Los que iban ‘midiendo’ la calle

Por las calles deambulaban los borrachos de vino apócrifo que apenas podían sostenerse de pie

Un hombre en estado ebrio, tirado en el suelo.
Un hombre en estado ebrio, tirado en el suelo. La Voz
Eduardo de Vicente 19:29 • 12 jun. 2022 / actualizado a las 20:30 • 12 jun. 2022

En la lista de miedos que teníamos los niños de la calle el primer puesto era para el hombre del saco, que se nos aparecía en cualquier esquina entre la niebla que generaba nuestra imaginación. El hombre del saco podía ser cualquier mendigo de los que a diario pasaban por nuestras calles recogiendo los restos de la basura y los enseres que sobraban en las casas. Al hombre del saco lo podíamos encontrar oculto bajo los harapos de un vagabundo o agarrado a una botella de vino apócrifo, apurando la última gota hasta la extenuación.


Los borrachos formaban parte de los personajes callejeros con los que nos cruzábamos todos los días. Los veíamos salir de las tabernas midiendo la  calle, invadiendo la calzada a tumba abierta, dando bandazos de un lado a otro ante la mirada inquieta de los niños.


Al contrario de lo que nos sucedía con otros personajes de calle que estaban perfectamente integrados aunque vivieran rozando la marginalidad, a los niños no nos gustaban los borrachos. Nos producían un sentimiento extraño, una  mezcla de atracción fatal y de miedo que nos llevaba a mantener las distancias. 



Algunas veces, en nuestras pesadillas infantiles, soñábamos con alguno de aquellos infelices que apuraban hasta la última moneda que llevaban en el bolsillo en la primera bodega que se encontraban por el camino. Nos daban miedo porque si la bebida no los había tumbado del todo solían revolverse cuando intuían que un grupo de niños iba rondándolo. 


Podíamos gastarle bromas a Luis el de los Perros, que como mucho, en un arrebato de ira, podía acordarse de todos nuestros difuntos; podíamos pedirle la hora al bueno de Diego París, aquel personaje del barrio del Reducto al que todo el mundo le preguntaba ¿qué hora es? sabiendo que nunca había llevado reloj, pero a lo que no debíamos atrevernos jamás era a enfrentarnos con un hombre ebrio, de aquellos que acababan perdiendo su identidad y toda señal de juicio.



Es posible que ahora haya más alcohólicos que antes, pero es difícil ver a una persona que vaya arrastrándose por la calle ni a nadie tirado en una acera con el rumbo completamente perdido. Antes formaban parte de nuestra vida cotidiana e incluso los conocíamos por sus nombres. Los veíamos entrar en la bodega con su dignidad intacta y unas horas después salían completamente derrotados, agarrándose a los hierros de las ventanas, cruzando las calles sin mirar y arremetiendo contra las tribus infantiles que acudíamos como aves rapaces cuando descubríamos a un personaje diferente.


Le temíamos mucho al Gildo, que cuando por la tarde cogía el camino de vuelta desde la Plaza del Pescado, donde trabajaba, hasta su casa, allá por el barrio de la Chanca, iba parando en cada bar como el beato que en un Viernes Santo va recorriendo las estaciones. El Gildo lleva dos personajes dentro: el trabajador infatigable que se pasaba las mañanas en la Plaza haciendo recados, y el tipo embriagado que perdía la noción del tiempo y la cordura y se volvía agresivo con facilidad.



Quizá, el que más miedo nos daba era Pepe ‘el cabeza’, tan temible cuando estaba sereno como cuando llevaba encima unas copas de más. Si te lo cruzabas cuando no había bebido lo mejor era cambiarte de acera, porque corrías el riesgo de que te diera un guantazo si formabas parte de su lista negra. Estaba tan maleado, tan castigado por aquellos que lo voceaban por la calle diciéndole “cabezón”, que no se fiaba ni de su sombra y siempre te miraba de reojo, temiendo que acabaras riéndote de él.

Había noches en las que ‘el cabeza’ bajaba del kiosco Amalia hasta su casa, en la calle de la Almedina, seriamente perjudicado. Era un milagro que aquel hombre con las piernas lastimadas por una enfermedad infantil se pudiera mantener de pie cuando iba bebido. Daba dos pasos y se lanzaba sobre una verja como el que se agarra a un salvavidas en medio del océano. Descansaba dos minutos y volvía al camino, mientras los niños lo mirábamos haciendo apuestas para ver quién acertaba dónde se iba a pegar el ‘castañazo’. 


En aquellos tiempos los bares y sobre todo las bodegas, eran cosa de hombres. No era fácil que una mujer entrara sola en un bar y mucho menos verla salir borracha como salían a veces los hombres. También había mujeres que bebían, pero llevaban su calvario en silencio. En mi calle había una señora, casada y con dos hijos, que todo el mundo sabía que estaba enganchada en el alcohol. Bebía a escondidas, creyendo que nadie la descubriría, pero todo el mundo sabía su drama porque aunque llevara la botella de anís escondida en la talega del pan, su aliento acababa siempre por delatarla. Solía cruzar de puntillas por la calle, cuando empezaba a anochecer, buscando la soledad de la antigua bodega de las Cortinillas, frente al Arresto Municipal. En una cesta, bien oculta, llevaba una botella de cristal vacía para que el camarero se la llenara de anís.

Recuerdo también a la buena de Mariquita ‘la tuerta’, aquella mujer que trabajaba como una hormiga limpiando casas y que para olvidar las penas de la vida se le iba la mano con el anís y el coñac. Con la crueldad que tienen los niños cuando actúan en bandadas, solíamos gritarle: “María, anís con limón”, y ella, herida en lo más profundo de su amor propio, se defendía diciéndonos “iros a darle por saco a vuestras madres. Esa es la educación que os dan los maestros en la escuela”, gritaba.


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