Almería quién te viera (20): Los plásticos se ven desde el espacio

Pasados los años, mi padre me llevó un día a los montes de Vícar.

Don Ginés, obispo de Getafe, observa los invernaderos de Almería, una oleo de mi esposa Ana Westley.
Don Ginés, obispo de Getafe, observa los invernaderos de Almería, una oleo de mi esposa Ana Westley. La Voz
José Antonio Martínez Soler 19:14 • 23 abr. 2022 / actualizado a las 20:59 • 23 abr. 2022

A principios de los años 60, vi un acto de solidaridad entre mis vecinos de la calle Juan del Olmo. Regresaba del colegio, al atardecer. Al llegar a la altura de la casa de don Andrés, el cura, contemplé un enorme bullicio en la puerta de mi casa. Con sus propios martillos, media docena de vecinos ayudaban a mi padre a clavar tablones en forma de U, que sirvieran para el encofrado de las “canalillas”, acequias para repartir el agua en los campos de secano de El Ejido. Las cargaban en un viejo camión Dodge, casi chatarra, que mi padre había comprado. 


Prácticamente arruinado por la aventura del pozo, con el dinero que le quedó, tras vender el Cortijo de La Rumina y pagar los créditos e hipotecas, mi padre empezó un nuevo negocio. Otro sueño - ¡madre mía! - ligado al agua. Ganó un concurso público por el que se comprometió con el Instituto Nacional de Colonización a construir las acequias de hormigón que repartirían el agua de los nuevos pozos del Campo de Dalías, entre El Ejido y Roquetas. Era un secano, como el de La Rumina, lleno de piedras, lagartijas y espinos. 


Terminó la construcción sin apenas obtener beneficios. Fue a la subasta con un precio muy bajo para asegurarse la concesión de la obra pública. “Lo comido por lo servido”, decía. Se hizo fotos ante el cartel oficial de las primeras obras de regadío de El Ejido, que llevaba el nombre de su flamante empresa como adjudicataria de aquellas acequias de bloques y hormigón. Le vi contento con su primera obra.



Le pregunté por qué no había ganado dinero con esas acequias de Colonización de las que estaba tan orgulloso. Me dio dos razones. Primera: meses después de haber ganado la subasta pública, el cemento había subido de precio por el nuevo boom de la construcción. Aunque a veces lo hacía, el Gobierno no quiso, en su caso, revisar los presupuestos de la obra de acuerdo con los nuevos precios del cemento. Con eso, se estrechó su margen de beneficio. “No tenía agarraderas”, me dijo, “o sea, enchufes con los gerifaltes del Régimen”. 


Segunda: ofreció un precio muy bajo, ajustando mucho los costes, para ganar el concurso frente a los competidores. Mi madre dijo que era un ingenuo, incapaz de hacer trampas como los demás, y que le iban a despellejar si seguía de contratista de obras públicas. Más tarde, me enteré de cómo se hacían muchas subastas de obras públicas. O, mejor dicho, las pre subastas.



Los contratistas de obras, que estaban dispuestos a acudir a la subasta se reunían en unos cafés cercanos a la Delegación del MOP (Ministerio de Obras Públicas). Creo que se llamaban La Parrilla y El Pasajes. Tenían los sobres sin cerrar con la documentación preparada para entregar al Registro Oficial del MOP. Cada uno de ellos escribía en secreto en un papel, incluso en una servilleta del bar, la cantidad de dinero que estaba dispuesto a repartir entre los demás si le dejaban ganar el concurso. El que ofrecía más dinero a sus colegas competidores se quedaba con la obra. El ganador no tenía que arriesgarse con una fuerte bajada del coste previsto por el Gobierno. Todos ganaban con aquellos concursos amañados. Todos, menos los contribuyentes. Aquello tenía toda la pinta de ser delito de estafa, prevaricación, tráfico de influencias y alzamiento de bienes.       


Mi padre cae y se levanta Mi padre hizo un par de obras más: unos kilómetros de carretera, asociado con Enrique Barrionuevo, y un pequeño puente. Volvió a arruinarse. Me contó que una vez se puso a fabricar caramelos y jabón. Obtuvo las fórmulas en una enciclopedia de la Biblioteca Villaespesa. Ninguna quiebra podía rendir a mi padre, convertido, otra vez, en héroe que cae y se levanta, cae y se levanta. Un día nos dijo: “Ya lo tengo. No más obras públicas con las que solo ganan los ladrones o quienes tienen buenos enchufes con el Régimen”. Recuerdo un proverbio suyo de entonces:



 “De contratista a ladrón

no hay más que un escalón

y es tan bajo

que lo salta un escarabajo”.

Y nos lanzó su nueva idea: “Ya que tienen agua, ahora es el momento de vender los plásticos para construir invernaderos. Es el paso siguiente a las acequias que hice en el Campo de Dalías.” 


En ese nuevo negocio, que prometía un futuro espléndido, no se metió solo. Se asoció con don Paco Cassinello, capitán de Caballería, que tenía el capital y los contactos oficiales de los que mi padre carecía. Le conocía desde niño ya que era hijo de doña Serafina Cortés, viuda de don Andrés Cassinello, donde mi abuela paterna había trabajado de criada desde que, viuda con dos niños pequeños, salió de Tabernas. Mi padre había sido botones del suyo. 


Pasados los años, mi padre me llevó un día a los montes de Vícar. Desde allí se divisaba un inmenso mar de plástico y un ir y venir de grandes camiones frigoríficos cargados de hortalizas camino de los mercados europeos. El sol se reflejaba con fuerza sobre la superficie plateada, a veces dorada, de los invernaderos. Oro verde. El Ejido era la California de Europa. Su huerta. Mientras mi padre se arruinaba una y otra vez, la provincia de Almería se iba enriqueciendo con el turismo y con el riego de bancales arenados cubiertos de plástico y plantados de hortalizas… y hasta de flores. Nuestros hermanos y vecinos israelíes, también de desierto, perfeccionaron la técnica del gota a gota en 1965. Esa tecnología ha hecho florecer a Almería con huertas y prosperidad. 


En menos de 20 años, mi tierra ya no era una fábrica de emigrantes, como cuando yo salí en busca de estudios, amores o fortuna. Todo lo contrario. De toda España, y de África, acudían hombres y mujeres en paro en busca de un futuro mejor. En apenas dos generaciones, Almería había pasado de ser la penúltima provincia más pobre del país a ser una de las más ricas y dinámicas. Gracias, especialmente, a los invernaderos y al turismo. 


El pozo que construyó mi padre en la ribera del río Aguas convirtió en regadío las tierras secas de La Rumina, a la orilla del Mediterráneo. Poco después de vender su finca agrícola, dio agua para la construcción de chalets y hoteles para turistas. Luego hizo pequeñas obras públicas. Entre ellas, se sentía especialmente orgulloso de la canalización del agua en el Campo de Dalías. Don Bernabé, el ingeniero de Colonización, le felicitó por la calidad de su obra. 


Antes de jubilarse como contable en la gasolinera de Las Lomas, mi padre fue un pionero/visionario que se adelantó a su tiempo. Llegó demasiado pronto a las dos revoluciones que han desarrollado mi tierra: el turismo y los invernaderos. Mi esposa (awestley.com) le hizo un homenaje con su óleo “Mar de plástico”. Cuando lo veo, recuerdo lo que mi padre me dijo aquella tarde, lleno de orgullo, desde los montes de Vícar: “Los astronautas han dicho que estos plásticos se ven desde el espacio. Dos cosas distinguen bien, mientras orbitan alrededor de la Tierra: la muralla china y nuestros invernaderos”. 


Sus ojos brillaban tanto como los plásticos. Si eran lágrimas, que no querían brotar, lo eran de alegría, no de tristeza. Entonces, apareció, cómo no, don Quijote. Me dijo: “El hombre es hijo de sus obras”.


Ese era mi padre, el Rumino. Cuántos héroes anónimos, como él, tiene nuestra historia. Si vemos más, como decía Isaac Newton, es porque nos erguimos sobre los hombros de gigantes. 


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