Las campanas que avisaban del fuego

Hasta los años treinta eran las campanas de las iglesias las que alertaban en caso de incendio

La campana de la torre de la Vela de la Alcazaba en los años 20, cuando el deterioro del monumento era notable.
La campana de la torre de la Vela de la Alcazaba en los años 20, cuando el deterioro del monumento era notable.

Una madrugada del invierno de 1874 la ciudad se sobresaltó cuando en el silencio de la noche un repique de la campana de la Vela alertaba a las otras campanas, las de las parroquias, de un incendio en un cortijo de la vega. 


Almería no disponía de un servicio de incendios organizado y cuando había que combatir el fuego se utilizan las campanas para prevenir a la población y para avisar a los empleados municipales para que acudieran con la rudimentaria bomba de agua que descansaba en el almacén del Ayuntamiento.


Las autoridades hacían pedagogía con la población  anunciando con frecuencia las señales fijadas para los casos de incendio, para que se la aprendiera de memoria. Cuando el incendio se desataba en el barrio del puerto o en la zona de la vega, que entonces empezaba al otro lado de la Rambla, era la vieja campana de la Alcazaba la que alertaba a la ciudad mediante un repique ligero que venía acompañado, unos minutos después, por el estruendo de las campanadas de todas las parroquias. 



La otra gran vigía era entonces la campana de la torre de la Catedral, que tenía a su cargo todos los distritos de la ciudad. Si daba una campanada avisaba de que el fuego había surgido en el puerto; si daba dos era en el barrio de la parroquia del Sagrario; tres campanadas avisaban de un incendio en la  manzana de la iglesia de Santiago; cuatro en la de San Pedro; cinco en la de San Sebastián y seis para la lejana vega. 


Pasaban los años y Almería seguía manteniendo el sistema de las campanas para dar a conocer un incendio. Cuando llegaba el aviso eran los propios vecinos los primeros en acudir y también los que se empleaban como si fueran bomberos, sin más material a su disposición que cubos y cubos de agua. 



En 1916 la ciudad se conmovió con un monumental incendio al comienzo de la Carretera de Granada, al otro lado del badén de la Rambla de Belén. En la mañana del quince de noviembre, las campanas de las iglesias de La Catedral, San José y San Sebastián tocaron a fuego, mientras una densa columna de humo se extendía desde la zona de la Rambla hasta el centro de la ciudad, empujada por el fuerte viento de levante que soplaba aquel día.


El improvisado personal del Parque Municipal se presentó en la fábrica con el escaso y anticuado material de incendios, por lo que se vio impotente para frenar el avance de las llamas, que durante doce horas arrasaron las instalaciones y devoraron once casas de las que formaban el popular Barrio del Inglés. 



Al caer la tarde, el antiguo depósito de esparto seguía ardiendo. La altura del fuego impresionaba y la luz de las llamas iluminaba la ciudad como si aquel largo día no tuviera noche. Más de tres mil toneladas de esparto, en rama y hecho pacas, perecieron en un siniestro que fue el principio del fin de la vieja fábrica de Misterl Hall.


En los años veinte del pasado siglo hubo que implantar un nuevo número de señales para el fuego. La ciudad había ido creciendo y para que todos los barrios pudieran estar informados cuando se producía un siniestro, las campanadas se extendieron a once, las que daban los campanarios cuando el fuego era en la vega. Si el suceso se desencadenaba en el Barrio del Inglés o en los Molinos de Viento, sonaban diez campanadas.


El diez de enero de 1925 las campanas de las torres de las iglesias despertaron a la ciudad por un incendio que estaba consumiendo la fábrica de maderas de José Pastor Roda, junto al malecón de la Rambla. Fue el guarda del Mercado Central el que descubrió el fuego y el que inmediatamente dio el aviso correspondiente a los guardias municipales de la Plaza para que a su vez pusieran en alerta al campanero de la parroquia de San Sebastián para que echara a  volar las campanas. El servicio de incendios era tan precario que los encargados del parque municipal tuvieron que hacer frente a las llamas con el auto-cuba que iba muy bien cuando se empleaba para regar las calles en verano, pero que era insuficiente para combatir un incendio.


Cada vez que ocurría un percance, los periódicos locales se quejaban amargamente del atraso que sufríamos en Almería en comparación con otras capitales que habían conseguido organizar un servicio de incendios decente. Aquí seguíamos dependiendo de la cuba del agua de la regadora y de la buena voluntad de los vecinos que se jugaban el tipo cada vez que se producía un incendio


En la madrugada del 23 de agosto de 1926, las campanas de la Catedral sobresaltaron a la población cuando antes de las cuatro tocaron las señales de incendio. El suceso ocurrió en la panadería del empresario Gaspar Vives, en el corazón del barrio de la Almedina. El servicio de incendios que acababa de poner en marcha el Ayuntamiento intervino para frenar las llamas.


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