El amor que se anunciaba en las paredes

Necesitábamos expresar ese amor oculto que nos abrasaba y acabábamos dibujándolo

El amor no respetaba ni los muros históricos de la Alcazaba.
El amor no respetaba ni los muros históricos de la Alcazaba.
Eduardo de Vicente
20:59 • 30 ene. 2022

Había una edad oficial para el amor, que venía a coincidir con la adolescencia, cuando  las hormonas nos marcaban la hoja de ruta a diario. Pero por debajo, en el sótano de los sentimientos, nos habitaba un amor precoz y clandestino que nos desordenaba todos los cajones interiores y solo nos permitía el alivio de seguir soñando.


No nos podíamos enamorar con nueve o diez años porque era la edad de estar jugando y aprendiendo en el colegio, pero los sentimientos no respetaban el calendario y nos enamorábamos aunque tuviéramos que tragarnos nuestro amor y esconderlo para que no nos delatara.


No estaba bien visto que un niño o una niña tuviera esos sentimientos de adulto antes de tiempo. A veces, cuando alguna vecina le decía a nuestra madre que su hijo iba detrás de alguna niña del colegio o del barrio y que estaba loco por ella, la respuesta solía ser tajante: son ocurrencias de críos. Cuánta vergüenza pasábamos cuando nos delataban. No tardábamos en saltar como resortes y negarlo con la cara sonrojada.



Ese amor que rumiábamos en silencio a veces se nos quedaba clavado por dentro y nos hería la garganta. No encontrábamos una solución, no había una salida razonable porque no teníamos edad de estar jugando a los novios. Ese amor nos trastornaba el alma y se llevaba nuestros pensamientos a volar mientras el profesor explicaba la lección en clase. Esa necesidad de expresar lo que sentíamos nos empujaba a anunciar nuestro amor aunque solo fuera en la soledad fría y rugosa de una pared de cal. Las paredes de Almería estaban profanadas por nombres y por dibujos de corazones que iban pintando los enamorados sin que nadie los viera. Los responsables no respetaban ni el peso de la historia, por lo que era frecuente subir a la Alcazaba y encontrarse con el nombre de dos enamorados rayado con una piedra sobre una almena milenaria. Hasta las murallas del cerro de San Cristóbal tenían la huella de la mano de cupido. A veces, en vez de dos nombres o de un corazón, aparecía una frase enigmática: “Te quiero Carmen” y todas las cármenes del barrio en edad de enamorarse atolondradamente no paraban de darle vueltas a la cabeza atando cabos en busca del artista.


Cuando en nuestra calle aparecía una pintada amorosa jugábamos a averiguar quién había sido el responsable y quiénes eran los enamorados, mientras el dueño de la fachada se acordaba de todos los difuntos del autor de la pintada. Había quién prefería la corteza de un árbol para colocar el corazón o los que no pasaban de dibujar su enamoramiento sobre la arena de la orilla de la playa para que solo durara unos segundos, el tiempo que tardaba la marea en borrarla. 



Con tanto niño y tanto adolescente pregonando su amor por las paredes, no es de extrañar que la ciudad tuviera un aspecto descuidado, sobre todo cuando se pusieron de moda las pintadas relacionadas con la política,  después de la muerte de Franco. A mí me causó un enorme impacto emocional la noche de Reyes en la que al volver a mi casa después de ver la Cabalgata me encontré mi fachada profanada por una pintada que pedía la muerte para el Rey. Me dio miedo aquel discurso porque estábamos dando los primeros pasos hacia un futuro incierto, porque en mi casa, como en la mayoría de los hogares de la ciudad, sentíamos de cerca el miedo feroz de nuestros padres a que tuviéramos una revolución y viniera otra guerra. 


En unos meses pasamos de las pintadas amorosas a los eslóganes políticos, y más tarde a esa moda incívica que todos tuvimos que padecer que fue la de los carteles cada vez que se acercaban las elecciones. Una noche llegaba por tu calle un grupo de militantes con el capó del coche lleno de carteles, con un cubo de plástico, una escoba y un saco de cola, y en cinco minutos te cambiaban el aspecto de la fachada y la dejaban hecha un asco. Si no teníamos bastante con las caras de los políticos sobre las paredes, nunca faltaba el grafitero solitario que te dejaba la frase de ‘libertad’ en el muro recién pintado.




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