La dama del jardín de Alhabia

Una estatua en medio de las flores recuerda a Carolina Yebra, la mujer del farmacéutico

El jardín en el pueblo de Alhabia donde se alza la estatua de Carolina Yebra Rittwagen (1881-1959).
El jardín en el pueblo de Alhabia donde se alza la estatua de Carolina Yebra Rittwagen (1881-1959).
Eduardo de Vicente
01:30 • 24 dic. 2021 / actualizado a las 09:00 • 24 dic. 2021

Bajando desde la plaza de la iglesia, a la izquierda, aparece una pequeña plazoleta que muestra orgullosa un viejo reloj de sol que cuelga de una blanca fachada a los pies de un humilde balcón. El reloj forma parte de la historia del pueblo. Lleva más de trescientos años marcando las horas de los vecinos sin más descanso que el día que amanece nublado.



Uno se pierde por los callejones de Alhabia y a cada paso se va encontrando un trozo de historia, la memoria del  tiempo escrita entre los hierros de una ventana, en la fachada de un viejo edificio, en la soledad de un romántico jardín donde la hierba y las flores rodean la estatua de una mujer vestida a la moda de un tiempo lejano.  Una placa de piedra dice: “A la esposa del farmacéutico rural de España simbolizado en Carolina de Yebra Rittwagen, viuda de José Sánchez y Vivas”.



La farmacia forma parte de las venas del pueblo y está tan profundamente unida a sus gentes como la espléndida iglesia que levanta su torre al cielo de la plaza.



Desde que fue fundada por don Francisco Sánchez y Sánchez, en el año 1871, la farmacia ha sido un lugar de culto por donde ha ido pasando la vida. Eran tiempos en los que el farmacéutico era el alma del pueblo y la farmacia se convertía en un templo donde la gente lo mismo iba a encontrar remedio para sus males que a buscar  ayuda para escribir una carta o echar un rato de conversación junto al brasero en las aburridas tardes de invierno.



El pulso de Alhabia latió bajo el techo de su farmacia y no pasaba nada en el pueblo que no se supiera inmediatamente en la botica. Por eso, el recuerdo a los farmacéuticos sigue vivo en la memoria de las gentes y la presencia de Carolina Yebra Rittwagen y su esposo envuelve al pueblo en una niebla sentimental que llena los callejones de melancolía. 






Los viejos de la comarca la recuerdan sentada siempre en una butaca tomando el fresco en la puerta, en los últimos años de su vida, cuando la ceguera le había dejado secos los ojos y miraba con las manos y el corazón. 



Doña Carolina fue desde 1928 la viuda del farmacéutico y la heredera de su sabiduría y también de su bondad. Las muchachas, cuando en las largas tardes de septiembre regresaban al pueblo desde la Venta de Santiago Martínez, cansadas de la faena de la uva, pasaban por la botica para descansar un rato y para escuchar las historias y los buenos consejos que siempre tenía a mano la farmacéutica. 


Las campanas de la iglesia nunca sonaron con tanto dolor como aquel cinco de mayo de 1959, el día de la muerte de Carolina de Yebra. Todo el valle se vistió de luto y se dieron misas por el descanso de su alma en Terque, Bentarique, Huécija, Alicún, Alhama, Alsodux, Santa Cruz y Alboloduy. Hasta en la parroquia de San Andrés, de Granada, se ofreció una misa por su memoria y en la iglesia de la Virgen del Mar, en Almería, se celebró un novenario en su honor. 


Al día siguiente, el periódico ‘El Yugo’, contaba en sus páginas: “Ayer tarde nos sorprendió dolorosamente la noticia de la muerte de doña Carolina de Yebra, dama que por sus dotes de sencillez y de bondad y por la ejemplaridad de su vida gozaba de generales simpatías y afectos en toda la comarca y en nuestra ciudad”. 



Temas relacionados

para ti

en destaque