Aquellos días de faena en el muelle

En los años 60 bajó la exportación de uva, pero el puerto seguía llenándose de vida

Los barriles se amontonaban en los tinglados del puerto.
Los barriles se amontonaban en los tinglados del puerto. La Voz
Eduardo de Vicente
20:29 • 26 sept. 2022

Los días empezaban antes de que amaneciera cuando llegaba la campaña uvera. La vida del puerto se regía por el reloj de los negocios y las prisas. Los barcos que venían del extranjero traían el tiempo medido y había que emplear esa puntualidad británica que en aquellas semanas era la que imponía las reglas.


Los días empezaban de madrugada no solo para los trabajadores de la faena sino también para los negocios que se beneficiaban de toda aquella actividad desenfrenada que todos los años, antes de que terminara el verano, rompía la rutina de una ciudad marcada por el paro obrero. Antes de las cinco de la mañana ya estaban abiertos los bares del último tramo de la calle Real y los antros del Parque y de la Carretera de Málaga, donde los barrileros y los cargadores se despertaban con café caliente, coñac y una copa de anís, mientras apuraban el primer cigarrillo de la jornada. 


Esta liturgia de madrugadas y de trabajo en el puerto cargando la uva que se exportaba al extranjero mantuvo casi todos sus patrones hasta los años sesenta. A pesar de que el negocio había perdido fuerza, la campaña uvera animaba el puerto cada mes de septiembre, con su bullicio rutinario. Llegaban los barcos extranjeros y los marineros para cambiar el pulso de la ciudad durante unas semanas y darle vida a las tabernas de los alrededores. 



Cada mañana, antes de que el sol empezara a dar señales de vida, el muelle parecía una feria. Allí estaban los consignatarios velando por el negocio; los exportadores con traje y corbata que hacían las últimas cuentas; los cargadores y los que repasaban cada barril antes de ser embarcado; los guardas del muelle que vigilaban las veinticuatro horas del días para que todo estuviera en orden debajo de los tinglados y los niños que acudían a mirar y de paso, a ver si podían pillar algo. Siempre se quedaba en tierra algún barril que estaba defectuoso, cuya mercancía acababa repartiéndose entre los trabajadores o en manos de los niños merodeadores. Un buen racimo era un premio, aunque no podía compararse con un encendedor o con un paquete de tabaco de los que traían los tripulantes de los barcos.


En 1962 ya empezó a notarse un importante bajón en la actividad. Se exportaron doscientos mil barriles menos que el año anterior y el número de obreros empleados descendió considerablemente. Ya se había desatado el fenómeno de la emigración a Francia, Alemania y Cataluña y cada vez era más complicado encontrar en Almería a jóvenes dispuestos a dejarse las espaldas en el muelle, un mal endémico de los antiguos estibadores.



Ser estibador no estaba al alcance de cualquiera. Los estibadores eran tipos duros, como los cargadores de la alhóndiga, forjados en las madrugadas del puerto, cuando había que trabajar doce horas seguidas para poder llevarse un sueldo a casa. Formaron parte de la vida obrera de la ciudad dejando en la historia páginas de lucha cuando junto a los trabajadores portuarios batallaban por tener unas condiciones más dignas de trabajo. 


Este carácter reivindicativo de los portuarios se puso de manifiesto especialmente en los años de la República, coincidiendo con una época de mayor libertad de expresión. En 1931, un año difícil para nuestro puerto al tener cerradas las exportaciones el mercado de Norteamérica por culpa de la mosca mediterránea, se vivieron días de gran tensión que paralizó la actividad frutera. Tras los años de la Guerra Civil el puerto se quedó sin vida. Los primeros años de la posguerra estuvieron marcados por la escasa actividad que afectó al gremio de estibadores.



Fue en los años cincuenta cuando el puerto empezó a recobrar parte de la actividad que tenía. En un mes, un  estibador podía ganar para vivir medio año a cambio de trabajar sin descanso; muchos se echaban a dormir debajo de los tinglados porque no tenían tiempo de volver a sus casas. El entorno portuario era su nido, su dormitorio, su cuarto de baño y su comedor en aquellos eternos días de intenso trabajo.



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