Adiós a Pepe París, el último barbero del Reducto

Heredó el oficio de su padre, que en 1934 se había quedado con el local de Fenoy y Peluche

Pepe París, en su barbería.
Pepe París, en su barbería. La Voz
Eduardo de Vicente 20:59 • 22 may. 2022

Había sido el último barbero del barrio del Reducto, el último que fue fiel a la tradición de los antiguos maestros que convertían un simple afeitado en una ceremonia.


Sentaban al cliente en el sillón, le reclinaban la cabeza como si fuera a dormir una siesta y lentamente, con una parsimonia de siglos, le iban enjabonando la cara. Cogían la cuchilla como si tuvieran en la mano un pincel y como si estuvieran ejecutando una obra de arte, iban repasando cada milímetro de la barba hasta que la cara quedara como el trasero de un recién nacido. Había un toque artístico en aquellos afeitados, instantes de inspiración en los que la mano del barbero se iban moviendo de puntillas, con la misma sutileza que una bailarina.


Pepe París fue el último que mantuvo la tradición de pelar y afeitar a sus clientes, tal y como lo hacía su padre, Manolico París, del que heredó el oficio y el local, en el corazón del barrio del Reducto. Aquel salón era mucho más que un negocio. Era difícil pasar por allí y que estuviera vacío. Podía ocurrir que no hubiera ningún cliente ‘arreglándose’, pero nunca faltaba un amigo que pasaba para sentarse y echar un rato de conversación.



La peluquería de París tenía alma de consultorio. Si pasaba el cartero y no encontraba a quien darle la correspondencia se la dejaba al barbero; si el hombre de los recibos de los muertos no encontraba a la vecina que buscaba, siempre le quedaba el recurso de Pepe París, que estaba bien informado.  Todo lo que sucedía en aquella manzana entre la Plaza de Pavía y la calle del Reducto, pasaba más temprano que tarde por la peluquería. Si se moría un vecino o si a alguien le ocurría un accidente, el primero que se enteraba era el peluquero.


No sólo mantuvo la tradición de su oficio, sino que procuró que la barbería conservara también esa atmósfera antigua que había tenido en tiempos de su padre. Allí estaba el viejo sillón de barbero por el que pasaron casi todos los hombres del barrio durante un siglo y la colección de almanaques que servían de adorno en las paredes y que tanto nos gustaban a los niños de antes porque venían ilustrados con una suculenta fotografía de una mujer en ropas menores. Recuerdo los calendarios que hacía el dueño del bar Pireo, que tenía muy buen gusto para escoger las modelos. 



Antes de que su padre, Manolico París, se quedara con el negocio, en 1934, aquella habitación en la esquina de la calle de Pitágoras y Galileo, había sido la peluquería de los maestros Fenoy y Peluche, que conocieron los tiempos de mayor esplendor de la Plaza de Pavía.


El nombre de la familia París forma ya parte de la historia del barrio, a la misma altura que otros peluqueros ilustres como el Tito Pedro, toda una referencia para varias generaciones de la Plaza de Pavía, o el maestro Rochell, una institución en Pescadería.



La peluquería de Pepe París fue el faro que iluminó aquel rincón de la calle de Pitágoras. Cuando en el año 2007 el barbero decidió que ya estaba cansado, que había llegado el momento de jubilarse, una luz se apagó para siempre en el barrio. El cierre representó el final de una época. El Reducto ya no era aquel enjambre de vida vecinal donde todo el mundo se conocía, donde todo se compartía, donde el barbero tenía más presencia que cualquier alcalde.


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