Las sufridoras de la fiesta de la banderita

En los años 50 costaba mucho sacrificio recaudar dinero con las huchas de la Cruz Roja

Una de las mesas que se instalaban en el Paseo cuando llegaba el día de la fiesta de la banderita.
Una de las mesas que se instalaban en el Paseo cuando llegaba el día de la fiesta de la banderita. La Voz
Eduardo de Vicente 20:20 • 26 jul. 2022

Había quien veía aparecer una hucha por el Paseo y se cambiaba de acera. En una ciudad donde históricamente se ha pedido mucho, donde ha abundado la mendicidad callejera hasta ser perseguida duramente por la autoridad, pedir, aunque fuera por motivos humanitarios, nunca estuvo bien visto.


Cuando en la feria de 1947 la Cruz Roja celebró su fiesta de la banderita y colocó en el centro de la ciudad varias mesas petitorias presididas por distinguidas damas de nuestra sociedad, la respuesta de los vecinos fue tan pobre que lo recaudado no llegó ni para pagarle un almuerzo a las voluntarias.


A pesar del desinterés de la población, en cierta medida justificado por la pobreza en la que vivía un importante sector de la sociedad almeriense, la Cruz Roja siguió insistiendo y en los años cincuenta trató de darle mayor realce a su campaña reforzando la fiesta de la banderita con un baile en el Casino para que lo más granado de la burguesía local, asidua a este tipo de celebraciones, no pudiera negarse a rascarse el bolsillo en la puerta de entrada.



En 1951 hubo un repunte en la recaudación y se consiguieron más de dieciséis mil pesetas, que se destinaron íntegramente a las obras del nuevo sanatorio que la Cruz Roja estaba ejecutando en una esquina de la Carretera de Ronda.


En 1952 el llamamiento benéfico no funcionó y la cantidad recaudada en el día de la banderita no alcanzó ni las dos mil pesetas. Fue un duro golpe para los organizadores, que para intentar crecer habían recurrido a la figura de José Manuel Gómez Angulo, en aquellos años el médico más conocido de la ciudad y un personaje de gran carisma. 



Almería no estaba para que la gente se volcara en las huchas. La mayoría de la población sobrevivía con esfuerzo y no le sobraba una peseta a final de mes aunque fuera para emplearla en un fin tan noble como la beneficencia. El panorama fue cambiando y en los años sesenta, cuando la situación económica mejoró, cuando la clase media empezó a ser mayoría, las cuestaciones de la Cruz Roja empezaron a tener ese carácter festivo que les permitió adquirir una gran popularidad y llenarse de prestigio. 


A los niños nos gustaba mucho echar una peseta en la hucha para que una honorable señorita nos pusiera en el pecho aquella pegatina con la cruz roja que paseábamos por las calles con orgullo. La prensa se volcaba con la fiesta de la banderita en aquellos años y al día siguiente publicaba fotografías donde se podían ver a las que entonces llamaban damas de la buena sociedad presidiendo la mesa central que casi siempre se colocaba en el Paseo.



La campaña promovida a favor de la Cruz Roja no era la única que se organizaba en la ciudad para recaudar fondos.Desde 1949 la Iglesia había puesto en marcha una gran maniobra propagandística con el nombre ‘Domund del Año Santo’. Aquí se le llamó la campaña del sobre porque en las puertas de las iglesias, en los trabajos, en los comercios, se llevó a rajatabla el eslogan ‘un sobre para cada católico’ con el fin de conseguir una recaudación digna. 


Desde entonces, el Domund formó parte de nuestros actos sociales y llegó a instalarse hasta en las escuelas, cuando la maestra ponía sobre la mesa un manojo de huchas amarillas con la tapadera azul, lacradas con un sello de plomo, para sortearlas entre los alumnos y que saliéramos a pedir. Si te tocaba una hucha lo celebrabas como si fuera el premio gordo porque significaba una mañana de libertad, unas cuantas horas de ‘callejeo’ fuera de las aulas. 


Salir a la calle en horas de colegio era una de las mayores recompensas que podíamos recibir los que estábamos hartos de colegio diez minutos después de haber empezado las clases. Salir a la calle un miércoles a las diez de la mañana era rescatar un trozo del día que se nos negaba, profanar el horario y la rutina de la escuela con permiso de la autoridad, con la noble intención de conseguir fondos para que los benditos niños de África dejaran de pasar hambre.


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