Cuando la Plaza abría los domingos

Los vendedores del Mercado Central no tenían ni fiestas ni sabían lo que era un puente

En marzo de 1961 entró en vigor la norma del cierre de los mercados en domingo, a excepción de la plaza del pescado.
En marzo de 1961 entró en vigor la norma del cierre de los mercados en domingo, a excepción de la plaza del pescado.

Como había que comer todos los días y la gente no disponía de neveras ni de frigoríficos para poder almacenar las frutas, las verduras y los pescados, el Mercado Central estaba obligado a abrir sus puertas de forma permanente, sin que apenas hubiera una tregua en el calendario. 


Los vendedores de la Plaza no sabían lo que eran un día marcado en rojo ni mucho menos un puente como los que se disfrutan ahora, ni conocían el significado auténtico de la palabra vacaciones. Trabajaban todos los días, a excepción de los carniceros, que gozaban del privilegio de descansar cuando llegaba la festividad del Viernes Santo y estaba rigurosamente prohibido el consumo de carne debido a la cuaresma obligatoria. Era un descanso entre comillado, ya que la mayoría de los vendedores de carne aprovechaban ese pequeño paréntesis en su actividad cotidiana para poner en perfecto estado de revista sus barracas. Era el momento de asearlas, de pintarlas, de levantar el suelo de tablas donde a lo largo del año se habían ido acumulando toda clase de desperdicios, hasta los restos que iban dejando las ratas que subían desde al alhóndiga en busca del sustento. 


Los festivos no estaban hechos para los vendedores de la Plaza, que aprovechaban los días señalados en rojo para aumentar sus ventas. Los domingos fue durante décadas el día más fuerte, en el que más público se congregaba en el Mercado Central.



Este calendario laboral sin respiro se mantuvo hasta el comienzo de la década de los sesenta. Estaba empezando una nueva época, con una nueva manera de entender la vida y también el trabajo, en la que el tiempo libre empezaba a valorarse como un auténtico tesoro. La gente progresaba, ahorraba, mejoraba su vivienda, se compraba su primer frigorífico, su primera lavadora, su primer televisor y hasta su primer coche, el utilitario que revolucionó la anatomía de los domingos.


Los tiempos cambiaban y esa transformación también llegó al calendario laboral de la Plaza.En febrero de 1961 la comisión de abastos emitió un informe proponiendo el cierre dominical de los mercados de la ciudad, que hasta entonces no tenían días de descanso. Un mes después fue aprobado, acordándose el cierre de todos los mercados los domingos, con la sola excepción de la Plaza del Pescado, que permanecería abierta desde las nueve a las trece horas. Con el fin de asegurar suficientemente el abastecimiento público se dio luz verde para que los mercados que tenían que cerrar los domingos pudieran abrir sus puertas los sábados por la tarde. 



El cierre dominical se hizo extensivo a todas las fruterías y carnicerías de Almería, que en aquellos tiempos también solían abrir los siete días de la semana, sobre todo en los barrios, donde la relación entre tenderos y clientes era más cercana. Las nuevas normas se pusieron en vigor en marzo de 1961. Cerraron los mercados salvo el del pescado, que continuó abriendo los domingos, pero sin rentabilidad. Al estar cerrada la Plaza, el flujo de gente que a diario acudía al Mercado Central se quedó reducido a la mínima expresión. Los puestos del pescado se quedaron aislados en medio de la soledad del domingo y un mes después también tuvieron que cerrar sus puertas. 


La obligatoriedad del descanso dominical tuvo una buena aceptación por los vendedores de la Plaza, pero hizo mucho daño a las pequeñas tiendas de los barrios que necesitaban abrir todos los días para salir adelante. 

Todavía, en los años sesenta, era raro encontrar una calle donde no hubiera al menos un comercio de ultramarinos de los que estaban abiertos permanentemente. Eran negocios familiares que sólo descansaban a la hora del almuerzo y para dormir, pero que estaban siempre disponibles. Como la mayoría de los tenderos tenían su casa en la trastienda o al lado del negocio, era habitual que sus clientes acudiesen a deshoras si habían olvidado algo.  Le tocaban en la puerta y el tendero los atendía sin mirar el reloj aunque fuera la hora de la siesta o de cenar. Eran tiempos en los que la compra se hacía dos veces al día: la gente iba a la tienda por la mañana para comprar la comida del almuerzo, y después, a la caída de la tarde, volvían al establecimiento para preparar la cena.


Cuando en marzo de 1961 las tiendas de barrio tuvieron que cerrar los domingos, algunas lo hicieron con resignación, pero otras, la mayoría, optaron por seguir abriendo, aunque fuera a hurtadillas, sabiendo que se jugaban el castigo de una multa que podía echarles abajo su pequeño negocio.


Fueron los tiempos de la temida fiscalía, del miedo al inspector municipal que con el anonimato de un agente secreto se presentaba por las tiendas los domingos por la mañana haciéndose pasar por un parroquiano más.  Fueron los tiempos de la venta clandestina, del negocio oculto con la persiana medio abierta, del recurso de la puerta de atrás, del niño vigilando en el tranco por si llegaba algún tipo sospechoso.


Los tenderos siguieron despachando los domingos, pero con el miedo metido en el cuerpo, siempre a escondidas, como si estuvieran cometiendo un delito.



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