Todas las mujeres del Maestro Padilla

La madre, aficionada a la música, pudo más que el padre, maestro sastre en la Plaza San Pedro

José Padilla junto a su última mujer, la artista portuguesa Lidia Ferreira, posando en la Acrópolis, durante un viaje a Atenas.
José Padilla junto a su última mujer, la artista portuguesa Lidia Ferreira, posando en la Acrópolis, durante un viaje a Atenas.
Manuel León
11:56 • 23 ene. 2022 / actualizado a las 12:11 • 23 ene. 2022

Su padre, Cristóbal Padilla, quería que le sucediera en el taller de sastrería La Elegancia  que regentaba en la Glorieta de San Pedro; su madre, Carmen Sánchez Esteban, que fuese músico, como casi toda su familia -el Sexteto Sánchez- que amenizaba los domingos de los almerienses en los cafés del Paseo con sus instrumentos de viento y cuerda. Ganó la madre -como casi siempre ocurre- y ganó el mundo un artista planetario, el más planetario que ha visto la luz en esta tierra desde los tiempos de Almutasim. Su  música (El Relicario, La Violetera, Valencia, hasta  320 canciones registradas en la Sociedad General de Autores, desde pasodobles a fados, desde himnos a tangos, sumando bandas sonoras de películas, obras teatrales, zarzuelas, operas y operetas) fue declarada de Interés Universal por la Unesco en 1989, coincidiendo con el centenario de su nacimiento.



La vida y la obra de Pepe Padilla, como le llamaban sus coetáneo, está uncida, además de a su madre y a sus tres hermanas, a las mujeres que amó y dejó de amar y a las artistas que interpretaron lo que él ungía en el pentagrama. No habría Relicario, ni Violetera sin ese cordón umbilical, sin esa inspiración, sin ese leit motiv femenino  que le arrastró febrilmente durante toda su vida. “Yo compongo cuplés para que me quieran las mujeres”, declaró en 1931 al periodista del Heraldo de Almería, Angel López Núñez, cuando ya era una celebridad mundial.



Su madre, además de salvarlo de la tijera y el dedal, también le salvó la vida un día de 1906, cuando estando con él en Madrid, acudieron a la celebración de la boda de Alfonso XIII y Victoria Eugenia por las calles de la Villa y Corte. Había sido invitado el joven José Padilla a uno de los balcones de la calle Mayor, pero desistió de acudir porque a su madre le dolían los pies y se quedaron en el extremo opuesto de la calle entre el gentío. Desde ese balcón, al que no llegó a ir el músico almeriense, lanzó el anarquista Mateo Morral la bomba envuelta en un ramillete de flores contra los monarcas, hiriendo de muerte a algunos de los allí congregados.



José Padilla Sánchez nació en Almería en 1889 y tuvo tres hermanas: Carmen, Eugenia y Blanca. Su universo infantil era la tienda de instrumentos musicales que poseía su abuelo Andrés Sánchez Punzón, en el Paseo del Príncipe, en cuya trastienda pasaba horas y horas aporreando pianos, acordeones y máquinas parlantes, mientras su padre lo buscaba para que aprendiera a medir pantalones. A los 13 años ya tocaba el piano en casa y  se unió a su abuelo y a sus tíos -uno de ellos era el organista de la catedral- para deleitar por los cafés.



Uno de sus profesores, Emilio Lloret, director de la banda municipal, aconsejó a sus padres que le dejaran ir a Madrid a estudiar en el Real Conservatorio. Y allí se fue el almeriense con 15 años a estudiar solfeo y piano y a convertirse en un bohemio tocando por bares y tabernas. Cuando volvió a Almería, con los estudios musicales finalizados, se convirtió en un prodigio dando conciertos en el Casino, en los cafés cantantes como el Cervantes o el Café Imperial, donde tocaba La Alegría de la Huerta, de Chueca. Las muchachas almerienses iban a ver los domingos de esa época al niño del sastre que ya había crecido, con su pelo engominado y las manos imparables sobre el piano. En el Teatro Apolo estrenó Las palomas blancas, con la compañía del cómico Justo Huete y otras con su amigo, el actor Perico Barreto, Manolo Orland, Ramón Cruz y la actriz María Cañete. Actuaba también alguna vez en el Teatro Variedades con su paisano el tenor Luis Iribarne en 1911 y en la ciudad que le vio nacer estrenó su primera zarzuela, El Cazador de Palomas. 



Pero Almería se le quedó pequeña a Padilla y decidió asentarse en Madrid. Con apenas 18 años, ya era director musical del Teatro Barbieri, donde puso música a obras teatrales, zarzuelas y operetas como La Presidiaria, Centurión La mala Hembra, Copla Gitana o La Faraona. Se relacionaba con gente consagrada como Ruperto Chapí, el maestro Serrano y Amadeo Vives. En 1914 empezó a viajar por Europa y América con orquesta propia, donde conoció a Carlos Gardel, Miguel Fleta y a Miguel Ligero. Estuvo más de 15 años sin ir por Almería, pero los domingos, en el Boulevard, la banda municipal dirigida por el maestro Eusebio Rivera interpretaba canciones suyas. Su éxito como autor convivía con su encanto para las mujeres, que lo perseguían como a un Rodolfo Valentino, apoyado en sus ojos agitanados de mirada penetrante. Su primer affaire fue con Gloria Torrea, una actriz española a la que le compuso algún libreto, a la que dejó al poco tiempo y que se terminó suicidando en México de un tiro en la sien. 



Después, en 1917, conoció en Buenos Aires, donde estaba de gira, a la canzonetista vasca, Rosa Oruechevarría, de la que se separó solo un año después, tras una relación tormentosa en París. Ya en la cúspide de su popularidad intimó en la ciudad del Sena con  la artista Adrianne Boissard y con ella convivió desde 1924 a 1928, hasta que la relación se rompió y ella se quedó con el Castillo de Chanoix que acababa de comprar el compositor cuando ya los derechos de autor por canciones como Valencia le habían llenado el bolsillo de francos y la casa de sirvientes y mayordomos. Otra de las divas que pasó por su vida de  forma efímera fue Gabriela Basanzani, cantante italiana de ópera También le influyeron muchas de sus intérpretes como la gran Raquel Meller, Mercedes Seros, la Chelito, Celia Gámez, Queta Claver, Ursula López, su paisana la Bella Dorita, en el Paralelo -donde Padilla también tenía casa- y la Mistinguette, figura del Folie Bergere y el Moulin Rouge en esos tiempos. 



Pero fue una portuguesa el amor de su vida, Lidia Ferreira, a la que conoció en Buenos Aires en 1929 y de la que ya no se separaría el resto de su vida. Para Lidia compuso su Estudiantina Portuguesa, que es un canto a la saudade, al espíritu de Pessoa, todo un himno en el viejo Portugal.  Con ella se volvió a casar y con ella viajó a Italia, Grecia, Turquía y Egipto, con su piano y sus dos perros  y recorrió Europa dando conciertos y en ella se inspiró durante la parte más fecunda de su vida artística; con ella recorría kilómetros y kilómetros cada vez que se desplazaba en su Opel Kapital del 50 color turquesa de Madrid a París, donde acudió a refugiarse al estallar la Guerra Civil. Allí, en una gran mansión de su propiedad, mientras España se desangraba, Padilla organizaba actuaciones privadas para magnates como Rotschild y el príncipe de Gales y sus canciones eran interpretadas por Maurice Chevalier. Charles Chaplin se sirvió de La Violetera para su película Luces de la Ciudad sin citar su autoría y lo demandó, sacándole al genial cómico 15.000 francos de sanción. "Para gitano, yo", aseguran que exclamó el almeriense.


Con Almería, Padilla tuvo una relación de ida y vuelta. Fue denostado por una parte de sus paisanos cuando declaró en un periódico que no estrenaba en Almería porque aquí su obra no era apreciada como lo era en el extranjero. Pero hizo las paces con la ciudad cuando en 1935 el Ayuntamiento de José Alemán Illán lo nombró Hijo Predilecto y cuando en la feria de 1946 vino a estrenar su ‘Himno a Almería’, con letra de Sotomayor en la Plaza de Toros con tres bandas de música y cuando aceptó hacer la composición a la Coronación de la Virgen del Mar en 1951, con letra de Manuel del Aguila.


Un año después, el triunfo del presidente  Eisenhower en las elecciones americanas estuvo salpicado del exotismo de su célebre tema El Relicario, que sonaba en cada convención republicana a cargo de una banda de música y que fue un éxito como propaganda electoral. En todos los lugares hablaban de la música del almeriense como la más ardiente, la más ensoñadora, y él agrandaba su leyenda cosmopolita haciendo que creyeran que era madrileño, valenciano o parisino. En sus últimos años compuso también un tríptico a Almería en memoria de sus padres, que habían fallecido, ella en 1910 y él en 1933, respectivamente, y que llevaban por nombre La Ciudad Novia, Sueño Oriental y Zambra Urcitana, con letra del archivero Bernardo Martín del Rey, pero nunca llegaron a estrenarse. Otra de sus últimas obras, El amor eres tú, dedicado a su amada Lidia en recuerdo de un viaje a Venecia, es parte de la banda sonora de la película Matchstick Men, de Ridley Scott, que el cineasta británico se empeñó en incluir cuando ya había finalizado el montaje.


La música de Padilla ha podido escucharse en películas de Lubitsch, en Zelig de Woody Allen, en Esencia de Mujer de Martin Brest y Al Pacino, en Amanece que no es poco de José Luis Cuerda o en ese icono del cine español que fue El Ultimo Cuplé de Juan de Orduña, con Sara Montiel interpretando La Violetera, aunque fue Valencia la canción que le hizo rico de verdad. En la Ciudad del Turia y en de la Torre Eiffel tiene consagradas a su memoria calles más largas que la que le dedicaron en su ciudad natal, entre Artés de Arcos y Altamira, aunque luego, en 1992, Almería resarció el agravio rotulando el Auditorio a nombre del hijo de aquel sastre de la Glorieta de San Pedro.


Falleció  José Padilla en Madrid en 1960 de un infarto, cuando escribía su última zarzuela 'El sol de medianoche', en la calle Gabriel Abreu, el más inmortal de los almeriense, el artista del que la Unesco dijo que “su música es la urdimbre de la  cultura popular universal”. Todo, gracias al empeño de una madre y al amor de una lusitana. 


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