La caseta de los prácticos del puerto

Era un edificio de dos pisos con tejado a dos aguas y un balcón sobre cuatro columnas

La lancha de los guardamuelles en los años 30.
La lancha de los guardamuelles en los años 30. La Voz
Eduardo de Vicente
20:59 • 18 ene. 2022

El trabajo de los prácticos en los primeros años del siglo veinte era intenso. Los barcos que llegaban a la bocana no podían acceder al puerto mientras no tuvieran la autorización de la Dirección de Sanidad Marítima y mientras que un práctico no los condujera hasta el punto de desembarco. 



Eran tiempos de mucho trabajo porque la vida comercial de la ciudad dependía de lo que entraba y salía por el mar y eran tiempos de frecuentes percances y aventuras, los naufragios estaban a la orden del día y también los incendios de los buques. A veces, como ocurrió en septiembre de 1910 cuando se incendió el barco de viajeros ‘Dos de Mayo’, tenían que salir de madrugada en la barca para jugarse la vida en medio del mar.



También exponían la vida cada vez que había temporal y los barcos pedían refugio en nuestro puerto. En invierno era frecuente que el práctico de guardia tuviera que salir en busca de algún vapor correo de los que transportaban pasajeros y correspondencia. Fueron muy célebres, los rescates del vapor correo de África ‘Castilla’, que solía hacer la ruta entre Málaga y Melilla, que cada vez que  hacía mal tiempo se pasaba varios días en nuestro puerto, una incidencia que aprovechaban los miembros de la tripulación para hacer negocio con el contrabando.



Alto prestigio



Ser práctico del puerto era un oficio que tenía un prestigio alto. No estaba abierto a cualquiera que tuviera vocación. El práctico era el asesor del capitán del barco y para obtener el título de práctico tenía que haber sido antes capitán de la marina mercante, con varios años de experiencia en el oficio.



Su función era ir a recibir a los barcos a unas dos o tres millas de distancia, dependiendo en parte de las condiciones del mar en cada momento determinado. 



La barca del práctico salía a recibir al buque, se pegaba a un costado y en ese momento el práctico ascendía a la cubierta por una escala de gato. Una vez arriba, le informaba al capitán de las características del puerto y le indicaba el camino hacia el punto designado de atraque. El  práctico conocía todos los detalles del puerto como la palma de su mano y se encargaba de que los barcos llegaran seguros al muelle.





Los prácticos del puerto habitaban una vieja casa de madera, con techo a dos aguas, que aparecía en la zona conocida como el muelle de Ribera. Era un edificio de dos plantas, donde destacaba un balcón que hacía de terraza, sujetado por cuatro vigas de madera ancladas junto a la arena de la playa. En el piso bajo estaba el varadero y arriba las oficinas y el puesto de guardia. Era frecuente que los servicios de guardia se hicieran durante veinticuatro horas seguidas y que después disfrutaran de dos días libres.


La caseta de los prácticos formaba parte de un rincón especial dentro del puerto de Almería, que venía a coincidir con el entorno donde desembocada la Rambla de Maromeros, que bajaba desde el barranco del Caballar y atravesaba el barrio de la Chanca. Además de las casetas de los prácticos y de los amarradores, allí se alzaba la torre del depósito del agua potable que abastecía al puerto. 


Popularmente, a aquella zona se le conocía también como la playa del Pito. Los más viejos del barrio aseguran que el nombre le venía porque allí existió una sirena que en los años de la guerra civil sonaba para avisar  a los trabajadores de la Junta de Obras del Puerto y a los pescadores cuando había amenaza de bombardeo. 


La playa del Pito formó parte de aquel inventario particular de pequeñas calas que poseían los vecinos de Pescadería, entre las que se encontraban también la playa de los Cuescos y la playa de la Arenica Blanca.


Formaban parte de ese gran territorio abierto que era entonces el muelle de poniente, un escenario que como el resto del puerto, era el desahogo de la ciudad, nuestro retiro natural al que acudíamos cuando queríamos alejarnos. Allí se respiraba libertad y uno tomaba conciencia de la verdadera esencia de Almería, que nacía del mar, del puerto por donde nos llegaba  todos los días el viento del oeste que nos permitía respirar un aire más puro, y los barcos que durante tanto tiempo fueron nuestra única esperanza.  



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