Las palabrotas nuestras de cada día

Si los tacos hubiera sido una asignatura los niños hubiéramos sacado matrícula de honor

Eduardo de Vicente 23:30 • 27 jun. 2022 / actualizado a las 23:34 • 27 jun. 2022

Manejábamos dos vocabularios con la misma soltura, uno cuando estábamos en familia y en la rigidez disciplinaria del colegio, y otro a la hora de salir solos a la calle, encontrarnos con los otros niños y tener la sensación de ser libres de verdad. La libertad desbocada podía ser peligrosa, sobre todo cuando se ejercía en el entorno de ‘las malas compañías’. 


Un niño sin freno, en medio de un arrabal, rodeado de otros niños de su edad corría el riesgo de atravesar con facilidad esa delgada línea que separaba a un travieso de un golfo. Éramos traviesos en las casas y en el colegio, pero en la calle podíamos permitirnos la licencia de ir más allá y disfrutar de ese territorio prohibido de la golfería. Lo más frecuente era que no pasáramos más allá de una aceptable picaresca, pero en casi todos los barrios conocimos a algún amigo de infancia que acabó transformándose en un delincuente cuando llegó la Transición y la libertad lo arrastró como una ola gigantesca. Manejábamos dos diccionarios, como si fueran dos idiomas distintos, uno en el entorno familiar y otro en la calle. El de la calle se nutría de expresiones vulgares y en una parte sustancial, de tacos, que entonces solíamos llamar palabrotas. 


Aprendíamos a decir palabrotas antes que a montar en bicicleta, antes de que la maestra nos enseñara a leer y a hacer las primeras cuentas. Las palabrotas llevaban impresas el perfume de lo prohibido y no tardaban en cautivarnos. Soltar una palabrota marcaba ese instante y a veces generaba un silencio lleno de tensión y otras desataba una tormenta si la palabrota derivaba en insulto.



Decir palabrotas te afianzaba en la pandilla, te daba carácter, te rodeaba de un halo de poder que te alejaba de la cursilería, que tanta mala fama tenía dentro del grupo. Si no decías palabrotas corrías el riesgo de parecer un cursi y en algunos casos de ser un cobarde. 


Las niñas solían transitar por otros senderos lingüísticos; al menos las que yo conocí, no necesitaban imponerse por la fuerza al resto y era rara la vez que recurrían a una palabrota. Sus juegos no eran tan violentos como los nuestros y cuando se enfadaban solían utilizar con frecuencia el adjetivo estúpido, que no hería demasiado, que venía a ser un insulto, pero de la señorita Pepis. 



La palabrota era un mecanismo de defensa y a la vez una agresión. Las utilizábamos tanto que era difícil que pronunciáramos una frase en la calle sin meter un taco de muletilla o un par de palabras malsonantes. Cuando fallábamos un gol solos delante del portero mirábamos al cielo con rabia y soltábamos aquello de “me cago en la puta”, que era una manera de descargar nuestra culpa sobre otro.


No todas las palabrotas tenían el mismo peso. Cada taco, cada expresión hiriente, llevaba sus galones y ocupaba un eslabón distinto dentro del escalafón. No era lo mismo decirle a un niño idiota que hijo de puta, la reacción era diferente.



Había palabrotas, frases que se usaban como insultos, que eran una auténtica declaración de guerra: hijo de puta, me cago en tus muertos, cabrón. Había insultos de grado medio: imbécil, atontao, mierdoso y también subnormal, que era un adjetivo que utilizábamos constantemente sin mala intención.

Había insultos cursis como bobo, cretino, majadero, lelo, que se podían volver en contra de quien los utilizaba porque en aquel contexto callejero y guerrero quedaban ridículos. También había insultos de cine: mentecato, botarate, necio, que los escuchábamos en las películas, pero que sonaban tan frágiles que nunca llegaban a incorporarse a nuestro vocabulario arrabalero.


La mayoría de las palabrotas que usábamos pasaban desapercibidas en medio del tumulto callejero, salvo cuando se producía una blasfemia en la Plaza de la Catedral. A comienzos de los años 70, medio barrio jugaba allí al fútbol, delante de la puerta principal, lo que provocaba grandes tumultos.  Don Juan López Martín, nuestro guardián espiritual, no soportaba escuchar constantemente “me cago en Dios, me cago en la Virgen”. Una tarde salió del templo tan fuera de sus casillas que con la sotana remangada grito al cielo: “Iros de aquí, fariseos, hijos de satanás”...


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