El desahuciado de la calle Bordiú

Un recorrido original por el centro de la ciudad

Hay en la vía, despistada, una callejuela. Bordiú, le llaman
Hay en la vía, despistada, una callejuela. Bordiú, le llaman La Voz

Es la calle Trajano una vía estrecha: balcones, rejas y puertas con sabor a gloria burguesa conviven con garabatos sucios de grafiteros aburridos que, en esos domingos de alma en pena, tan propios de la Almería que huye a los pueblos cuando llega el viernes, embadurnan las fachadas sometidos por ese espíritu de Beaudelaire. Spleen, le llamaba.


La calle Trajano, cruce de caminos, tan pronto nos conduce a la melancolía de esas casas señoriales que dejaron de serlo como nos seduce, al sur de la semana, cuando la noche vence al día y los pubs de las Cuatro Calles atrapan a centenares de jóvenes ávidos de juerga.


La primera foto es de inicios de noviembre. Hay en la vía, despistada, una callejuela. Bordiú, le llaman. Al fondo, un colchón blanco y unos pies cruzados que sobresalen de una manta azul extendida a lo largo de un cuerpo sin rostro. Son las once de la mañana de un día de oficinas y compras y, quien sea, duerme el sueño de la noche y duerme también el sueño del día.



La calle

Se aprecia una cabeza negra, vago signo de vida, justo debajo de un cartel de obra nueva: Lux, reza. A la espalda de una lona, una escalera empinada que lleva a la nada. Unos árboles altos, que brotan de patios que solo se intuyen, humanizan la escena. En el suelo, restos de no sé qué materia y una mancha que parece aceite, pero no es aceite.



Duerme quien sea, aletargado, ajeno al ruido de alguna máquina caprichosa. Martillean los obreros su jornal, mientras sestea, quien sea, congelando las horas; saltándose, sin vacilar, la mañana de la vieja ciudad; estrangulando en su sueño el reloj de los convencionalismos.


A esa calle simétrica ha llegado un vagabundo. Es uno de esos trotacalles que ha agotado su tiempo en el Centro Municipal de Acogida, que come en La Milagrosa, que ha sido desplazado de la aparente calma del portal de un edificio sin número, que no tiene sitio en los áticos de lujo de los sin techo: los halls de los bancos.



Una persona sin hogar.
Una persona sin hogar.La Voz


Segunda foto

Viernes, 3 de diciembre. Segunda foto. En la calle Bordiú se respira aire de viernes. Un par de jóvenes currantes agotan su semana a esas horas en que la gente despide oficinas y hormigoneras y se amotina en cualquier callejuela con barra vieja de bar y ruido de motín: cuando Almería viernea. El colchón y sus pies han huído de la escena. La obra avanza, el andamio parece caminar por el esfalto sin importarle con qué suertes tropieza en su afán. Se fue el menesteroso a cualquier espacio vacío de asedios, cercado solo por la penuria y la soledad.


Piensa el visitante que no han sido los bancos, ni los jueces, los que han desahuciado al mendigo, no. El pobre es tan pobre y penitente que ni siquiera ha tenido derecho a réplica. Su sombra corpórea y demacrada ha sido empujada por los hierros de un andamiaje, esputada en nombre del progreso. Una de estas gélidas madrugadas de noviembre, en esos días de gorros de lana y guantes de motero dominical, alguien, flemático y seco, cortante como el frío que viene tras una noche de alcohol, ha debido invitar al pobre a llevarse la casa a cuestas. Se habrá ido el mendicante balbuciendo algo, farfullando palabras al aire, arrastrando su manta corta y su cartón y su colchón herido a la espera de algún cercano aposento.


Los pobres mendigos sin hogar no son una categoría uniformada. En el último eslabón social, hay estamentos. Casi todos son hombres de entre 50 y 60 años: casi un 80 por ciento. Son los últimos, pero cada último tiene su espacio. Al de la calle Bordiú, apellido que suena a cosa de dinero -oh, ironía-, le sobraba todo el emplazamiento del mundo.


El equipo de calle de la ONG ACCEM, de la mano del Ayuntamiento, ha venido saliendo a la subtierra, en la noche oscura, a acercarse a las periferias. Les han dispensado gel y mascarillas, pero, más aún, les han servido palabras, miradas complacientes sin esquivar


los ojos, respuestas concretas a problemas de supervivencia sin que medie pregunta alguna sobre su universo existencial.


Tal vez sea el dolor de una ausencia. O una locura de las de antes. O una depresión de las de hoy. O una adicción al alcohol maldito o al infierno de la droga que consumen los que son, por pura etimología, las criaturas más desgraciadas: los más miserables de Almería. Tal vez sea eso lo que amasa la conciencia de ese ‘quien sea’, solemnemente atribulado, que vio en la calle Bordiú su morada de eremita solitario.


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