La ilusión de tener un tebeo nuevo

Los cómics y los tebeos nos acompañaban como reliquias durante toda la infancia

Los hijos del artista Emilio Carrión en una mañana de domingo con las historietas del Jabato, sentados en uno de los bancos de la Plaza de San Pedro.
Los hijos del artista Emilio Carrión en una mañana de domingo con las historietas del Jabato, sentados en uno de los bancos de la Plaza de San Pedro.

A los niños nos gustaba mucho ir a ver tebeos, quizá porque veníamos de la cultura de mirar escaparates y como buenos mirones disfrutábamos viendo aunque supiéramos que no lo podíamos comprar


Los tebeos y los cómics eran los grandes reclamos de los quioscos, que entonces abundaban por la ciudad como flores de un tiempo. Volvías una esquina y te encontrabas un quiosco o uno de aquellos carrillos ambulantes que iban buscando las monedas de los niños por las plazas y por la puerta de los colegios. 


Los tebeos se exhibían como tesoros en el mejor sitio del mostrador y a veces en cuerdas, donde los quiosqueros los colgaban como la ropa recién lavada para que estuvieran bien a la vista. Los tebeos eran las banderas de los quioscos y los niños nos arremolinábamos delante aunque solo fuera para olerlos, para rozarlos o para aprendernos de memoria la historieta de la portada. 



Entre la calle Campoamor y la calle Arráez, en una pequeña plazuela que quedó tras el derribo de una vivienda, instaló su puesto Manuel el granadino. Era un quiosco rudimentario que no solo le servía de negocio, sino que también era su casa. Cuando los niños pasaban por la mañana temprano, de camino hacia el colegio, el quiosco de Manuel ya estaba abierto, y lo mismo ocurría por la noche, cuando era el último en echar el cierre. En el barrio se contaba que un día de invierno, de aquellos de verdad, de vendaval y lluvia, una racha de viento arrancó de cuajo los tebeos que el quiosquero tenía colgados en una cuerda con pinzas de la ropa en el frontón del puesto. Las historietas echaron a volar y volaron tan alto y tan lejos que a mi hermano Manolo le cayó un tebeo en la cabeza cuando venía por la calle Mariana. Cómo celebraron los niños del barrio aquel regalo del viento. El Capitán Trueno, el Jabato y los guerreros de Hazañas Bélicas, caídos del cielo. 


Que te compraran un tebeo  era algo extraordinario en aquel tiempo. Había niños que tenían el privilegio de que sus padres le compraran uno los domingos, para celebrar la fiesta o como premio por las buenas notas que habían traído en el boletín, pero la mayoría, los que pertenecíamos al ‘montón’, nos teníamos que conformar con las novelas, los tebeos y los cómics de segunda mano que cambiábamos o alquilábamos por un precio módico en uno de aquellos portales que aparecían por todos los barrios donde se vendía todo lo  usado. 



También teníamos el consuelo de la Biblioteca Villaespesa, donde muchos descubrimos el lujo de las historias de Asterix y Obelix, de Tintín y de los tebeos de pasta dura de Mortadelo y Filemón, que eran la joya de la corona. En los días de vacaciones, sobre todo en Navidad, la sala se llenaba de chiquillos leyendo historietas. Era un placer entrar en la biblioteca, abandonar el tumulto del Paseo y penetrar en aquel espacio lleno de silencios y de libros viejos que olían a alcanfort. Al subir la escalera de piedra, para llegar al piso principal, te encontrabas con el archivo donde estaban los cajones con las papeletas de las obras que podías encontrar, y a la derecha, la ventanilla de los empleados. Tenías que rellenar una papeleta con tus datos y el nombre del libro o del tebeo para que los bedeles te lo buscaran. Recuerdo el gesto serio, como de enfadados, que tenían siempre los bedeles de la ‘Villaespesa’, como si estuvieran hartos de tanto niño y cansados de un trabajo que seguramente no era el que les correspondía.


Los tebeos de segunda mano llevaban impresos la huella del tiempo y la marca de las manos que lo habían manipulado. A veces te encontrabas con una mancha de aceite o de mantequilla, tan habitual en una época en la que leíamos y merendábamos a la vez. No había nada mejor, para abrir el apetito, que meterse en una viñeta de Asterix y recrearse con alguno de aquellos banquetes a base de jabalíes, que devoraban continuamente los galos.


Estábamos tan habituados a leer de segunda mano que el día que nos regalaban un tebeo nuevo lo festejábamos como si hubieran venido los Reyes Magos. Un tebeo nuevo era un tesoro. Era la antítesis del libro de texto que tanto aborrecíamos. El tebeo o el cómic nos reconfortaba con la lectura y acababa ocupando el cajón de las cosas importantes. Los tebeos en propiedad no se tiraban nunca y se quedaban entre nosotros como el mejor testimonio de nuestra infancia.


De vez en cuando, organizábamos paseos por los quioscos para ver las novedades que se habían recibido. No llevábamos un solo duro en los bolsillos, pero no nos hacía falta, porque disfrutábamos mirando, echando  un ojo, como decíamos entonces, siempre que algún quiosquero generoso nos dejara mirar. 


La adolescencia nos sorprendió mirando de quiosco en quiosco, pero ya no íbamos buscando solo los tebeos, sino el milagro de aquellos primeros cuerpos desnudos que nos trajeron las revistas eróticas.


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