes el añejo anillo de petición de mano que el padre había regalado a la madre. Los herederos acordaron entregarlo a la hija de la “tata” que los había criado, quien tras agradecer el gesto acudió la pasada semana a una conocida y céntrica joyería para que se lo adaptasen a la medida de sus dedos. El joyero quedó sorprendido por el inmenso valor de tan exclusiva pieza. Tras conocer su recorrido en boca de la nueva propietaria, no dudó en exclamar: “!Mucho debía querer el pretendiente a su novia, pues se tuvo que gastar en aquellos años una auténtica fortuna para  adquirir tan valiosa joya!”. El noble auxiliar de justicia, donde quiera que esté, ya puede saber quién dispone del anillo de oro que ha puesto fin al diario de esta entrañable historia de amor.  



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