El faro que ‘traía locos’ a los navegantes

El dique de poniente crecía y el faro se había quedado lejos del extremo del muelle

Las obras del puerto avanzaban, el dique de poniente se había estirado y el viejo faro se había quedado en el mismo lugar.
Las obras del puerto avanzaban, el dique de poniente se había estirado y el viejo faro se había quedado en el mismo lugar.
Eduardo de Vicente 21:00 • 18 may. 2022

El puerto iba creciendo, lo hacía lentamente, amenazado por los continuos parones que frenaban la marcha de las obras cuando no llegaba el dinero. El dique de poniente también experimentó un importante desarrollo en las últimas décadas del siglo diecinueve, un estirón que afectó al viejo faro que guiaba a los barcos en la oscuridad de la noche. 


Era un faro antiguo, el mismo que se había colocado en 1865, con graves carencias en su funcionamiento, especialmente por la escasa luz que emitía. En enero de 1881, para mejorar la capacidad lumínica, se acordó variar el color de la luz del faro y dotarlo de un rojo intenso a fin de evitar las equivocaciones que solían experimentar los navegantes que confundían con frecuencia el resplandor blanco de las farolas del Malecón con el del faro de la punta del muelle.


El color y la intensidad de la luz que emitía no era el mayor problema que presentaba el faro de Almería, que a medida que el dique de poniente fue creciendo se quedó anclado en su lugar de origen, alejado de la punta de la escollera. En el verano de 1883, un grupo de comerciantes y navieros presentó sus quejas ante la Junta de Obras del Puerto y el Ayuntamiento de Almería, denunciando la situación del faro y el peligro que corrían los barcos de estrellarse contra la escollera del dique de poniente. 



Las obras habían avanzado y el faro seguía en el mismo sitio. Los capitanes de los barcos, sobre todo los extranjeros que estaban menos familiarizados con las características de nuestro puerto, cada vez que se preparaban para embocar la entrada del fondeadero se fijaban en la luz del faro, creyendo que se hallaba en el punto más avanzado del muelle. Se estaba a la espera, por parte de las autoridades, de construir un aparato portátil que permitiera ir trasladando el faro conforme fueran avanzando las obras del muelle y de esta forma evitar los problemas que se repetían con frecuencia y los posibles accidentes, como el que sufrió un barco cubano un año después. Fue en abril de 1884, cuando a las once y cuarto de la noche, el bergantín-goleta ‘Segundo Barceló’, con matrícula de Santiago de Cuba, se estrelló contra las rocas de la escollera.


La causa del siniestro se debió de nuevo a la ubicación del faro, que hallándose distante del extremo del muelle 120 metros, engañaba a los pilotos y capitanes de los buques que maniobraban tomando como referencia la luz cuando en realidad ésta estaba alejada de la punta del dique. En aquel percance destacó la figura del torrero del faro, Juan Arenas, que no dudó en arrojarse al mar en plena oscuridad para  salvar a los náufragos y darles cobijo en la caseta. 



La ciudad clamaba para que el faro fuera ubicado en la punta del dique. Cómo era posible que una ciudad que vivía casi exclusivamente del puerto, ya que el ferrocarril era todavía un proyecto, tuviera su faro desubicado, alejado del extremo de la escollera. Todo el movimiento comercial de la uva, el mineral y el esparto se hacía a través del mar. Dependíamos de la garantía de nuestro puerto para poder salir adelante, pero seguíamos en manos de un faro de sexto orden, de luz fija de color blanco, con una altura focal sobre el nivel del mar de ocho metros y un alcance aproximado de nueve millas. Con un nivel tan bajo no era suficiente para alumbrar de una manera completa los 120 metros que medía la parte nueva del puerto que estaba en construcción. El viejo faro de Almería, que había iluminado nuestro fondeadero por primera vez el día 15 de mayo de 1865, seguía teniendo las mismas limitaciones casi veinte años después, cuando el muelle no paraba de extender sus tentáculos y la actividad comercial se había triplicado. 


En septiembre de 1884, cinco meses después del último accidente en la escollera, la prensa contaba que estaba próxima la inauguración de un nuevo faro móvil en el extremo del muelle de poniente. El nuevo artefacto iba instalado sobre un vagón que se encargaba de mover, a través de una vía, el propio farero.



Hubo que esperar al siglo veinte para que los almerienses pudieran contar con un faro moderno. En 1922 la Junta de Obras del Puerto aprobó el proyecto para la torre y reforma de  la caseta del faro.  La nueva instalación fue recibida como un regalo por la ciudad. No solo mejoró el atraque de los barcos, sino que además el nuevo faro sirvió para incorporar toda la zona del dique de poniente a la ciudad. Pronto, los almerienses empezaron a internarse por aquel espigón que te permitía disfrutar de Almería desde el mar.


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