Esteban, el de En la esquinita te espero

Esteban García regentó junto a su mujer, Encarnación López, la bodega de la calle Pedro Jover

Eduardo de Vicente
08:59 • 02 feb. 2022

Ahora que se han puesto de moda los nombres de bares que pretenden ser originales e ingeniosos, con nombres sugerentes y frases largas, uno se acuerda de la bodega que tenía el nombre más atractivo de todas las que formaban ese universo de tascas que se hicieron célebres en la posguerra y que lograron sobrevivir más allá de su tiempo.



Esa bodega se llamaba ‘En la esquinita te espero’, y hacía honor a su denominación, ya que se encontraba situada en una esquina estratégica de la ciudad, la que formaba la calle de Pedro Jover con la actual calle de San Juan, que en aquellos años destacaba en medio de un paraje lleno de huertas  y terrenos baldíos. La esquina tenía la ventaja de que se asomaba de frente al Parque Viejo y de que estaba situada en el camino hacia el Cuartel de la Misericordia y el Hospital Provincial, por lo que disfrutaba de una de las avenidas más concurridas de Almería.



Yo conocí la bodega de ‘En la esquina de espero’ en sus últimos años, allá por 1969, cuando mi madre me mandaba con una botella de cristal a que me la llenaran de vinagre. En la lista de recados atractivos que teníamos los niños de entonces, uno de ellos era ir a por vinagre, a por vino o a por aguardiente a la bodega de la calle Pedro Jover. A los niños nos gustaba adentrarnos en aquel mundo de mayores, en aquel escondite masculino donde reinaban como guardianes grandes toneles donde se guardaban los mejores vinos que entonces venían de la Mancha. 



Era un placer apoyarse en la barra como si uno fuera un hombre y contemplar el ritual, repetido durante décadas hasta la saciedad, en la que el dueño, con mano firme y mucha paciencia, te llenaba la botella con un Jumilla que resucitaba a un muerto o te echaba una cuarta de anís con el que hacíamos los roscos de Navidad



Recuerdo con qué cuidado regresaba a mi casa con la botella bien cogida entre las manos, como si fuera un recién nacido, sabiendo que al menor descuido podía acabar en el suelo y con ella toda la confianza que mi madre había  depositado en mí cuando me había elegido para hacer un mandado propio de mayores. 



Aquel local era un museo de los olores que se conservaba intacto como seguramente lo ideó su fundador, el empresario Juan López Herrada y su mujer, Encarnación Burgos Arcos, allá por los años treinta.



El olor agrio del vino que se almacenaba en los grandes toneles de la despensa, el aroma dulce del anís que se vendía a granel fueron el perfume oficial de aquel famoso rincón de las calles de San Juan y Pedro Jover. Cuando uno atravesaba la calle de la Almedina, ya podía cerrar los ojos, que bastaba con ese olor profundo y permanente para saber dónde estaba aquella vieja bodega de atmósfera portuaria que durante más de medio siglo le dio vida al barrio. 



Los más veteranos contaban que en los años cincuenta, cuando se acercaban los días de Navidad, en la acera del establecimiento “se formaban más colas que para el gas” y que más de una vez tuvieron que poner orden los municipales en medio de tanta gente que se arremolinaba en la puerta para comprar el vino, el anís y el coñac. En aquellos días, allí acudían gentes de toda la ciudad, y las puertas permanecían abiertas hasta bien entrada la noche. 


Eran los tiempos de Esteban García Martínez, el yerno del fundador, que junto a su esposa, Encarnación López Burgos, estuvo al frente del negocio durante décadas, hasta que la muerte lo sorprendió el 15 de diciembre de 1965 cuando solo contaba cincuenta años de edad. Tras su muerte la bodega siguió funcionando bajo la tutela de la viuda y con el trabajo de los empleados, con Paco Rodríguez, el hombre de confianza de la casa, al frente.


En aquellos tiempos, el vino blanco se lo traían de Manzanares y el tinto de Jumilla, como en los años dorados. Se lo enviaban en grandes  recipientes que eran recibidos en la estación del tren y depositados después en el muelle. Desde allí, los toneles eran transportados hasta la trastienda de la bodega con los carros de Paco Colomer, célebre transportista del barrio de la Joya


La bodega empezó a declinar en los años setenta, cuando el reparto al por mayor empezaba a flaquear, cuando el mostrador de ‘En la esquinita te espero’ se había convertido en un refugio de bebedores solitarios que ahogaban sus penas con el vino de Jumilla y cuando las autoridades le habían puesto cerco a la venta de vinos y licores a granel y empezaban a imponerse en el mercado las plantas embotelladoras. 


Atrás quedaban, como un recuerdo, los buenos tiempos del negocio, cuando ‘En la esquinita te espero’ competía mano a mano con otros templos del vino como fueron el bar Tonda, Casa Puga, la Reguladora, el Montenegro, el 1 y el 2, la bodega del Patio, la Flor de la Mancha y la histórica taberna Elipe de la calle Granada, que en 1940 pasó a llamarse bar la Oficina. Fueron los últimos santuarios masculinos donde el humilde chato de vino se veneraba como si fuera una bendición del cielo.


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