Los obreros del Chorro y los cortes de luz

Los operarios se jugaban la vida subidos en los postes en los años duros de las restricciones

Cuadrilla de Joaquín Asensio, del Chorro, actuando en un poste de luz cuando subían los cerros con caballerías.
Cuadrilla de Joaquín Asensio, del Chorro, actuando en un poste de luz cuando subían los cerros con caballerías.
Eduardo de Vicente 09:00 • 28 jul. 2022

En 1944, en plena posguerra, en un tiempo de fuertes restricciones eléctricas, la empresa Hidroeléctrica del Chorro, asentada en Málaga, absorbió mediante compra a Fuerzas Motrices del Valle de Lecrín, que desde el año 1924 se había encargado de la electricidad en Almería.


La sociedad del Chorro llegó en una época de grandes complicaciones. Durante la guerra civil se había destruido una gran cantidad de líneas y de redes de distribución, un problema al que hubo que sumar la pertinaz sequía de aquellos años. Las deficiencias de las instalaciones y de los medios de producción trajeron fuertes restricciones que tuvo que padecer la población a lo largo de una década.


Para paliar el déficit de energía, el Gobierno de la nación decidió encargar al Instituto Nacional de Industria la compra de diez unidades de emergencia para producir electricidad en Almería. Fueron adquiridas a una fábrica de Manchester que las había construido para la guerra mundial. 



En estas condiciones tan precarias se desarrollaron los primeros años de Hidroeléctrica del Chorro en Almería. La empresa contaba con un importante equipo de operarios que se convirtieron en auténticos héroes de su tiempo llevando la electricidad hasta los rincones más olvidados de la provincia, donde nunca habían visto el milagro de una bombilla. Las cuadrillas del Chorro subían cerros y atravesaban barrancos a lomos de mulas, a veces jugándose la vida cada vez que tenían que trepar por los postes sujetos por clavos. Había temporadas de tanto trabajo que se pasaban tres o cuatro meses fuera de sus casas y había inviernos en los que el turno de noche tenía que estar en alerta continuamente por si una racha de viento o por si la caída de un rayo dejaban sin luz a media ciudad. Eran años difíciles, de fuertes restricciones, cuando cortaban el fluido eléctrico por decreto y se pasaban los días enteros entre tinieblas, cuando quedaba suprimido el alumbrado público variable y a los dueños de tiendas, cafés y bares se les prohibía el alumbrado de los escaparates. Cuando a las seis de la tarde se hacía de noche, impresionaba pasar por la calle de las Tiendas y por el Paseo y encontrarse con todos los negocios a oscuras, sin más luz que la de las escasas llamas que proyectaban las velas y la de las escuálidas bombillas que alumbraban los mostradores cuando se levantaba la veda. 


La electricidad desaparecía de la vida de los almerienses desde las siete de la mañana hasta las seis de la tarde, un corte que se establecía por distritos para no perjudicar a la vez a toda la población. Los lunes se suprimía el servicio en las líneas que partían de la subestación de Huércal Overa. Los martes, el corte afectaba a todos los abonados de la línea que partía de la subestación de Santa Fe de Mondújar hasta Huércal Overa y Vera, alcanzando también a los municipios de Sorbas y los Gallardos. Los miércoles se quedaban sin fluido la línea que iba de la subestación de Santa Fe de Mondújar a la Partala y la que llegaba desde la Mezquita a la central de Almería. Los jueves se quedaban a oscuras los barrios de la circunvalación de la capital, los viernes la zona de Alhama, Ohanes y Balanegra y los sábados Níjar y todo el sector de la vega de Almería.



En la capital había dos días críticos en los que había que sobrevivir con las velas. Los miércoles se cortaba la luz para los abonados de la zona de la Carretera de Ronda, Barrio Alto, Estación, Rambla Obispo Orberá y Almadrabillas, mientras que los jueves los cortes afectaban al resto de la ciudad. Oficialmente, el apagón era hasta las seis de la tarde, pero solía ocurrir con frecuencia que la luz no llegaba en toda la noche porque la lluvia seguía sin aparecer y había que ahorrar la poca energía que se generaba. 


Las restricciones obligaban a los gobernadores civiles a tomar medidas impopulares cuando disminuía el caudal de los pantanos y la fuerza de los saltos de agua.





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