La huella de las colonias perdidas

Varios comercios almerienses llevaron nombres relacionados con las antiguas colonias

Fachada de la tienda ‘La Isla de Cuba’, entre la calle Real y la calle de Jovellanos.
Fachada de la tienda ‘La Isla de Cuba’, entre la calle Real y la calle de Jovellanos.
Eduardo de Vicente 21:00 • 08 jun. 2022

La pérdida de las colonias españolas dejó un hondo sentimiento de derrota, una crisis interminable y una cicatriz sentimental que nunca dejó de cerrarse. En Almería, la huella de Cuba fue profunda. Estuvo presente en tantas familias que perdieron a sus hijos en el campo de batalla, en aquellas que nunca volvieron a tener noticias de sus seres queridos, sin saber si estaban vivos o muertos, y también en el comercio local, que con nostalgia estuvo recordando durante décadas aquellas tierras perdidas.


Todavía tenemos dos cafeterías activas que llevan el nombre de la Habana y en el recuerdo quedan tiendas tan importantes como La Isla de Cuba, que a comienzos del siglo pasado reinaba en la antigua plazuela de San Gabriel, en el local donde hoy está el bar La Plazuela.


Era un gran comercio que destacaba por sus cuatro espléndidos escaparates a ambos lados de la puerta del establecimiento, que cambiaban su decorado con frecuencia según la estación del año y las modas que iban saliendo. Destacaban las figuras de los maniquíes de cartón piedra que anunciaban las novedades en ropa: el maniquí de la niña con el vestido más moderno para primavera; el maniquí del niño con su traje de pantalón corto, tan al gusto de los primeros años del siglo pasado; el maniquí vestido con un elegante gabán para caballero; y el maniquí de señora, que era el más variable, al que más veces cambiaban de vestido a lo largo del mes.



La Isla de Cuba fue una de las grandes tiendas de tejidos que existieron en Almería. La fundó en 1910 el empresario José Benavente Soro, un aventurero más de los muchos que llegaron a la ciudad procedentes de la localidad murciana de Fortuna. 


La Isla de Cuba estaba situada en uno de los rincones más comerciales de la ciudad, frente a la prestigiosa confitería de La Sevillana y el almacén de tejidos El Siglo. Destacaba por su espectacular surtido en camisas, juegos de cama, pellizas, equipos de novia, gabanes, pañería, y sobre todo porque la parte del establecimiento que daba a la calle Real se dedicó a sastrería militar con la firma de ‘J. Benavente’. Casi todos los remplazos que llegaban a Almería a finales de los años veinte se uniformaban en la trastienda de La Isla de Cuba. 



Cerca de La Isla de Cuba, en la calle Real, estuvo otro establecimiento que recordaba a las colonias españolas. Llevaba el nombre de Las Filipinas y estaba especializado en confecciones. Fue su fundador don Salvador Alegre García, un gran negociante, que en los años treinta importaba de Inglaterra los mejores gabanes y gabardinas que había en el mercado. Tan conocido como el dueño fue su cajero, Juan Antonio Orozco, un fiel empleado que se encargó del cajón del dinero hasta el día de su muerte, en 1940. El negocio estuvo abierto hasta la década de los sesenta, ya en manos de sus herederos. 


En la calle Padre Luque, frente al antiguo colegio de Jesús , convertido después en casa de Correos, estuvo el bar llamado El Cubano, donde en los años veinte los almerienses disfrutaban de los mejores callos y los caracoles más sabrosos que entonces se servían de aperitivo. También tuvimos una confitería que llevaba el nombre de La Cubana, en la Rambla de Alfareros. Fue famosa en los años treinta por sus dulces de almendra. Su propietario, Antonio Marco Ferre, vio como su negocio pasaba a manos del comité republicano durante la guerra. Al terminar la contienda la recuperó con el nombre de Virgen del Mar.





La Cubana fue una de las heladerías más importantes de la ciudad en los años de la posguerra.
La Cubana fue una de las heladerías más importantes de la ciudad en los años de la posguerra.


También se llamó La Cubana la heladería que Juan Ayala montó en los años cincuenta, en la calle de Murcia. El carrillo de La Cubana llegó a ser una institución en la ciudad. Iba por todos los barrios y recorría cada metro de playa en verano.



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