La Casa de Socorro y su ambulancia

En los años 50 la ciudad contaba con dos coches ambulancia, el municipal y el de la Diputación

El coche ambulancia municipal que trasladaba a los pacientes a la Casa de Socorro, cuando se guardaba en las cocheras de los bomberos del Centimillo.
El coche ambulancia municipal que trasladaba a los pacientes a la Casa de Socorro, cuando se guardaba en las cocheras de los bomberos del Centimillo.
Eduardo de Vicente
09:00 • 05 oct. 2022

A comienzos de los años 50 Almería disponía de dos coches ambulancia, el municipal que prestaba servicio en la Casa de Socorro y el de la Diputación, que trabajaba para el Hospital. 



Cuando los niños veían aparecer el coche de la ambulancia dejaban todo lo que tuvieran entre manos y echaban a correr detrás. La presencia de la ambulancia en un barrio alborotaba el pulso tranquilo de la vida cotidiana, anunciando a los vecinos que algo había pasado.



Llegaba la ambulancia y detrás un batallón de niños y detrás los vecinos curiosos que querían enterarse dónde había sido el accidente o quién se había puesto malo, por lo que la recogida de un herido o el traslado de un enfermo a veces se convertía en un espectáculo público comparable al que se organizaba cada vez que actuaba el coche de los bomberos. La sirena de la ambulancia y la sirena de los bomberos movilizaba a toda la vecindad.



Solía ocurrir con frecuencia, como casi nadie tenía teléfono en las casas, que era más rentable trasladar a la víctima andando al centro sanitario que darle aviso a la ambulancia y esperar después a que llegara. En mi barrio, cuando saltaba una emergencia, eran los propios familiares y los vecinos los que llevaban al enfermo al Hospital Provincial improvisando una camilla o en un carrillo de ruedas. 



Cuando los niños caíamos heridos en alguna riña callejera y necesitábamos que nos  curaran las heridas, preferíamos que nos llevaran a la Casa de Socorro, porque sus practicantes tenían mejor fama y hacían menos daño a la hora de coser los puntos.



Aquella Casa de Socorro Municipal de la calle Alcalde Muñoz había sido inaugurada el uno de abril de 1950, siendo alcalde don Emilio Pérez Manzuco y teniente de alcalde y presidente de la Comisión de Beneficencia el doctor Palanca Lachica. En sus inicios, el centro con una sala para la asistencia de enfermos y heridos, un equipo de radioterapia profunda y rayos X, quirófano y sala de esterilización. 



Al frente del equipo quirúrgico estaba el doctor don Domingo Artés Guirado, que había conseguido la plaza por oposición. Tenía su consulta particular y además ostentaba el cargo de cirujano jefe de la Plaza de Toros. La vida profesional del doctor Artés fue intensa. Su jornada empezaba a las nueve de la mañana en el sanatorio particular que había abierto en 1949 en el Malecón de la Salle; también pasaba consulta en el ‘18 de julio’ como cirujano general y por las tardes hacía las guardias en la Casa de Socorro. Era un enamorado de la profesión, tanto que en una vitrina de su despacho guardaba en un frasco con alcohol trozos de colón, vesículas llenas de cálculos, apéndices extirpados en pleno ataque agudo y trozos de estómago. 



También formaron parte de la vida del sanatorio los médicos: Juan López Jiménez, Ángel Garrido, Antonio López Carretero, Antonio Langle Rubio, Modesto Pelayo Galindo, Antonio Martín Casas, Félix Sánchez Pérez y José García Capilla, entre otros. Por allí pasaron también practicantes relevantes de la ciudad como Gabriel Bonilla, Márquez, Pepe Flores, Pepe Gil, Enrique Asensi, Enrique Verdejo, José  Bretones, Jesús Montesinos, Guerrero y Pedro Caparrós. 


La Casa de Socorro de la calle Alcalde Muñoz se convirtió, junto al Hospital Provincial, en el lugar por donde pasaron todas las urgencias de la ciudad durante más de treinta años. Estaba abierto las veinticuatro horas, organizado en cuatro turnos, de tres horas durante el día, y uno de doce horas a lo largo de la noche. 


Una escena que se repitió durante décadas, fue la del equipo de guardia de la Casa de Socorro sentado en sillones de mimbre en la puerta del centro, esperando a que llegara una urgencia, apurando la cena informal que le llevaban del bar el Disloque, un templo del tapeo que estaba situado en la calle González Garbín


Solía ocurrir que cuando más tranquilos estaban, en mitad de la comida o de la tertulia, aparecía un enfermo para amargarles el postre.



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