La rubia del escaparate de Apoita

Los jóvenes de los años 50 iban al Paseo a enamorarse del maniquí de la óptica

La rubia del escaparate era de cartón piedra, pero parecía una diva de verdad. A la derecha de la foto, José Bernal.
La rubia del escaparate era de cartón piedra, pero parecía una diva de verdad. A la derecha de la foto, José Bernal.
Eduardo de Vicente
21:00 • 23 jun. 2022

Aquella rubia parecía que acababa de aterrizar de París o de Hollywood. Los adolescentes de los años cincuenta, cuando pasaban delante de la tienda de Apoita, tenían que acercarse al escaparate para comprobar si aquella belleza era de cartón piedra o era de carne y hueso, como tantas veces habían imaginado. Estaba allí, quieta, mirando descarada a todo el que pasaba, con una sonrisa de dientes blancos y labios pintados como las grandes actrices que adoraba la juventud en las tardes de cine.


Era el maniquí de los carretes Rollfilm, la niña de la casa Apoita, con la que todo el que llegaba a revelar fotografías aprovechaba la última para posar al lado de aquella musa de cartón piedra que nunca te decía que no. Era el maniquí de don Agustín Apoita Echeverría, uno de los ópticos y relojeros más importantes de la ciudad en el siglo veinte. En su juventud trabajaba de viajante, llevando joyas y artículos de regalo de una ciudad a otra. En uno de los viajes que vino a Almería, conoció a Natalia Plaza Ortega, hija de un conocido empresario de calzado, se enamoró de ella y con ella se casó en la iglesia de San Pedro en marzo de 1923. 


El amor lo trajo a esta tierra y aquí se quedó para siempre. En los años treinta adquirió por traspaso la prestigiosa relojería Suiza que Daniel de Santos regentaba en el Paseo desde 1918, la modernizó y la convirtió en la más celebre de Almería. Tras el paréntesis de la guerra civil, en la que el señor Apoita llegó a estar encarcelado, la relojería fue un símbolo en la ciudad para todos aquellos que eran aficionados a la fotografía y compraban allí sus carretes y para los que usaban gafas y encontraban en aquel comercio el mejor surtido y el taller más acreditado. Fue en los años de la posguerra cuando el negocio  empezó a vivir sus años de esplendor. 



En aquella época llegó a la relojería un niño de trece años, José Bernal Guirado, que recién salido del colegio de Calvo Sotelo, en la calle de Granada, quiso aprender a un oficio. Su padre, que había sido carabinero, fue uno de los que la dictadura reconvirtió en guardias civiles al terminar la guerra. José podía haber seguido estudiando, pero como le ocurría a tantos jóvenes de su generación, se sintió hombre antes de tiempo y se puso a trabajar. Pasó primero por la carpintería del maestro Arriola, donde ganaba un sueldo de seis pesetas trabajando los siete días de la semana, hasta que un conocido de su familia, don Manuel Torres, que era presidente de la oficina de colocación que había en Almería, le dijo que se presentaba en la relojería de Apoita, porque necesitaban un aprendiz.


José se presentó a la mañana siguiente ante don Agustín y le dijo que quería el puesto. El relojero le explicó que era muy arriesgado admitirlo, ya que al no haber cumplido todavía los 14 años no podía darle de alta y podía ser descubierto por el inspector de trabajo. Pero como el temido inspector se llamaba Antonio Moreno y era familia del señor Apoita, acabó cediendo.



José Bernal, que venía del trabajo intenso de la carpintería, descubrió pronto que la relojería era un lugar más tranquilo y un oficio mejor pagado. Siendo aprendiz cobraba doce duros al mes mientras iba aprendiendo los secretos de la profesión. En los primeros meses su labor consistía en abrir las persianas de la tienda, en barrer y fregar el suelo y en llevar los encargos a los domicilios particulares, labor que era del agrado del muchacho, ya que los clientes más generosos siempre le ponían una o dos pesetas en la mano como propina. 


La relojería de Agustín Apoita era un amplio establecimiento con fachada al Paseo y a la calle de Concepción Arenal (entonces General Rada). En la entrada estaba el mostrador y la tienda de óptica, relojería y joyería, y en el interior aparecía el departamento que servía de taller.



Eran tantas las ganas de trabajar que tenía, que la misma mañana en que José Bernal se presentó en la relojería a pedirle el puesto de aprendiz a don Agustín Apoita ya estaba con la escoba en la mano limpiando el establecimiento. Empezó desde abajo, barriendo, fregando, y como era un muchacho despierto y con ganas de aprender, no tardó en convertirse en una pieza clave del taller, montando gafas, graduando la vista a los clientes, revelando fotografías en el laboratorio y atendiendo en el mostrador cuando hacía falta.


Bernal recuerda que la actividad era constante dentro del negocio, que siempre había algo que hacer, y que cuando alguien se relajaba allí estaba, siempre atento ,el señor Apoita para darle alguna tarea. De su jefe cuenta que era un hombre muy enérgico, disciplinado y de gran carácter, metódico en el trabajo, de los que querían todo bien hecho. 


En su establecimiento los clientes podían encontrar los mejores relojes suizos y los despertadores más modernos del mercado; las joyas más preciadas que venían a Almería y las últimas novedades en óptica y en fotografía. En su afán de abarcar un mercado más amplio, Apoita era el encargado en Almería de vender el material para las radiografías y abastecía a las clínicas particulares. 


La tienda de don Agustín fue también un templo para los niños de los años cincuenta, que tanto se emocionaban con las fotografías del Athletic de Bilbao que el señor Apoita regalaba a sus mejores clientes.



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