Almería, quien te viera: Entre el Quemadero y la Plaza Toros

Mi barco, como la Almería del escritor granadino Pedro A. de Alarcón, estaba anclado en tierra

Con mi padre, en la bici fúnebre, el Paseo de Almería.
Con mi padre, en la bici fúnebre, el Paseo de Almería. La Voz

Ayer pasé por la puerta de mi casa. No me refiero a mi casa de Villanueva de la Cañada, en Madrid, donde vivo desde 1977 y donde se han criado mis tres hijos (Erik, Andrea y David). Tampoco a donde pasamos las vacaciones desde los años 80. Cuando digo o escribo "mi casa", tan espontáneamente como me ha salido aquí y ahora, me refiero a la casa de mis padres, en el número 80 de la calle Juan del Olmo, de Almería, equidistante del Quemadero y la Plaza Toros, del Hoyo de los Coheteros y la Muralla de Jayrán. Allí me crie hasta que, con 17 años, emigré a Madrid en busca de estudios, amores y/o fortuna.


Me fui, sí, atraído por la aventura de conocer otros mundos. Buena excusa. En mis largos paseos solitarios por la orilla del Mediterráneo, mirando al mar, los imaginaba, desde niño, al otro lado del horizonte. Soñaba con esos mundos. Me gustaba La Canción del Pirata de Espronceda: "Asia a un lado, al otro Europa/ y allá a su frente Estambul".


Mi barco, como la Almería del escritor granadino Pedro A. de Alarcón, estaba anclado en tierra firme.  África, al frente. Oriente, a mi izquierda. Occidente, a mi derecha. Por sus vientos de aúpa, dicen que Almería es tierra de "dos mares": "La mare que parió al Poniente y la mare que parió al Levante". También me dijeron que los almerienses tenemos un punto de locura causado por el peor de esos vientos (la "ponientá") que nos incita a emigrar e, incluso, a asumir riesgos creativos y temerarios. Dan por hecho que la "ponientá" espabila, o enloquece, a los pusilánimes de mi tierra.



Al mundo se iba en barco

En un claro amanecer, desde el cerro de la Molineta, cerca de mi casa, creí ver un día los picos del Atlas que nos separan del Sahara. El resto del mundo, desconocido para mí, me atraía. Un imán poderoso. Como ocurre con cualquier cuerpo físico, mis movimientos obedecían a dos vectores: el que me atrae y el que me empuja. Almería me gustaba, me anclaba a la tierra, a sus olores, a sus colores, a sus sabores, pero también me empujaba hacia el mar. El resto del mundo, al que se llegaba entonces por barco, me llamaba. ¡Con qué fuerza! 



Hoy reconozco que, por encima de todo, me fui huyendo de mi tierra, expulsado por la miseria, el atraso, la ignorancia, la injusticia y el escaso futuro que veía en ella. Almería era entonces la penúltima provincia más pobre de España, después de Orense, y una de las mayores fábricas de emigrantes de Europa. 


Salvo las vacaciones de verano, Navidad y Semana Santa que pasé, sin agua corriente ni electricidad, en el Cortijo de La Rumina (Mojácar), durante los siete años que duró la aventura agrícola de mi padre, pasé infancia y adolescencia en el número 80 de la Calle Juan del Olmo de la capital. Llevo más de cincuenta años fuera de allí. Sin embargo, aún me refiero a ella como "mi casa". Allí crecí y nací, en efecto, "no a la vida sino al amor…". Eso aprendí de mi admirado Antonio Machado.


Mi patria verdadera

Dijo Rilke: "La infancia es la verdadera patria del hombre". Pues sí, mi querido Rilke, ayer pasé por la puerta de mi infancia. Mi patria verdadera. No entré. Cuando murió mi madre, decidí venderla, no sin dolor, a un cantante lírico. Aún está en pie. La fachada mide unos tres metros y pico de anchura. Es más alta que ancha. Mantiene la misma estructura: puerta de madera altísima, tranco de granito, zócalo rojo, ventana casi tan alta como la puerta, con reja abombada a la altura de los codos para poder pelar la pava, en otros tiempos, o para sostener algunas macetas con geranios. 


Allí nació también mi hermana mayor, a quien mi madre se refería a menudo, sobre todo en su época más senil, como "tan hermosa que era mi niña; parecía un ángel". Nació muerta. Por eso, nunca la llamaron por su nombre. Debería haber sido, según la costumbre local, Isabel, como el de mi madre y el de la madre de mi madre. 


Fue un parto casero, difícil y peligroso, lo que era bastante corriente en aquellos años. Pocas parturientas acudían al hospital para dar a luz. Había una norma, no escrita. Cuando un parto se complicaba en casa, la matrona o, en su caso, el médico, elegía salvar a la madre y dejar morir al bebé. La Iglesia Católica, siempre tan calculadora, no se mojaba o, si lo hacía, era en contra de la madre. Hacía la vista gorda o solía recurrir al consabido "que sea lo que Dios quiera".  


Una muerta tan hermosa

Aún conservamos, en una caja de zapatos, la única foto de mi hermana mayor tumbada, ojos cerrados, vestida con un faldón blanco. "Una muerta tan hermosa", decía mi madre. Era tema de conversación, tan frecuente como inoportuno, cada vez que las visitas hablaban de sus hijos. O de sus partos. Mi madre no perdía ocasión de referirse a esa tragedia, incluso delante de mi hermana menor, también llamada Isabel. 


No eran mis padres buenos sicólogos. Nunca me hizo gracia –e imagino que mucho menos a mi hermana pequeña- la referencia persistente a la hermana muerta que "ahora tendría tantos años, estudiaría tal cosa, sería tan alta y tan guapa…".


Para mi madre, Dios se llevó a la niña perfecta y nos dejó en la tierra, vivitos y coleando, a mi hermana Isabel y a mí, cargados de defectos, desobedientes, guarros y maleducados. No podíamos vencer a un fantasma. Mi madre no perdía ocasión de celebrar a la primera niña Isabel. Era "grandísima" al nacer. "Por eso, pasó lo que pasó…", añadía, con los ojos ya húmedos. Cada año, le sumaba algunos gramos de más, los mismos que le iba quitando a su segunda niña.


Era un tema recurrente. Cansino. "Isabel, pobretica mía, era una birria al nacer, tan delgada, con tantos pellejos arrugados pegados a los huesos, tan esmirriada". Mi padre solía lanzarle indirectas para que cambiara de tema, especialmente si mi hermana, pequeña pero no tonta, estaba cerca. Entonces trataba de enmendar la plana: "Parece mentira que haya mejorado tanto y ahora sea tan guapa y simpática, porque al nacer no valía nada, tan flaca. No se podía comparar con la primera niña, tan hermosa". Y dale que dale…


De adultos, mi hermana y yo hacíamos bromas con estas escenas y nos partíamos de risa. Risa, a veces, amarga. Agridulce. Digo yo que a ella tuvo que afectarle aquella comparación, una afrenta permanente. Especialmente, por la dificultad que tenía para superar las excelencias de un fantasma. ¡Qué importante es el orden de nacimiento en una familia! El azar, tan caótico, nos marca desde el primer soplo de vida. Mi pobre hermana pequeña lo tuvo en contra al nacer después de mí. 


Tan artista como era para disimular sus ideas políticas o religiosas, o para fingir cumplidos con los vecinos, no me explico por qué mi madre era incapaz de reprimir y ocultar las maravillas de su hija muerta en presencia de mi hermana pequeña. En este asunto, nunca se puso en su lugar.


Un ataúd en bicicleta

Mi padre apenas hablaba de nuestra hermana muerta. Asentía con la cabeza cuando mi madre se refería a ella. Solo le oí recordar alguna vez, disimulando unas lágrimas, el día en que le dio sepultura en el cementerio de San José, de Almería, donde hoy reposan los restos de casi toda mi familia. 


Tenía mi padre un gran amigo de la infancia llamado Bernardo, hijo del suicida que se rebanó el cuello en el Covarrón del cerro, junto al Hoyo. Era carpintero. Con su ayuda construyó un pequeño ataúd con tablas sobrantes de la carpintería. Allí metió el cadáver de mi hermana. Clavó la caja a martillazos y, con una soga de esparto, la ató al sillín trasero de su bicicleta. A pedales, y solo, se la llevó al cementerio. No hubo ninguna ceremonia. Decían que mi hermana mayor, muerta sin bautizar, había ido al limbo. Nunca pregunté por los detalles de su entierro. Imagino que la depositarían en una fosa común para bebés.  


Nadie habló de la tumba, lápida, nicho o algo parecido de aquella hermana que no conocimos. Bueno, en realidad, sí que la conocimos. Demasiado, para mi gusto. Nuestros padres se encargaron de restregarnos la foto de su cadáver por las caras de quienes tuvimos la suerte, a veces, la desgracia, de sobrevivir al parto. 


Pocos años después de aquel entierro en solitario, mi padre, que era un manitas, inventó un sillín de madera para bebés que iba atornillado al cuadro de su bici. En la misma bici que sirvió de vehículo fúnebre a mi hermana mayor, recorrí yo las calles de Almería. Supongo que orgulloso y, quizás, muerto de miedo. Bien agarrado al manillar. Tan feliz. Tengo foto.

 

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