La lejanía de la nueva Plaza de Abastos

El 17 de diciembre de 1893 se inauguró el nuevo Mercado Central de Almería

Una vez terminado el Mercado la calle principal de acceso seguía sin resolverse debido a los problemas con las expropiaciones.
Una vez terminado el Mercado la calle principal de acceso seguía sin resolverse debido a los problemas con las expropiaciones.
Eduardo de Vicente
00:53 • 21 ene. 2022 / actualizado a las 09:00 • 21 ene. 2022

Almería llegó a las últimas décadas del siglo diecinueve manteniendo su vetusto mercado de aire medieval en la Plaza Vieja, un gran zoco que se desarrollaba al aire libre o bajo los soportales cuando la lluvia obligaba a protegerse. 



Otra alternativa, cuando la Plaza del Ayuntamiento no podía utilizarse, era trasladar los puestos de venta a la Plaza de la Catedral que por sus dimensiones y por su emplazamiento ofrecía las máximas garantías a los vendedores.



Estábamos habituados a esa forma antigua de comercio bajo el cielo raso, con barracas ambulantes que en muchos casos no pasaban de ser puestos de quita y pon que se armaban con cuatro palos y dos tablas o con la técnica del manteo, es decir, la de llenar el suelo de mantas y allí esparcir las mercancías y exhibirlas al público, como seguramente ya se hacía varios siglos atrás.



La ciudad, que crecía hacia levante, que había conseguido hacer del Paseo su principal avenida, necesitaba un nuevo emplazamiento para su mercado diario y esa necesidad trajo de la mano un ambicioso proyecto cuyas bases se dieron a conocer en el invierno de 1891: Tenía que construirse en la zona de la población comprendida entre el Paseo del Príncipe y las calles de Hileros y de Calderón (actual zona de la Rambla Obispo Orberá), en los solares procedentes del antiguo jardín de Orozco. Como apéndice a la nueva plaza quedaba un terreno de forma triangular de 210 metros cuadrados que según las bases tenía que ir destinado a un mercado de flores. Se especificaba también, como norma de obligado cumplimiento a la hora de la construcción del recinto, que las calles de las circunvalación del mercado quedarían descubiertas, pero que podrían cubrirse e incluso ampliar el propio mercado si las necesidades lo reclamasen.



También quedó escrito que los terrenos sobrantes alrededor de la futura Plaza de Abastos podrían ser utilizados por sus propietarios para edificaciones, sujetándose a un modelo uniforme de fachadas que tenía que ser aprobado por las autoridades correspondientes.



Un año después, en 1892, la ciudad empezaba a acariciar de verdad ese nuevo mercado de hierro cuyas obras eran ya una realidad. El diez de octubre de 1892 cientos de almerienses se congregaron en el lugar elegido para contemplar, como el que mira una obra de arte o una atracción de feria, los trabajos de rebajamiento de los terrenos en los que iban a emplazarse los cimientos de la Plaza de Abastos. En las obras de los sótanos empezaron a trabajar ochenta hombres. A la vez se empezaron a hacer los cimientos de las casas que iban a rodear el mercado.



Al frente de esta gran obra estaba el contratista Antonio Martínez Pérez, un personaje muy célebre en la ciudad, al que casi todos conocían con el apodo de Antonio ‘el murciano’, que asumía el reto con la experiencia de haber construido anteriormente el Parador de Martínez y parte del ensanche de la ciudad por esa zona de levante.



Desde el primer día, la construcción del edificio fue un gran acontecimiento para los almerienses. Eran numerosos los que seguían las obras y cada avance se comentaba como las grandes noticias en las tertulias de los principales cafés del Paseo. En el verano de 1893 llegó la hora de montar las columnas de hierro de la techumbre, que tanta personalidad le iban a dar al nuevo recinto y que anunciaban que el final de la obra estaba próximo. Sin embargo, los trabajos iban con retraso y el contratista tenía que mantener una batalla diaria con las autoridades que no dejaban de presionarlo. En junio de ese mismo año, Antonio Martínez Pérez pidió que se le concediera un plazo de quince días para rematar la obra, que según se había firmado en la  escritura del contrato tenía que estar terminada para el día  uno de julio de 1893.


Antes de que terminara el verano, el Mercado Central era ya una realidad, a la espera de cerrar los últimos detalles para que pudiera abrirse al público. Uno de esos detalles que retrasaban su apertura era el problema de la nueva calle de acceso que tenía que desembocar desde la antigua calle de la Glorieta (hoy Castelar), hasta la puerta principal del nuevo recinto, que no terminaba de resolverse. Como era habitual en aquellos tiempos cuando se emprendían grandes obras urbanas, las negociaciones con los dueños de los terrenos expropiados acababan atrasando los proyectos. Por fin, el domingo 17 de diciembre de 1893 se celebró la ansiada inauguración de la Plaza de Abastos, a pesar de las protestas de un grupo de vecinos que consideraban que el recinto no estaba aún terminado y sin estar abierta todavía la calle principal que daba al Paseo. 


Unos días después de abrirse al público, en la prensa se recogían algunas críticas considerando que el lugar elegido no era el idóneo: “Lo que deja mucho que desear es el sitio en el que se ha emplazado, que hoy es un extremo de la población, debiendo haberse procurado que fuera en el centro para el mejor servicio y mayor comodidad del vecindario”, denunciaba aquel artículo que exhibía la pereza de un sector de la sociedad a todo lo que tuviera lugar a extramuros.


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