La última droguería con historia

Las droguerías, que estaban presentes en todos los barrios, fueron pasando de moda

En la calle Azara, entre la calle de las Tiendas y la Plaza de Flores, sobrevive la droguería de Juanjo.
En la calle Azara, entre la calle de las Tiendas y la Plaza de Flores, sobrevive la droguería de Juanjo.
Eduardo de Vicente 20:30 • 18 jun. 2022

El día que cierre la droguería de Juanjo estaremos perdidos. Su presencia le da sentido al malherido comercio del centro, es como un faro que da luz en medio de las tinieblas, la referencia de todo el que quiere encontrar un producto que no tienen los grandes supermercados. 


Juanjo conserva intactas las viejas formas de entender el negocio basadas en el contacto cara a cara con los clientes. Él no te vende un repelente para los mosquitos o un litro de zotal si no te convence antes. Juanjo es un pedagogo de su profesión y lo vive como una vocación. Si entras en la tienda con dudas te puedes olvidar del tiempo porque de allí no sales hasta que el droguero no te explica hasta el último detalle de cómo funciona el producto que te va a vender y cómo debes de utilizarlo.


Sus discursos son tan convincentes que aunque no tengas nada que comprar sientes la tentación de entrar en la droguería aunque solo sea para escucharlo. Si se hubiera dedicado a vender ungüentos por los pueblos, de plaza en plaza, con un altavoz y una furgoneta, como los antiguos pregoneros, también hubiera triunfado. Le sobra oficio por todos los poros de su piel. Juanjo no tiene una droguería, es la droguería. 



Se puede decir que no conoce otro oficio y también que no conoce otra forma de vivir. Juanjo se agranda detrás del mostrador, disfruta con lo que hace, como un maestro antiguo explicando una lección. “Para que salte esa mancha tienes que diluir el líquido en agua caliente, dejarlo que se seque media hora y después volver a lavarlo. No falla”, le dice a una cliente.


Juanjo lleva la droguería en la sangre desde que siendo un niño ayudaba a su padre cuando el negocio estaba instalado enfrente de la iglesia de Santiago. Cuando echó a andar por su cuenta, buscó refugio en en un pequeño local en la esquina de la calle de las Tiendas con Lectoral Sirvent. Allí vivió años gloriosos  cuando todavía era costumbre que los lunes bajara la clientela de los pueblos a llevarse género para todo el mes. 



Resistencia

En los últimos tiempos ha resistido el temporal en la calle Azara, viendo abrir y cerrar negocios continuamente. Hoy es la última droguería del casco histórico, el superviviente por antonomasia, como el veterano artista que sabe que sigue teniendo su público aunque hayan pasado los años.



Juanjo ha visto como han ido cayendo los negocios del ramo. Las droguerías estaban presentes hace cuarenta años en todos los barrios y eran imprescindibles. Lo mismo te vendían una brocha, una cuarta de azufre o un puñado de magnesia, que era cosa santa para la acidez.


Si en los barrios donde había un obrador el perfume oficial era el del pan caliente al amanecer, las calles donde había una droguería también tenían su olor particular que delataba a varios metros de distancia donde estaba el negocio. Si el perfume del pan era cálido y uniforme, y te provocaba el acto reflejo de segregar saliva, el olor de las droguerías era un chute de química que a unos le producía una ligera sensación de placer y a otros los tiraba para atrás como si hubieran visto al mismo demonio.


A mí me gustaba, de niño, ir a comprar medio litro de aguarrás a la droguería de Juanjo, cuando estaba frente a la iglesia de Santiago. Disfrutaba viendo aquellas estanterías donde lo mismo te encontrabas un manojo de brochas colgadas de una púa que latas de pintura de todos los colores o uno de aquellas botellas de colonia que vendían a granel por el viejo método del bote de medir. Uno pensaba entonces que los dueños de las droguerías eran sabios o brujos, porque hablaban con tanta seguridad como si conocieran cada una de las propiedades de cada producto.


Eran los tiempos del Persil, uno de los primeros detergentes modernos que venían en cajas de cartón; eran los tiempos del bicarbonato a granel, de los sacos de sosa cáustica, de la colonia con medida y del Cu-Cal para las cucarachas. Los polvos de talco se vendían al peso y las pastillas se envolvían en papel de regalo. Tener una droguería parecía un negocio inquebrantable. Ni el más pesimista podía pensar que unas décadas después iban a empezar a desaparecer del mapa y que solo quedaría en pie, como una reliquia, la droguería de Juanjo.


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