Los peligrosos caminos de las ramblas

Almería mantuvo siempre una historia de amor y odio con sus ramblas

Niños al frente de una caravana de carros.
Niños al frente de una caravana de carros. La Voz
Eduardo de Vicente
20:07 • 11 sept. 2022

Todos hemos jugado de niños en la Rambla y todos hemos pasado algún domingo que otro tirados por las ramblas de Tabernas jugando a la pelota mientras se terminaba de hacer la paella. Existen algunas palabras que utilizábamos mucho los niños de Almería en nuestros juegos callejeros que ponen de manifiesto la influencia del medio físico en el que crecimos, tan marcado por la presencia de las ramblas. Hablábamos de ramblaje cuando jugando al fútbol alguien se pasaba dándole una patada al contrario; hablábamos de ramblero para definir al que estaba todo el día tirado en la calle sin oficio ni beneficio, y utilizábamos el verbo arramblar cuando queríamos decir que había que llevarse todo por delante. 


Para entender mejor Almería había que imaginársela ligera de equipaje, en su esqueleto, antes de que fuera ciudad, cuando solo existían las estribaciones de la Sierra de Gádor y las vertientes que bajaban por los cauces naturales buscando el desahogo del mar. La presencia de las ramblas llenaba de hostilidades un territorio de gran valor estratégico por su situación en el Mediterráneo, quizá ese fuera uno de los motivos por los que la civilización musulmana se asentó antes en el valle del Andarax que en el escenario donde hoy se encuentra la capital. 


La ciudad se halla enclavada al extremo Sureste de la Sierra de Gádor y a la orilla del mar. En esencia, el núcleo urbano se asienta sobre un entramado de pendientes que se derraman hacia el sur. Las vertientes de las estribaciones que la rodean por la parte norte y por el oeste afluyen todas sobre su casco de población, formando una red de cuatro ramblas principales que a lo largo de la historia han marcado la vida de la ciudad: la rambla de Alfareros, la rambla de Belén, la rambla de Amatisteros y la rambla de Iniesta. Todas, reunidas, han protagonizado episodios trágicos de nuestra historia dando lugar a grandes inundaciones que en el siglo diecinueve asolaron la ciudad y se llevaron por delante para siempre un barrio entero como era el de San José. 



De todas estas ramblas, fue la de Alfareros la que más destrozos causó en el casco urbano, pues recorría un trayecto de mil doscientos metros a través de calles estrechas y tortuosas, con bruscos cambios de rasante del cuatro al dos por ciento bajando, lo que facilitaba la formación de grandes depósitos de sedimentos que las aguas iban dejando a su paso. 


A estas cuatro ramblas principales que fueron la pesadilla de Almería hasta su encauzamiento definitivo, se sumaban otras dos que tuvieron menos presencia en la vida de la ciudad: la rambla de la Chanca y la rambla de Gormán. La primera también protagonizó episodios trágicos, el último a comienzos de los años setenta cuando se llevó por delante a personas y coches que acabaron en el mar. La segunda, la rambla de Gormán, la actual calle de la Reina. 



Las ramblas, una amenaza continua para los almerienses de siglos pasados, fueron también los caminos principales  que nos unían con los pueblos de la provincia cuando no teníamos una sola carretera decente. Hacia 1878, Almería carecía todavía de casi por completo de vías de comunicación y la capital y los pueblos padecían esta falta de comunicaciones que frenaban su crecimiento. Las obras del camino que iba a unir Almería con Granada estaban paralizadas y para llegar a la ciudad vecina se empleaban tres días con sus noches en recorrer las veinticuatro leguas que las separaban. Los viajes se hacían entonces en pesadas galeras tiradas por caballos que en la época de lluvias se quedaban atascadas con frecuencia en el fango, lo que obligaba a sus conductores a pedir auxilio en los pueblos cercanos para poder sacar los carruajes con la fuerza de las parejas de bueyes. 


Durante largos tramos de camino, quizá leguas enteras, los viajeros tenían que atravesar los lechos de las ramblas por encontrarse éstos en mejores condiciones que lo que en aquel tiempo llamaban caminos. Por las ramblas se hacía también el transporte de la uva desde los pueblos hasta el puerto de la capital y el mineral, antes de que el ferrocarril llegara a nuestra tierra.





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