La Bodeguilla de la calle Trajano cambiará de manos

Dice adiós por jubilación su generala, la granadina Pilar Martín, tras 40 años entre marmitas

Media Almería ha pasado por este bar de cocina tradicional.
Media Almería ha pasado por este bar de cocina tradicional.
Manuel León 21:39 • 28 mar. 2022

Contrariamente a lo que suele escribir Muñoz Molina -quien explica que se le hace un mundo relatar la realidad más que la ficción- uno piensa que lo difícil es imaginar lo que habrá cuando ya no esté lo que ahora hay: eso les puede pasar a los almeriense que transitan a diario por la  calle Trajano camino de la umbría de Eduardo Pérez, a quién verán cuando ya no esté el abogado Vicente Fernández Capel tomándose un vino diario en una mesa orientada al sol poniente ; o cuando Miguel, el de Pollos La Granja, se quede sin vecina, cómo podrá Miguel imaginarse otra vecina como Pilar con sus idas y venidas del mostrador a los veladores de la calle.


Se jubila Pilar Martín, la generala de la Bodeguilla de la Contraviesa, tras más de 40 años entre fuegos de butano, destapando marmitas para comprobar el punto de sal. Cuelga el mandil esta granadina con empuje de matrona italiana y  si nadie se queda con el traspaso del negocio, echará el cierre uno de los bares más genuinos del centro de la ciudad, con sus paladines y sus detractores, que de todo tiene la Bodeguilla, al lado de las Cuatro Calles, en ese espacio del ocio almeriense que hace un tiempo se convirtió en peatonal.


La Bodeguilla la abrió en 1956 Antonio del Castillo, pariente de Pilar, como reza en un azulejo sevillano en la fachada. Y en los años 80, al retirarse el fundador, esta mujer alpujarreña cogió los mandos, hasta ahora que quiere decir adiós con un beso y una flor, aunque le haya llorado ya alguna guitarra para que no se vaya. Sobre todo porque en esas mesitas soleadas de la calle o en los taburetes de la barra hay cocina sin atajos, verdadera, de madre, a través de especialidades que rivalizan en la comanda del camarero: los callos palpitantes, la simpática pipirrana, el ajoblanco, el cocido, la berza, las migas de pastor, las papas con mojo, todo eso que hace que a la parroquia se le ilumine el rostro cuando llega a la mesa el pocillo de la tapa, acompañado del vino peleón o de la cerveza de barril.



Es cocina de cuchara echa a fuego lento, cocina que sirve también en tapers a los mayores del barrio que ya no pueden cocinar, la misma que servía humeante por la ventanita de la puerta a los clientes durante el confinamiento por el covid. Porque Pilar y su equipo se reconvirtió, durante la época de la plaga, para no tener que cerrar del todo: aunque no hubiera barra, había cuencos de cocido glorioso o de menestra o platos de papas a lo pobre con huevos para cenar en esos días tras salir a cantar Resistiré por el balcón.


Se traspasa la Bodeguilla de la calle del emperador romano y ojalá que con el cambio -si es que alguien se atreve a emular a Pilar- no salga perdiendo este templo de las tres b: bueno, bonito y barato.





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