La ilusión de una pelota de la tómbola

Que te tocara un premio en la tómbola te hacía protagonista en tu barrio

Un niño con un balón de la tómbola.
Un niño con un balón de la tómbola. La Voz
Eduardo de Vicente 20:30 • 24 jul. 2022

Triunfar en la feria era que te tocara algún premio en la tómbola. Hubo un tiempo en que tiraban la casa por la ventana y rifaban hasta coches, aquellos ‘seíllas’ que aparecían como grandes tesoros envueltos en papel de regalo. Todos soñamos alguna vez con llevarnos el Seat 600 a nuestra casa, aunque siempre acabábamos conformándonos con poco y bastaba con que nos tocara una pelota para ser felices.


La noche en la que el confitero de la Almedina bajaba por la calle Arráez con una batería de cocina envuelta en el cuello como si fuera una ristra de chorizos, una muñeca de plástico debajo del brazo y una pelota de goma en la mano, los niños del barrio salieron a recibirlo como si acabara de llegar el Rey Gaspar. Parecía un héroe rodeado de chiquillos que lo aclamaban por haber sido agraciado con varios premios de la tómbola. ¿Qué pasa?, preguntaban los vecinos. ¿Por qué tanto alboroto? “Es Guillermo el confitero, que le ha tocado media tómbola”, dijo una vecina.


Allí iba el confitero, feliz como un niño, cargado de cazuelas y de regalos. En aquellos años, que te tocara cualquier cosa era celebrado como un milagro. Si te llevabas el álbum de estampas que rifaba el maestro en la escuela eras envidiado por toda la clase y lo mismo sucedía si el destino te guiñaba un ojo en una humilde tómbola de la feria. Que te tocara un premio te hacía protagonista en tu barrio, al menos por un día, y la noticia corría como la pólvora de calle en calle, como si en vez de haber sido agraciado con un correaje de pistolero o con un balón te hubiera tocado el Gordo de la lotería.



Era otra época y una simple pelota era suficiente para llenarte de ilusión. El verdadero valor de una pelota solo lo conocían los niños. Las madres soñaban con la batería de cocina, los padres con el Seat 600, las niñas con la muñeca de moda y los niños con aquel inmenso balón de goma que todas las ferias nos traía la tómbola. Más que una pelota parecía la bola del mundo. Hacía más bulto que nosotros y cuando la abrazábamos junto al pecho solo se veía la pelota. Aquella majestuosa pelota de goma no servía para jugar al fútbol por sus dimensiones, pero la recibíamos con devoción porque veníamos de la nada que representaba darle patadas a una bola de trapo o de papel en el patio del colegio a la hora del recreo. 


Sí, fuimos muchos los que jugábamos con una bola de papel cuando no teníamos otra cosa. Tener una pelota de plástico, de las que acababan reducidas a la mínima expresión por el desgaste a la que estaba sometida, era un pequeño lujo al que solo podíamos aspirar en la noche de Reyes. El regalo estrella, el más solicitado en las cartas a sus majestades antes de que llegaran los Scalextric, fueron sin duda los balones y las muñecas. 



En cualquier calle de cualquier barrio en la que hubiera un niño jugando siempre había un balón. Lo importante era el juego y cuando no se podía disponer de una pelota más o menos reglamentaria, se utilizaba lo que estuviera más a mano. Se jugaba hasta con una de aquellas bolas que cogíamos de los futbolines, con las pelotas de tenis que vendían en Simago y sobre todo, con las pelotas de plástico y de goma que eran las más baratas y las que todo el mundo tenía. 


A comienzos de los setenta se puso de moda el balón de la marca Ariete, que se fabricó para ser eterno. Más que un balón era una roca. Para sacar un centro había que comerse antes un bocadillo de mortadela y para darle de cabeza había que cerrar bien  los ojos y rezar un Padre Nuestro o un Ave María.  Aquél que recibía un ‘taponazo’ con un balón Ariete dejaba el fútbol por unas semanas y se dedicaba a juegos más nobles como el parchís o la oca.



Los balones Ariete duraban toda la vida porque era imposible romperlos, más bien nos rompían ellos a nosotros, hasta que los dejábamos olvidados en el cuarto oscuro y regresábamos a las pelotas de plástico que eran mucho más amables. Después de los balones Ariete llegaron los balones de badana, que trataban de imitar a los de cuero, también conocidos como los balones de reglamento, o lo que es lo mismo, los de verdad, los que utilizaban los futbolistas profesionales.


Pensar en tener un balón de cuero de los que tenían su globo por dentro, de los que tenían su válvula y sus costuras, era un sueño casi inalcanzable para la mayoría de los niños de aquel tiempo. Íbamos a contemplarlos con auténtica devoción cuando por diciembre los exhibían en el escaparate del Palacio de los Deportes de la calle Rueda López, que era la tienda más importante del ramo que existía en la ciudad.


La mañana de Reyes en la que un niño de nuestra calle aparecía con un balón de reglamento entre los brazos se decretaba el estado de fiesta permanente. El dueño del balón pasaba directamente a ocupar el escalón de los personajes intocables, y todos, tarde o temprano, acabábamos haciéndole la pelota para que nos dejara jugar. Amábamos el balón de cuero, le dábamos grasa de caballo en las costuras para que no se rompiera nunca y cuando se quedaba vacío por dentro, corríamos a la gasolinera de Trino para darle viento. 


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